20/12/10

El culto al Toro en Grecia


Desde el 2600 a.C., aproximadamente, la mayor parte del área geográfico del mar Egeo ya se encontraba bajo la influencia de la primera civilización europea, la minoica, que tuvo su asiento en la isla de Creta y, desde allí, controlaba gran parte de las islas y de la zona costera del continente.

Fue hacia el 1800 a.C. cuando un pueblo indoeuropeo, denominado por la tradición como los aqueos, se adentró desde el norte en la península balcánica, se extendió hasta el Peloponeso y, tras dominar a sus habitantes primitivos, creó la civilización micénica; llamada comúnmente así porque fue en la ciudad de Micenas donde erigió su reino más importante.

Ambas civilizaciones llegaron a coexistir, pero en el 1450 a.C. desapareció la minoica por causas aún no concretadas con exactitud, y fue la micénica la que pasó a ostentar la supremacía en toda la región. Incluso, según las narraciones épicas, los aqueos llegaron a controlar el estrecho de los Dardanelos, en la costa del Asia Menor, al triunfar las tropas que comandaba el rey Agamenón de Micenas en la guerra de Troya.



Según algunos tratadistas especializados, hubo otros pueblos indoeuropeos que, al tiempo, también fueron asentándose en distintas zonas de la península balcánica; como los jonios, que se afianzaron en el Ática, y los eolios, que lo hicieron en Tesalia.

El dominio de los aqueos debió durar hasta el 1200 a.C., pues fue por entonces cuando los dorios, otros indoeuropeos más, se internaron desde el norte y se impusieron, entre otras circunstancias, gracias a que ya dominaban la técnica de la fundición del hierro y su armamento era notablemente superior al de bronce de los aqueos. El lugar principal de asiento de los dorios fue el Peloponeso, y Esparta su ciudad más importante.

Resulta difícil determinar si la entrada de cada uno de estos pueblos fue determinando el desplazamiento de los anteriores o si, como parece, hubo algún grado de fusión poblacional. Pero, en todo caso, fue bajo esas bases tribales como se fue formando la población helena.

La configuración que adoptaron sus sociedades en un primer momento fue la de unos reinos independientes, que comprendían la comarca dominada con una ciudad como eje central. Y la forma de gobierno evolucionaría desde esas primeras monarquías a un poder ejercido por oligarquías de aristócratas que, luego, derivaron en las denominadas “tiranías” y finalizaron en la mayoría de los casos con regímenes basados en la democracia, siendo Atenas el motor y el ejemplo de este último tipo de gobiernos.

La civilización griega protagonizó un proceso de expansión por todas las zonas costeras del Mediterráneo, lo que dio lugar a la fundación de un gran número de colonias que contribuyeron en la difusión de la cultura helena y, como parte de ella, de su religión.


Aspectos generales de la religión en Grecia

Los habitantes primitivos de la península balcánica y de las islas del mar Egeo tenían una cultura mediterránea, eran agricultores y, por ello, oficiaban ritos de fertilidad y rendían culto a divinidades relacionadas con el cultivo de la tierra. En cambio, todos los pueblos que fueron invadiendo la región eran de cultura indoeuropea y su panteón divino se componía de dioses celestiales. Así, la religión griega se fue conformando en un largo proceso de fusión entre ambos tipos de culto, y se caracterizó finalmente por ser politeísta, pues se rendía culto a numerosos dioses, y también por ser antropomórfica, pues se representaba a los dioses con forma humana y se les dotaba de las mismas características, virtudes y defectos que los hombres; salvo su inmortalidad y sus poderes sobrenaturales.


Entre los principales dioses de la religión en la Antigua Grecia hay que destacar a Afrodita, Apolo, Ares, Artemisa, Atenea, Demeter, Dionisio, Hades, Hefesto, Hera, Hermes, Hestia, Poseidón, y, sobre todos ellos, Zeus: el dios supremo; soberano de los dioses, de los hombres y del mundo. Todos ellos residían en la cumbre del Olimpo, la montaña más alta de Grecia. Además, en un grado inferior a estos dioses mayores, también había una serie de divinidades secundarias y, por otro lado, unos héroes, todos ellos mortales, entre los que cabe destacar a Hércules, Teseo, Icaro o Perseo.

Otra de las características de la religión griega es que careció de un libro sagrado y, por ello, que no era dogmática. Lo que sí tenía era una serie de mitos y leyendas respecto a la naturaleza del mundo y sus orígenes, sobre los cultos religiosos y prácticas rituales que oficiaban a sus dioses, así como sobre las memorables acciones de los héroes antes citados. El conjunto de esos mitos y leyendas conforma la denominada mitología griega.

Dado el marcado antropomorfismo de la religión en la Antigua Grecia, en su panteón divino no aparece el Toro como uno de sus dioses. Y, al contrario de lo que ocurría en otras religiones de la antigüedad, en la generalidad de las divinidades griegas tampoco encontramos ya la conjunción, combinación o confusión de figuras hombre-toro. Ahora bien, en la mitología sí hay pasajes en los que el dios Dionisio aparece con figura de toro, para relacionarlo con el concepto de fecundidad; o Eros adornado con un toro; o Poseidón asociado al caballo y al toro, para relacionarlo con el concepto de potencia; y no se debe olvidar que uno de los atributos de Zeus era el Toro, como símbolo de poder y fecundidad, y que para raptar a Europa adoptó la figura de un toro blanco.

Lo que sí resulta muy frecuente en la mitología griega es encontrarnos a toros en las acciones de los dioses y en las hazañas de los héroes; o asociados al concepto de belleza e inspirador del amor en la mujer; o, incluso, como seres mitológicos, individualmente hablando. Son múltiples los mitos al respecto, pero podemos encadenar varios de ellos para encontrar todos esos supuestos.


Minos, que era hijo del dios Zeus y de Europa, pidió apoyo a Poseidón para que fuese él, entre todos sus hermanos, el elegido a suceder al rey de Creta Asterión. Poseidón le ayudó, y Minos le prometió en señal de agradecimiento que sacrificaría al animal que el dios eligiese. Entonces, Poseidón hizo surgir del mar a un hermoso toro blanco, pero Minos quedó maravillado del animal y, olvidando su promesa, lo ocultó entre su rebaño y sacrificó a otro toro.

Al enterarse, Poseidón se llenó de ira y decidió vengarse de Minos a través de su esposa, Pasifae. Para ello, Poseidón inspiró en Pasifae un incontenible deseo por el toro blanco; y la reina, para satisfacer su pasión, recurrió a Dédalo, quien construyó con madera una figura de vaca hueca para que se introdujese en ella Pasifae y, de esa manera, pudiese ser montada por el toro blanco. El resultado de esa relación zoofílica fue que Pasifae quedó encinta y parió un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro: el Minotauro.

Dada la monstruosidad del ser, así como su maldad y voracidad por la carne humana, el rey Minos mandó a Dédalo que construyese un intrincado laberinto en cuyo centro encerraría al Minotauro para que no pudiese salir de él.

Al tiempo, un hijo de Minos fue asesinado en Atenas después de quedar campeón en una competición olímpica. En venganza, el rey de Creta atacó a Atenas, y ésta se rindió. Entre las condiciones que impuso Minos para aceptar la rendición fue que Atenas entregase a Creta un tributo anual consistente en siete jóvenes y siete doncellas como sacrificio para el Minotauro.

Cuando correspondía la tercera entrega del tributo, un hijo del rey de Atenas llamado Teseo se ofreció voluntario para ser uno de los jóvenes ofrecidos al Minotauro y, así, poder enfrentarse a él y tratar de matarlo. Una vez que Teseo fue conducido a Creta, se enamoró de él una hija del rey de Minos, Ariadna, y planeó una estrategia para ayudar a su amado a matar al Minotauro y poder regresar del interior del laberinto. Así, Teseo ató a la puerta del laberinto un cabo del ovillo de hilo que le había dado Ariadna y, después, se introdujo en su interior. Una vez que se encontró con el Minotauro, Teseo se enfrentó a él y consiguió matarlo con una espada mágica que también le había dado Ariadna. Después, recogiendo el hilo del ovillo, consiguió realizar el camino de vuelta y salir del laberinto.


Son varias las leyendas que ya han quedado encadenadas en el anterior relato, pero aún se puede enlazar una más, en la que el protagonista es el máximo exponente de los héroes de la mitología griega: Hércules.

Uno de los doce trabajos encomendados a Hércules fue capturar al Toro de Creta, que era, precisamente, el hermoso toro blanco con el que se apareó Pasifae y que, después de aquel suceso, fue enloquecido por Poseidón y comenzó a causar estragos por toda Creta.

Hércules y el Toro de Creta – Louis Tuaillon


Hércules se trasladó a Creta y, tras obtener el permiso del rey Minos, buscó al toro por la isla. Una vez que le localizó se enfrentó a él y, agarrándolo por los cuernos, consiguió inmovilizarlo y someterlo. Después, cargándoselo sobre las espaldas, lo llevó al continente, a la ciudad de Micenas, para entregárselo a Euristeo. Éste, al ver su ferocidad, lo dejó libre, y el toro comenzó a causar daños allá por donde iba. Tras cruzar el istmo de Corinto, el toro llegó a la llanura de Maratón, donde finalmente le mató el héroe ateniense Teseo.


Al igual que ocurría en el mito del rapto de Europa por parte de Zeus, en el de Pasifae se nos está presentando al toro asociado a una divinidad, en este caso a Poseidón, y como exponente de potencia fecundadora.


Sacrificios de toros en la religión griega


A modo de simples apuntes de todo lo recogido por Francisco J. Flores Arroyuelo en su libro “Del Toro en la Antigüedad: animal de culto, sacrificio, caza y fiesta”, cabe decir que el Toro perdió entidad como divinidad en el proceso de fusión entre la religión de los habitantes más primitivos de Grecia y la de los pueblos indoeuropeos que la fueron invadiendo, pero se mantuvo asociado mitológicamente con Zeus, Poseidón, Eros o Dionisio como vestigio de su antigua categoría de deidad.

Ahora bien, aunque perdiese la categoría específica de divinidad, el toro siguió siendo un animal venerado en la región griega, ya que su ritual más frecuente e importante fue el de los sacrificios y, en ellos, el toro se mantuvo como la ofrenda preferida de los dioses.

Esa catalogación del toro, lejos de ser banal, tiene una gran importancia religiosa. El sacrificio era un eslabón que unía al hombre con la divinidad, al considerarse, por un lado, como un ritual de purificación, en el que se entregaba una víctima expiatoria para apartar las impurezas o los males de la comunidad; y, por otro, como un ritual de comunión, en el que a la víctima, al toro en nuestro caso, no sólo se la otorgaba carácter sagrado, sino que se la identificaba con la divinidad para que los fieles, al alimentarse con la carne del animal sacrificado, pasaran a unirse con dicha divinidad.

A veces, incluso, se llegaba al extremo de comerse la carne cruda, como aparece en rituales orgiásticos dedicados al dios Dionisio y como queda descrito en la tragedia de Eurípides Las Bacantes.

El hecho de que los griegos considerasen que el animal inmolado pasaba a la esfera de lo sagrado resulta más evidente, si cabe, con el análisis de Martin P. Nilsson en su obra “Historia de la Religión Griega”, donde expone que: si bien la carne del animal, como materia corrupta, la consumían los fieles, pues los hombres son mortales y también están condenados a la putrefacción; la osamenta del animal, como no se descompone fácilmente, se consideraba que pertenecía a los dioses porque eran inmortales, y era a ellos a quien se ofrecía esa parte del animal, ya fuese en enterramiento o en incineración.

Y, si había ocasiones o ritos concretos en los que los animales elegidos podían ser cerdos, corderos, carneros o perros, el preferido por los griegos para los sacrificios fue, sin duda alguna, el toro. De hecho, en el sacrificio más famoso de todos, denominado “hecatombe”, se llegaban a inmolar hasta cien reses.


Las celebraciones taurinas en Tesalia

Relieve de Taurokathapsia - Ashmolean Museum de Oxford


Sabido es que en la isla de Creta hubo unas celebraciones taurinas durante el II milenio a.C en las que jóvenes practicaban arriesgados saltos de toros. Lo que ya no es tan conocido a nivel popular es que, unos mil años después, en Grecia también hubo celebraciones taurinas. Tomando como fuente un estudio de don Manuel Serrano Espinosa, profesor titular de la Universidad de Alicante, vamos a conocer los festejos taurinos que en la Grecia Clásica se celebraban en la región de Tesalia.

No se conoce la denominación exacta de los juegos taurinos de Creta; en cambio, gracias a la documentación de la época clásica de Grecia, sí sabemos que la tauromaquia de Tesalia recibía el nombre de “Taurokathapsia”. Y, en lo que respecta a su cronología, las piezas numismáticas que se han conservado indican que la taurokathapsia de Tesalia tuvo lugar a principios del siglo V a. C., y no se descarta que incluso se remontara al siglo VII a.C.

La taurokathapsia de Tesalia era una modalidad de festejo taurino diferente a los saltos del toro. En primer lugar, no se trataba de saltadores a pie, sino jinetes que, a lomos de sus cabalgaduras, encelaban a los toros con carreras y requiebros que tenían la intención de minar las fuerzas del animal para, después, poder saltar desde el caballo al cuerpo del toro y, agarrándole por la cornamenta, tratar de derribarlo y quebrarle el cuello. Una vez concluido el lance, la cabeza del toro era ofrecida a la divinidad local como símbolo de poder y ofrenda de fertilidad.


El testimonio literario más antiguo de la taurokathapsia de Tesalia lo tenemos en Eurípides; aunque es una referencia indirecta, ya que sólo menciona las habilidades de los tesalios en la doma de caballos y en el sacrificio de los toros. Heliodoro, en cambio, nos ofrece una versión más pormenorizada de la celebración. La sitúa en Etiopía, pero el protagonista es un tesalio de nombre Teagenes que logra derribar al toro, y después, ante un público enfervorizado, se presenta ante el rey etíope Hidapes para pedir, y obtener, la mano de su hija.

Otro testimonio es el de Artemidoro, que preconiza un origen jonio de la taurokathapsia. Según dice, llegaron desde Éfeso (ver el mapa de la segunda imagen) y se expandieron por el Ática; aunque también aclara que el lugar donde destacaron fue en Larisa, en Tesalia. Platón, por su parte, describe una ceremonia similar procedente de Tracia, en la costa norte del mar Egeo.


Las inscripciones que se conservan constituyen un grupo esencial para el estudio de varios aspectos de estas celebraciones. Paradójicamente, las primeras que nos atestiguan su existencia no proceden de Tesalia, sino del Asia Menor (lo que podría sugerir cierta coincidencia con lo afirmado por Artemidoro). Ahora bien, el grueso de las inscripciones con esta temática pertenecen a la región de Tesalia. Y es muy destacable que todas nos indican que las taurokathapsias se encontraban ligadas a cultos locales y adscritas al ámbito religioso.


Por otro lado, la Numismática nos proporciona varios ejemplos de la popularidad que estos juegos adquirieron en la Tesalia de la época clásica. La mayoría de las monedas datan del período 480-400 a.C.; dato importante porque nos indica la antigüedad de tales celebraciones. En las monedas podemos observar un esquema que se repite con asiduidad: una de las caras representa al joven jinete en el instante que agarra al toro por los cuernos e intenta pasarle una especie de banda entre la cornamenta, mientras que en el reverso aparece el caballo galopando sin jinete con la inscripción del topónimo "Larisa".


En el reverso de algunas monedas aparece la imagen de la divinidad Zeus Eleutherios, lo que prueba su adscripción a festividades religiosas donde se honraba a Zeus Eleutherios, y también a Poseidón Taurios.


Por último, indicar que se conservan dos relieves con representaciones de taurokathapsias. En uno de ellos, procedente de Esmirna, y que se conserva en el Ashmolean Museum de Oxford, se muestra una escena completa dividida en sus distintas fases: las carreras y quiebros a caballo, el salto del jinete para asirse a los cuernos del toro y el desenlace final, con el toro ya derribado. En cambio, en el otro relieve, que se conserva en el Museo de Arqueología de Estambul, sólo se muestra el momento en el que el jinete se ha lanzado desde su montura y está agarrado a los cuernos del animal.


Sin duda, la taurokathapsia de la época clásica de Grecia difiere de la tauromaquia cretense en varios aspectos de su realización, y no se puede decir que tenga su antecedente directo en Creta, pero sí existe un elemento común: todos los documentos hallados hasta el momento nos hablan claramente que los certámenes taurinos se hallaban adscritos en la época clásica a festividades y cultos de carácter religioso, lo que confiere a estas celebraciones un carácter que supera el ámbito del mero espectáculo deportivo o profano.
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Lagun
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Off topic: dada la proximidad de las fiestas de Navidad, les quiero desear a todos unos días de paz, felicidad y, con los tiempos que corren, de trabajo.

...............¡¡¡Feliz Navidad!!!
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2 comentarios:

Jam^2 dijo...

Para que luego alguien se cuestione si El Toro es o no cultura.

Feliz Navidad a todos¡¡

ROBERTO dijo...

Como usted ya sabe Lagun,me encantan estas entradas dedicadas al culto al toro por la cantidad de información y detalles curiosos que usted narra,una vez mas le felicito y aprovecho tambien para felicitar las navidades a usted y a todos los seguidores de esta bitácora.Un saludo.