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20/9/11

La primera conducción de toros para ser lidiados en Madrid desde Andalucía


.................. Dibujo a plumilla - Autor: Luis Pineda



Con la corrida que se celebró en Madrid el día 5 de julio de 1790 se inició una serie de festejos consecutivos en los que se lidiaron toros de ganaderías de Andalucía por primera vez en la Villa y Corte. Ese festejo fue anunciado dos días antes en el Diario de Madrid con un cartel que comenzaba diciendo:

“Toros. El lunes 5 es la sexta corrida. No habiéndose omitido diligencia alguna para averiguar las mejores Bacadas del Reyno, con el verdadero deseo de dar gusto al público, se han traído a prueba toros de las cinco más acreditadas de Andalucía, y dispuesto se principien a lidiar en la presente corrida...”

Aunque en la Villa y Corte ya se habían lidiado toros de ganaderías de la Sierra de Segura, hay que recordar que esa comarca no se incluyó en la provincia de Jaén hasta 1833; y que antes fue de otros reinos. Además, por la confección de los carteles en los que se anunciaban esas vacadas, cabe suponer que sus reses tendrían una raíz que, más que andaluza, debía ser similar a las manchegas. En cambio, las ganaderías que se presentaron en 1790 estaban radicadas en tierras sevillanas, por lo que sí se puede afirmar que fue en ese año cuando por primera vez se lidiaron en Madrid toros de Andalucía.

Hasta entonces, las reses que se anunciaban tradicionalmente en Madrid eran: toros castellanos pertenecientes a ganaderías de distintos territorios de la cuenca del Duero, toros de raíz navarra procedentes de vacadas afincadas en localidades de varias provincias bañadas por el Ebro, toros de diversas zonas ganaderas de La Mancha y toros criados en lugares aledaños a la propia villa de Madrid. Más concretamente, gracias al investigador Francisco López izquierdo sabemos hasta las cifras precisas de las reses lidiadas en la Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá en las cuatro temporadas anteriores a ese 1790:

-De Miguel Jijón, de Villarrubia de los Ojos, que era la ganadería más importante de la época: 359 toros, un 29 % del total de esos cuatro años; y del resto de las ganaderías afincadas en La Mancha: 425 toros, un 34 % del total; por lo que del conjunto de la región fue el 63 % de las reses lidiadas.
-De una amplia lista de ganaderos de Colmenar Viejo: 249 toros, un 20 %.
-De la cuenca del Ebro: 140 toros, un 11 %.
-Y toros castellanos de vacadas radicadas en las provincias de León, Zamora y Salamanca: 36, un 3 %.
-Quedarían otras 29 reses que corresponden a ganaderías de las que no se nos aportan datos o que eran de otros puntos geográficos a los reflejados.

Con estos antecedentes adquiriría sentido el motivo que se argumentaba en el cartel de la corrida de aquel 5 de julio de 1790 para anunciar la novedosa presentación de ganaderías andaluzas en Madrid: complacer el gusto del público trayendo a prueba, como parte de las mejores vacadas del Reino, las cinco más acreditadas ganaderías de Andalucía.

Ahora bien, en el mundo taurino de la época había una disputa que nos puede ofrecer otra posible razón para entender aquella presentación de toros andaluces en la Villa y Corte.

Desde 1775, y hasta prácticamente el final del siglo XVIII, se vivió con pasión entre los aficionados la primera gran rivalidad entre toreros coetáneos de la que hay noticias: Pedro Romero, de Ronda, y Joaquín Rodríguez “Costillares”, de Sevilla; a los que se unió poco después un discípulo de este último: José Delgado, alias “Hillo” o “Pepe-Hillo”, también de Sevilla.

La competencia entre el torero de Ronda y los dos sevillanos fue total, y abarcaba cualquier aspecto que surgía. Uno de ellos guarda relación con la aversión que tenían Costillares y Pepe-Hillo a los toros castellanos; un rechazo que tuvo su manifestación más conocida con ocasión de los festejos reales que se celebraron en la Plaza Mayor de Madrid los días 22, 24 y 28 de septiembre de 1789 para festejar la exaltación al trono de Carlos IV. Los dos toreros sevillanos pidieron por escrito al Sr. Corregidor que no se lidiaran los toros de Castilla contratados, pertenecientes a la ganadería de D. Agustín Díaz de Castro; en cambio, el de Ronda no puso reparos en enfrentarse a aquellos temibles toros de tierras leonesas, lo que permitió que se pudieran correr en tan señalados festejos.

Pedro Romero puso en evidencia a los dos diestros sevillanos con ese incidente de los toros de Castilla ocurrido en 1789. A pesar de ello, la Real Junta de Hospitales contrató para lidiar las corridas del año siguiente en la Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá a Costillares y Pepe-Hillo, además de un tercer torero llamado Francisco Garcés. Casualmente, entre las ganaderías de 1790 no aparece contratada la de D. Agustín Díaz de Castro, y fue ese año cuando se tomó la novedosa decisión de traer a prueba ganaderías de Andalucía.

Por ello, lo que cabe preguntarse es si, más que querer complacer el gusto del público, aquellas dos decisiones de la Real Junta de Hospitales fueron una imposición de Costillares y Pepe-Hillo.

Pero, si ya resulta difícil dar respuesta a preguntas de ese tipo respecto a hechos contemporáneos, más lo es aún encontrarla para casos ocurridos hace más de dos siglos. Por ello, fuese por la razón que fuese, sólo cabe resaltar la importancia que tiene para la historia del toreo la noticia que sitúa en 1790 la presentación en Madrid de las primeras ganaderías de Andalucía.

Ahora bien, respecto a esas presentaciones se conservan en el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid (ARCM) las notas de los gastos que ocasionó el traslado de los toros seleccionados desde Andalucía hasta Madrid. Una información que, aunque pueda parecer más banal, resulta muy ilustrativa de la forma como se hizo esa conducción, y por extensión de la forma de conducir toros de lidia en esa época de finales del siglo XVIII. Es más: se podría decir que es un gran testimonio de cómo se trasladaron los toros de lidia desde el origen de los festejos taurinos hasta finales del siglo XIX, que fue cuando se empezó a generalizar el transporte por ferrocarril.

El Marqués de Casa Mena hizo de intermediario entre la Real Junta de Hospitales de Madrid y las ganaderías sevillanas vendedoras; y también fue quien organizó la conducción de los toros seleccionados: 12 de D. Antonio Maestre, 8 de D. Joaquín de Goyeneta, 8 de D. Benito de Ulloa, 8 de D. Juan Bécquer y otros 8 del Conde de Vistahermosa. En total 44 toros.

(Hay que dejar constancia de que el número concreto de toros por ganaderías que aparece en las notas del ARCM no concuerda con el que se ofreció en los carteles de las respectivas corridas publicados en el Diario de Madrid: 14 toros del Conde de Vistahermosa, 12 de D. Antonio Maestre, 8 de D. Benito Ulloa, 5 de D. Joaquín de Goyeneta y 5 de D. Juan Bécquer. Serían también 44 toros, aunque distribuidos de forma diferente. A este respecto, y pese a la oficialidad que se supone a los carteles, la variada documentación conservada en el ARCM, y que siempre es coincidente, aporta una mayor credibilidad a sus datos, por lo que es su distribución la que aquí damos por cierta.)

El punto de encuentro para la conducción fue Castilblanco de los Arroyos, a unos cuarenta kilómetros al norte de Sevilla, hasta donde los mayorales de las distintas ganaderías contratadas trasladaron sus respectivas reses.

El punto de destino, lógicamente, fue Madrid; y muy posiblemente a una finca muy cercana a Barajas llamada “La Muñoza”, en cuya dehesa se concentraban habitualmente las reses que adquiría la Real Junta de Hospitales para ser lidiadas en Madrid.


Mapa con la ruta aproximada de la conducción


Y el itinerario que se siguió entre ambos puntos lo podemos esbozar por la relación de los pagos que fueron efectuados en los portazgos de la ruta: Castilblanco de los Arroyos, Monesterio, Puente de Almaraz, Talavera de la Reina, Puente del Alberche y Navalcarnero. Además, también consta una relación de gratificaciones realizadas a los guardas de las dehesas donde se permitió pastar y descansar al ganado, lo que nos permite conocer más localidades del recorrido: Monesterio, Zafra, Ribera del Fresno, Campo Alange, Pedrojo, Trujillo y Talavera de la Reina.

De toda esa información se deduce claramente que la conducción, una vez que partió de tierras sevillanas, transcurrió por vías pecuarias que atraviesan Extremadura para dirigirse a Talavera de la Reina y Navalcarnero, desde donde se habría rodeado el término de Madrid, muy posiblemente por su zona sur, para llegar hasta el punto de destino.

Una conducción que se realizó en 40 días: partió el 3 de mayo de Castilblanco de los Arroyos, pasó por Talavera de la Reina el 3 de junio y llegó al lugar de entrega el 11 de junio. Fechas siempre referidas al año 1790. El viaje de vuelta, ya sin ganado de ningún tipo, se calculó para presupuestarlo en 11 días a pié.

Desde luego, 44 toros conforman una gran manada de reses bravas, y eran de vacadas diferentes, lo que lleva a suponer que fue una conducción difícil. No obstante, sólo se previeron y utilizaron 7 cabestros. Un número de mansos que parece exiguo dadas las dificultades propias de un traslado tan largo y, por otro lado, con la sospecha de la presencia de lobos en el tránsito por tierras de Extremadura, como así ocurrió finalmente.

Con todo, no se extravió ninguna res, y los 44 toros que partieron de Castilblanco de los Arroyos llegaron finalmente hasta su destino en Madrid. Lo que da idea de la pericia de los hombres que realizaron el traslado.

Detalle del dibujo a plumilla de Luis Pineda



Al mando de la conducción estuvo Juan de Amisas, quien ejerció las funciones de mayoral junto a Bartolomé Carmona, dos célebres varilargueros de la época que guiaron la marcha con sendos caballos comprados al efecto. Y la expedición se completó (precisamente por la sospecha de que aparecieran lobos) con cuatro vaqueros a pie: Antonio Martín, Pedro Utrera, Fernando Portillo y Miguel Franco. Pero consta en las notas del ARCM que el último de los vaqueros citados abandonó la conducción en Talavera de la Reina, por lo que sólo fueron tres los zagales que completaron el recorrido.

Respecto al encargado de la dirección de la remesa, quien realmente figura citado en las notas de gastos no es “Juan de Amisas”, como he hecho contar en el párrafo anterior, sino “Juan Luís de Amisas”; pero entiendo que se trata de un error o una confusión, y que fue el primero (Juan), y no el segundo (Juan Luís), quien dirigió aquella histórica conducción.

Juan de Amisas fue un varilarguero sevillano que, según Cossío, aparece en carteles de la Maestranza entre 1765 y 1770, así como en carteles de Madrid de 1787 y 1790, lo que es un dato muy importante. Juan de Amisas tuvo un hijo llamado Juan Luís de Amisas, que siguió los pasos de su padre y también alcanzó fama como picador, pero que nació en el año 1776, según Cossío, por lo que resulta imposible imaginar que se otorgó la dirección de tan importante conducción de toros bravos a un chaval de 14 años. Por contra, es mucho más creíble que se le encargase a un hombre con la veteranía que por entonces tenía el padre. Esta suposición gana enteros al constar en las notas del ARCM que los mayorales que dirigieron el traslado no volvieron a Sevilla porque fueron contratados para actuar en Madrid durante aquella temporada de 1790, lo que viene a coincidir con lo apuntado por Cossío respecto a los carteles en los que aparece anunciado Juan de Amisas en la Villa y Corte. Además, donde figura el nombre de “Juan Luis” es en los textos redactados por contables o secretarios, pero en la firma de esos textos se puede leer con claridad meridiana “Juan de Amisas”.

Respecto al coste de la contratación de aquellos 44 toros de ganaderías de Andalucía y su traslado hasta Madrid, fue el Marqués de Casa Mena quien tuvo que ir adelantando los pagos, para después rendir cuentas con la Real Junta de Hospitales; que son, precisamente, las notas conservadas en el ARCM.

Por los 44 toros se abonaron 50.600 reales de vellón. Y se especifica en la documentación que fue a razón de 1.150 rs. por cada toro, sin distinción de ganaderías. Lo que demostraría en relación con lo indicado en los antecedentes que no fue una selección y negociación ganadería por ganadería, sino una operación diseñada y concertada de forma conjunta.

Además, llama poderosamente la atención el precio pactado por toro, porque la cotización más alta de aquella época la tenían los “toros jijones”, que se anunciaban por entonces a nombre de D. Miguel Jijón y se pagaban en Madrid a un precio de 930 rs. por toro más otros 20 que daba el ganadero en limosna a los hospitales.

Una segunda partida fue la de los 7 cabestros, que se compraron en Sevilla a D. Diego Vázquez y costaron 4.480 reales de vellón, a 640 rs. por cabeza. Además, también se adquirieron dos caballos para los mayorales: uno que se compró junto a los cabestros a 640 rs., y a 770 el segundo.

Además de los pagos anteriores, hubo otros muchos. Se gratificó con 110 rs. a los mayorales de las vacadas vendedoras por llevar sus respectivas reses a Castilblanco de los Arroyos. Por lo que se refiere a la conducción hasta Madrid, a los mayorales se les ajustó a 20 rs. por día, pero sólo les abonaron las 40 jornadas que duró el viaje de ida, dado que los dos se quedaron en la Villa y Corte para actuar como piqueros en la temporada. Por otro lado, a los tres vaqueros que completaron la totalidad del traslado se les pagó a razón de 10 rs. por día, ajustándose en 11 las jornadas de vuelta más las 40 de la ida. Y a todos esos importes habría que sumar otras partidas, como lo pagado al vaquero que dejó la conducción a la altura de Talavera de la Reina, el coste de la cebada para los caballos, los pagos de los portazgos y las gratificaciones a los guardas de las dehesas donde se permitió pastar y dormir a la manada.

En total, para la contabilidad de la empresa se ajustó finalmente la operación en un coste de 59.141 reales de vellón. Pero es evidente que los gastos fueron algo superiores, pues hubo distintas partidas que se debieron contabilizar por otros conceptos, como ocurrió con los caballos utilizados por los mayorales, que quedaron para el servicio de la plaza de toros.

Sin duda, el traslado de aquella primera manada de toros andaluces hasta Madrid del año 1790 debió ser toda una aventura. Romántica, con nuestra mentalidad del siglo XXI (algunos hasta participaríamos gratis, si se nos permitiese hacerlo ahora); pero seguro que dificultosa y dura para los hombres que la protagonizaron. Aún así, aquellas conducciones desde Sevilla a Madrid, y en condiciones semejantes, se repitieron durante unos cien años. Y hubo temporadas en las que se trasladaron más de un centenar de toros; como en el año 1800, que fueron 149 cabezas, o las 110 del año 1831.

Una práctica que comenzó a disminuir hacia 1881, cuando se empezaron a enviar en tren algunos vagones con toros procedentes de Sevilla y con destino a Madrid. No obstante, las conducciones por cañadas, cordeles y veredas continuaron realizándose hasta el año 1894, en el que ya se regularizó la contratación de un tren especial de toros desde Sevilla hasta Madrid.
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Lagun
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NOTA:
En primer lugar, quiero agradecer al pintor Luis Pineda su desinteresada predisposición a colaborar en esta entrada con la realización de una obra original que la encabezara e ilustrara; y, como no, felicitarle por el encuadre que ha ideado para plasmar la difícil imagen de una conducción con medio centenar de reses, así como darle mi más sincera enhorabuena por la calidad artística del dibujo a plumilla con el que nos ha obsequiado a todos. Por ello, rogaría que todos visitarais su página web (luispineda.com), en la que podréis ver otras obras suyas y la forma de poneros en contacto con él.
Por otro lado, dejar constancia de las fuentes utilizadas para la elaboración de esta entrada:
-El Archivo Regional de la Comunidad de Madrid (signatura 5.033, principalmente).
-Los archivos del Diario de Madrid correspondientes a julio, agosto y septiembre de 1790.
-Al Doctor en Geografía e Historia por la Universidad de Sevilla, Antonio Luis López Martínez, quien tuvo la amabilidad de contestar a un correo que le remití cuando localicé buena parte de los datos ofrecidos en este texto en dos obras suyas: El libro “Ganaderías de Lidia y Ganaderos”, y un trabajo titulado “El ferrocarril y el transporte de toros en España”, que podéis encontrar en este enlace que os adjunto.
-Al investigador Francisco López Izquierdo, con los datos ofrecidos en su libro "Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá (1739-1874)".
-Y a José María de Cossío, con su monumental tratado “Los Toros”.
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6/7/11

Toreo a la Suiza, Suerte del Palenque o Toro de los Mozos Molineros

Apunte a tinta – Autor: José Puente – Fuente: ABC 26.05.1992


Fue Francisco Montes, “Paquiro”, quien fijó en el segundo tercio del siglo XIX los cimientos de la estructura y el orden de las corridas de toros tal y como hoy las conocemos. Hasta entonces los festejos taurinos tuvieron un desarrollo que no estaba sujeto a unas reglas tan concretas como las actuales, de tal forma que a cada toro que se soltaba en el ruedo se le solía dar un tipo de lidia distinto y se le practicaban unas suertes muy variadas. Una de ellas recibía en la mayor parte de España la denominación de “toreo a la suiza” o “suerte del palenque”.


Desde la Edad Media, al menos, era costumbre que los reyes que acudían a presenciar una función taurina ocupasen un palco principal, a cuyo pie se disponía un zaguanete de guardias reales con la misión de proteger dicha instalación de las posibles acometidas de los toros, haciendo huir a los animales con las alabardas que los miembros de ese cuerpo de guardia portaban habitualmente como armamento. Alabarda a la que popularmente se llamaba "suiza", por haber sido introducida en España por la infantería de ese país centroeuropeo, y dio nombre a la expresión "toreo a la suiza".

Esa disposición de los guardias reales en los festejos taurinos fue usual en tanto en cuanto el desarrollo de los mismos tuvo lugar en recintos que no disponían de barrera o ésta carecía de la suficiente solidez o seguridad. No obstante, cuando se empezaron a acondicionar cosos especiales, se mantuvo después como elemento protocolario de las funciones reales más extraordinarias.


La fotografía anterior debe ser, muy posiblemente, de la última vez que se dispuso esta formación de la Guardia Real en un festejo taurino. Lo que resulta difícil es ponerla fecha. Al menos para mí; pues en las distintas webs donde aparece publicada se da una distinta: de 1879, con ocasión de la corrida celebrada en Madrid para festeja la boda de Alfonso XII con Maria Cristina de Habsburgo; de 1902, durante la corrida celebrada en Madrid con motivo de la coronación de Alfonso XIII; y de 1929, en una corrida celebrada en Sevilla. Personalmente, la barrera de la instantánea no me recuerda a la de la antigua plaza de Madrid por varios detalles, sino más bien a la de Sevilla, y en 1929 se celebró allí la Exposición Iberoamericana, que pudo dar a pie a una exhibición de esta antigua misión de la Guardia Real, pero...

En todo caso, resulta impactante la imagen de los guardias reales aguantando la formación ante la cercanía del toro con sus alabardas apoyadas en la barrera para resistir el empuje de las embestidas.

Esa maniobra de defensa practicada por los miembros de la Guardia Real con sus alabardas derivó en un tipo de suerte taurina que, como ya queda apuntado, recibía los nombres de "Suiza" o "Palenque".

Francisco de Goya – Grabado 17: “Palenque de los moros hecho con burros”


Esta suerte taurina, como forma de lidia ya específica que se incluía en la programación de los festejos, se caracterizaba por ser predominantemente popular y por el hecho de que su finalidad era la de dar muerte al toro y no la de defenderse de él.

La definición más antigua nos la ofrece el humanista e historiador Gonzalo Argote de Molina (1549-1596), a quien debemos una compilación de textos medievales de extraordinario valor y, concretamente, en “La montería de los toros en el coso” nos dice que: “En Andalucía, en la ciudad de Baeza, se acostumbra por los mancebos de una villa a ella sujeta, llamada Vilches, esperar en la plaza al toro un escuadrón de piqueros, y al tiempo que el toro embiste en ellos, lo levantan por el aire sobre las picas, y le tienden en la plaza muerto, que es suerte de mucha destreza, a cuya forma de regocijo llaman la suiza”.

Ni que decir tiene que, además de destreza, para esta suerte era preciso que los hombres tuviesen valor, fuerza y experiencia para saber actuar de manera conjuntada y armónica. Y, por otro lado, que a la forma de sentir actual se antoja que la suerte era muy cruenta.


Esta forma de lidia popular debió estar bastante extendida por la Península, pues también fue practicada en la Villa y Corte, como nos indica Rafael Cabrera Bonet en su artículo “La iniciativa empresarial privada en el devenir del festejo madrileño del siglo XVIII”, donde recoge que en la programación de los festejos que tuvieron lugar en Madrid los días 19 y 30 de septiembre de 1737 aparecía la suiza entre las distintas formas de lidia previstas; y que sería ejecutada por “mancebos”, lo que confirma su índole popular. Cabrera Bonet recoge en ese mismo artículo otros festejos en la Capital de 1758 y 1766 en los que también se programó la misma suerte.


El hecho de que la suerte del palenque, o la suiza, se practicase en la capital del Reino nos da cierta medida de la posible popularidad que debió tener en distintas regiones de la Península. De hecho, también se realizaba en la zona del valle del Ebro, pues contamos con documentación que nos acredita que fue costumbre muy arraigada incluir esta suerte en Pamplona con ocasión de las fiestas del Glorioso San Fermín. Y hay que dejar señalado que allí, en Pamplona, a la suerte del palenque se la conocía con una denominación que resulta muy llamativa: “Toro de los Mozos Molineros”.


Luis del Campo, en su obra “Pamplona y Toros. Siglo XVII”, nos da cuenta de la raigambre que tuvo el palenque en Pamplona durante los siglos XVII, XVIII y parte del XIX, y que era realizado por los “mozos molineros” como “número que rarísima vez faltó en las corridas de toros pamplonesas”.

Se pregunta el insigne historiador pamplonés que si fueron ejecutores sobresalientes de esta suerte los servidores de los molinos para arrogarse el monopolio de su práctica. Y dice que, hipotéticamente, lo considera posible.

Por otro lado, también nos descubre Luis del Campo que la lanza o pica con la que ejecutaban la suerte los mozos molineros recibía el nombre de “garrochón”. Y continúa explicando que “en cualquier época el palenque lo dieron, ocho o diez hombres o mozos valientes y formando cuadrilla con garrochones o picas, pero con la finalidad no de frenar las acometidas de la res, sino de forcejear con ella e intentar matarla. Se comprende que no se autorizara el palenque en Pamplona hasta que se considerara como normal matar el toro en el ruedo, razón para encontrar una de sus primeras citas, posiblemente sin ninguna otra anterior, en 1650”. Además, Luis del Campo aporta partidas de gastos de otros años posteriores que acreditan la continua inclusión de la suerte en los festejos taurinos de la capital navarra.

Tan arraigada era la costumbre que hasta bien entrado el siglo XIX perduró la práctica de esta suerte. Koldo Larrea, en “Pamplona y Toros. Siglo XIX”, deja anotado que en 1831 “el llamado toro de los molineros toca a su fin. Lo que fue tradicional durante siglos se maleó en los últimos años al pretender remuneración”. Aún así, anota su inclusión en las fiestas de los años 1832, 1833, 1844 y 1845.


Precisamente por esas fechas, como decía al principio, Paquiro impulsó la estructura y el orden actuales de las corridas de toros, y ello debió ser la causa principal de la eliminación en los ruedos españoles de antiguas suertes taurinas como la del palenque. No obstante, su carácter popular debió propiciar que se siguiera practicando en las fiestas de las localidades donde era tradición.

Ahora bien, hay que convenir que el palenque traía causa de la primitiva suerte de la lanzada, y que su crudeza fue provocando la paulatina desaparición de todas las prácticas derivadas de aquélla. Actualmente, en España sólo perdura un festejo popular con una práctica que tiene su origen en la suerte de la lanzada, aunque en este caso se realiza de forma individual: el Toro de la Vega, en Tordesillas (Valladolid), que obtuvo la declaración de Fiesta de Interés Turístico de España por Resolución de la Secretaría de Estado de Turismo de 18 de enero de 1980.
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Lagun
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NOTA: Con mi bitácora no tengo fines lucrativos, por lo que solicito a los propietarios de los derechos de autor de las imágenes publicadas en esta entrada que me permitan mantenerlas.
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19/1/11

El Misacantano y el Doctorado

El Misacantano ..… Autor: Luis López ….. Fuente: su blog, "Tercio de Pinceles"


Introducción

Hay que convenir con Francisco J. Flores Arroyuelo (“Correr los toros en España – Del monte a la plaza”) en que la afición del hombre por medirse ante el toro es muy antigua, y que debe traer causa del traslado hasta el poblado que el hombre prehistórico debía realizar con los uros que cazaba vivos en el campo, para lo que se servía, entre otros elementos, de maromas para poder conducirlos al recinto en el que serían encerrados, sin que en aquellas acciones, lógicamente, faltasen carreras, desplantes, así como sustos, golpes y hasta cogidas. Por ello, esa primitiva forma de conducir los toros hay que considerarla como fuente de inspiración de la que es una de las más antiguas modalidades de festejo taurino popular: el toro ensogado.

Y también cabe adelantar que, en España, la afición por los festejos taurinos fue siempre propia de hombres de toda clase y condición: desde gentes del pueblo llano hasta dignatarios de la más alta jerarquía del estado, pasando por representantes de la aristocracia y, como veremos en este texto, personalidades con una ilustre titulación académica y miembros de la Iglesia.

Tan arraigada es desde antaño nuestra costumbre de correr toros que, ya en el Medievo, no precisábamos de la programación de un acto específico para ello. Bastaba el mero traslado al matadero de un toro sujeto con una maroma para que en torno al astado se arremolinasen los viandantes y que algunos practicasen desplantes y suertes. Así queda recogido, por ejemplo, en el Fuero de Madrid de 1202. No obstante, lo más común era que para correr toros se programaran festejos concretos, que solían tener como fin agasajar a visitantes ilustres, conmemorar fechas señaladas y, entre otros motivos, celebrar rituales, festividades civiles y religiosas o acontecimientos sociales como nacimientos, bodas... Así, se puede decir que los juegos de toros solían asociarse con acontecimientos festivos y felices. Como ocurría en los dos casos que aquí nos van a ocupar: la celebración de la primera Misa por un sacerdote y la obtención del grado de Doctor por un universitario.


El Misacantano

Con el término misacantano se denomina al sacerdote que dice o canta su primera misa.

Para ese día tan memorable, los sacerdotes nunca estuvieron obligados a programar actos sociales extraordinarios ni a celebrar una misa con pompa, pero siempre fue tradición muy seguida que en dicho oficio religioso, conocido con la expresión misa nueva, se realizase algún ceremonial especial y que, después, a modo de celebración, se organizase en la localidad una jornada festiva, en la que lo más común era dar un banquete en casa del misacantano.

El resto de los actos de esa fiesta variaría dependiendo de las costumbres locales y, como es lógico, de las disponibilidades económicas del sacerdote o de su familia. Pero de lo que hay prueba documental es que en el Medievo, y cuando menos en un territorio que hoy corresponde a Navarra, debió ser tradición muy importante y consolidada que se corriesen toros con motivo de las celebraciones festivas en honor del misacantano.

Tras ser conquistada Tudela en 1119, el rey Alfonso I el Batallador otorgó a la villa un fuero que señalaba en su capítulo 293:

“De qui encarnizare buey ó baca ó toro

Qui encaniçare buey o uaca o toro o qualquiere otra bestia e ficiere algun dannio es fuero el sennor de la bestia que la pierda, el sennor tayendola por la uilla, pero el trymiento o solaz fuesse por bodas o esposamiento o de nueuo missacantano: si danno alguno auiniere no es alli penna ni periglo alguno si doncas el tenedor o tenedores no fizieren soltura maliciosanent por facer danno o escarnio ad aquella persona e alli do esto sea prouado que perdra la bestia en la manna ante dita.
”

(Literal recogido por Luis María Marín Royo en “El Fuero de Tudela”)

Lo que venía a establecer esta norma del Fuero de Tudela es que quien llevase por la villa un buey, una vaca, un toro o cualquier otra bestia debía hacerlo con cuidado y mantenerla bien sujeta, porque el dueño perdería la bestia si la enfurecía y causaba algún daño. Pero si el traslado o la diversión era por bodas, esposamiento o nuevo misacantano, no tendría ninguna pena si hiciese algún daño, a no ser que el tenedor o tenedores de la cuerda la soltasen maliciosamente para hacer daño o escarnio a alguna persona. Pues, en el caso de que eso fuese probado, el dueño también perdería la bestia.

Sin entrar a analizar la polémica histórico-jurídica sobre si el Fuero de Tudela trae origen del Fuero de Sobrarbe o de algún otro fuero aragonés, y por tanto si el contenido de sus normas está basado en usos y costumbres de todo el territorio navarro-aragonés, lo que sí es absolutamente cierto es que el Fuero de Tudela es un corpus jurídico adaptado para los usos y costumbres de dicha villa, y que en ella, al menos, queda probado que debió tener gran arraigo la tradición de correr toros ensogados para celebrar y honrar al misacantano. Tanto, como que esta costumbre y la corrida nupcial aparecen en el Fuero como las únicas excepciones a una norma de carácter general.

No conozco otras pruebas directas de este ritual festivo, pero sí indirectas.

Como señala Alberto del Campo Tejedor (“Diversiones clericales burlescas en los siglos XIII a XVI: las misas nuevas”), la celebración del misacantano dio pie en el Medievo a fiestas jubilosas y a diversiones burlescas, lo que despertó muchos resquemores en las altas jerarquías de la Iglesia y ocasionó que fueran frecuentes en el siglo XVI los concilios y sínodos eclesiásticos que limitaron los excesos que, a juicio de dichas instancias, se cometían en los festejos de las misas nuevas. Así, en lo que atañe a la tradición que nos ocupa, este autor indica que se cita el correr toros entre los actos lúdico-festivos que se prohibió a los clérigos en el sínodo de Calahorra de 1545.

Por su parte, Beatriz Badorrey Martín (“Principales prohibiciones canónicas y civiles de las corridas de toros”) nos señala otros ejemplos de restricciones canónicas para las misas nuevas, entre las que se puede destacar la siguiente: el obispo de Orense Antonio Ramírez de Haro promulgó en un sínodo celebrado en su diócesis en 1539 “Que ningún clérigo dance ni bayle ni cante cantares seglares en missa nueva ni en bodas, ni en otro negocio alguno público, ni ande corriendo toros, so pena de diez reales aplicados como dicho es”.


Se evidencia, por tanto, que las celebraciones que se llevaban a cabo en la tradición festiva del Misacantano fueron, cuando menos hasta el siglo XVI, fuente y marco de festejos taurinos.

Unos festejos taurinos en los que debía ser frecuente que se contase con la participación activa del sacerdote y que, al menos en la villa de Tudela, se celebraban bajo la modalidad de toro ensogado.

(El pintor Luís López ha reflejado el ritual del Misacantano en el precioso dibujo que encabeza esta entrada considerando esos dos elementos, así como el hecho de que el territorio navarro-aragonés fuese una región donde las suertes del toreo a pie se practicaban en sus inicios a cuerpo limpio.)

Cabe señalar, además, que en las dos celebraciones que se citan en los textos analizados, la del Misacantano y la del Toro Nupcial (que ya la estudiamos aquí), los festejos taurinos tenían lugar en vías públicas, de donde se desprende que contaban con una participación popular, que se caracterizaban por la improvisación y que, como señala Ángel Álvarez de Miranda (“Ritos y juegos del toro”), fueron gérmenes de las corridas modernas.

Además, y a modo de curiosidad, del término misacantano también se debe una derivación semántica que aún se usa en el mundo de los toros: toricantano, neologismo con el que se designa al torero que torea su primera corrida de toros.


Pero las bodas y las misas nuevas no fueron las únicas fiestas que dieron lugar a la celebración de festejos taurinos. La obtención del grado de Doctor, que es el supremo de todos los académicos, siempre fue un motivo de felicidad para los pocos universitarios que lo lograron. Y, como vemos que solía ocurrir en el Medievo, ese feliz acontecimiento también se celebraba en las universidades con festejos taurinos.


Los toros del Doctorado


Desde el nacimiento de las universidades en el Medievo, muy pocos fueron los estudiantes que llegaron a obtener el grado máximo de doctor, puesto que a la propia dificultad de ir aprobando y ascendiendo en la carrera académica se unía el hecho de que en las universidades más importantes se celebraba el logro final con gran solemnidad y eran los doctorandos los que tenían que abonar los elevados costes de las ceremonias de concesión de grados, que incluían, entre otros actos protocolarios, ofrecer obsequios a la comunidad universitaria, preparar opulentos banquetes para gran número de invitados y programar corridas de toros.

Estas particularidades, y en especial la de ofrecer un festejo taurino, que debemos imaginar que en un primer momento debieron surgir y realizarse de una forma espontánea y voluntaria por el doctorando, llegaron a incorporarse hasta con detalles sobre la cantidad y la calidad en los estatutos de universidades tan importantes como las de Salamanca, Alcalá de Henares o Valladolid, pasando a convertirse así en requisitos obligatorios para los aspirantes al cargo de doctor y con la amenaza de severas sanciones en caso de obrar con parquedad en los preparativos (como luego veremos).

Así, a modo de ejemplo, y según detalla Beatriz Badorrey Martín en su artículo “Los Toros y la Universidad”, en Valladolid se disponía que, para conmemorar la obtención del grado de doctor en las facultades de Cánones, Leyes, Medicina y Artes (todas excepto en la de Teología), cada doctor debía ofrecer cuatro toros, que aportaba directamente o pagaba a la Universidad a razón de 3.000 maravedís por cada toro; y sólo en el caso de graduaciones múltiples, ante el riesgo de una excesiva duración del festejo, se abría la posibilidad de pactar una reducción del número total de toros y, por tanto, de la cantidad que tenía que aportar cada doctorando. En Salamanca, en cambio, estaba convenido entre la Universidad y la ciudad que se corriesen diez toros de muerte si se graduaban entre uno y tres doctores; y doce toros, si eran más los graduados (Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares “Historia de la Universidad de Salamanca: estructuras y flujos”).

Se cuenta que los amigos del graduado, en los casos de doctorados de ciencias, utilizaban la sangre de los toros del festejo de la celebración para elaborar un pigmento con el que pintaban en cualquier fachada de la ciudad un vítor (un anagrama como el de la fotografía que encabeza este párrafo) para inmortalizar el logro del nuevo doctor. En los casos de doctorados de letras se dice que el pigmento era vegetal, pero igualmente en tono rojo.

Dada la inmensa popularidad de las corridas de toros en el Medievo y en épocas posteriores, no es de extrañar que el día de la prueba final de la licenciatura en Salamanca, y después de que los aspirantes hubiesen estado velando los libros durante toda la noche anterior en la capilla de Santa Bárbara del claustro de la Catedral Vieja, los que no superaban el examen eran obligados a salir en descrédito por una puerta trasera que es conocida como “Puerta de los Carros”, en medio de los abucheos y vejaciones de la gente; en cambio, los que superaban la prueba salían por la Puerta principal de la Catedral y, a hombros de sus compañeros y amigos, eran aclamados por toda la ciudad. Y es que, para la fiesta de celebración y, con ella, la corrida de toros, sólo restaba que el recién licenciado hiciera la solicitud del honorífico grado de doctor.

Ahora bien, como se precisaba de una economía muy saneada para costear los doctorados, no todos optaban a ese grado en las universidades importantes. Había quienes se conformaban con el grado de licenciado, y también quienes solicitaban el grado de doctor en universidades menores, que realizaban unas ceremonias más modestas y menos onerosas. Además, como indica Águeda María Rodríguez Cruz (“Mexicano ilustre, hijo de las aulas salmantinas”), también existía la posibilidad de solicitar el grado máximo aprovechando épocas de luto de la familia real, pues en ese caso estaban dispensados los toros, regocijos y pompas.

Por el carácter estatutario, y por tanto obligatorio, de las celebraciones de los grados, la falta de algunos de los componentes protocolarios que se establecían o la parquedad en su preparación conllevaba la posibilidad de que en la misma universidad se abriese un proceso para juzgar la conducta de los graduados infractores, pues las universidades del Antiguo Régimen eran unas corporaciones autogestionadas e independientes, que contaban con órganos judiciales propios para enjuiciar el incumplimiento de las normas estatutarias.

Así, he tenido acceso a una carta ejecutoria dictada por la Real Audiencia de Valladolid en 1595 para el cumplimiento de la sentencia que adquirió firmeza en un proceso seguido contra seis doctores por faltas que cometieron en la celebración de su graduación. Un proceso que, aunque en su día tuviese una gran gravedad, a fecha de hoy cabe calificar de curioso y nos ofrece la medida de la seriedad con la que los doctorandos de la época tenían que obrar en las celebraciones de sus grados.

El rector de la Universidad de Valladolid inició un proceso el 22 de septiembre de 1593 contra Felipe de Vaca Santiago, Alonso de Santiago, Juan Fernández de Talavera, Francisco Martínez Polo, Antonio del Campo y Antonio de Herrera, doctores médicos todos ellos, a los que se acusaba de lo siguiente:
-que en las colaciones para la universidad sólo habían dado dos platos de avellanas con tres libras de confitura, siendo uso y costumbre dar más de cien libras de confitura, conservas y frutas;
-que en la comida había habido muy notables faltas, pues en vez de gallinas dieron “pollos secos” y habían servido vino nuevo en vez de añejo;
-que en la fiesta de toros que ese mismo día se celebró en la plaza de Santa María habían cometido una muy notable falta en los toros, pues en vez de los 24 toros que correspondían según los estatutos, usos y costumbres de la universidad, ya se convinieron 8, y los que dieron no fueron añejos, como se debe, sino terneros y bueyes, ni cumplieron con lo prevenido de que fueran de “Zamora o de otras partes que fuesen de dar e tomar”, sino de Cuéllar y que no eran bravos;
-y que, además, el doctor Juan Fernández de Talavera había hecho soltar dos toros sin correrse, desobedeciendo las órdenes del rector públicamente.

Por todo ello el rector mandó que, preventivamente, se apresase a los doctores en la cárcel pública de la universidad y ordenó que depositasen prendas para provisionar una repetición de la corrida con cuatro toros de Zamora, sus colaciones y demás condenas que se les impusieren.

El proceso, que duró más de un año, concretamente hasta el 7 de febrero de 1595, se siguió en tres instancias: en la propia Universidad, en la Audiencia en grado de apelación y una posterior de revista, en las que se dictaron sus correspondientes sentencias, todas ellas con pronunciamientos distintos, siendo el contenido del fallo de la que terminaría adquiriendo firmeza que se condenaba a los doctores procesados a pagar 100.000 maravedís, que debían abonar: 20.000, el doctor Juan Fernández de Talavera; y los 80.000 restantes, los otros cinco doctores a partes iguales (16.000 cada uno).

(Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 1781-44.)

Respecto al tipo de festejos que se realizaba en estas corridas de toros de los doctorados, por la pompa que se seguía en todos los ceremoniales y por la asistencia de las más altas personalidades de las respectivas ciudades, cabe pensar en que fuesen del tipo caballeresco; si bien también es factible que se tratasen de festejos mixtos, con participación popular en la parte final de la lidia de cada toro. Por otro lado, como los doctorandos formaban parte del cortejo de la universidad que asistía al festejo y éste disponía de palcos especialmente señalados al efecto, se hace difícil imaginar que participasen activamente en él. De hecho, en la corrida de toros que fue causa del proceso antes visto, la documentación sitúa al doctor Juan Fernández de Talavera en el mismo palco que ocupaba el rector de la universidad.

Las celebraciones de los doctorados con corridas de toros, colaciones y demás pompas, que tan onerosas resultaban para los graduados, se mantuvieron en las universidades españoles hasta el siglo XVIII. Y no parece casual que ello coincidiera con la llegada al trono de España de la dinastía Borbón, cuyos primeros representantes fueron contrarios a todo tipo de festejos taurinos.

Así, Fernando VI suprimió las pompas en las graduaciones de doctor de la Universidad de Salamanca por una Provisión de 1752. Tres años después se dictó la misma medida para Valladolid por otra Provisión de 1755. Y en Alcalá de Henares, que es la otra ciudad que se viene citando, varias Reales cédulas dictadas entre 1720 y 1764 fueron prohibiendo vítores, toros y otros festejos y gastos en el nombramiento de catedráticos, así como las vejaciones a los estudiantes forasteros que opositaban a cátedra.
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Lagun
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NOTAS:
……En primer lugar, quiero agradecer al pintor Luís López que aceptase mi proposición de realizar un dibujo original para ilustrar este texto, así como felicitarle por la calidad de su creación; y recomiendo a todos los internautas que entréis en su blog (“Tercio de Pinceles”) para conocer sus obras.
……Y en segundo lugar, por la ayuda y la información que me han facilitado, también quiero dar las gracias a Beatriz Badorrey Martín, Profesora de Historia del Derecho, y a Rafael Cabrera Bonet, Presidente de la Unión de Bibliófilos Taurinos; habituales conferenciantes ambos en jornadas de temática taurina.

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12/4/10

Las Caridades


La relación entre “votos” (religiosos), “correr toros” y “caridades” pudiera parecer extraña a quienes no se hayan acercado a la historia de nuestros encierros, capeas y demás festejos taurinos populares; pero quien lo haya hecho sabe que en la interrelación de esas tres manifestaciones está el origen de un buen número de fiestas de nuestro país y, como parte de ellas, de los festejos taurinos populares que se celebran en las mismas.


Un voto es una promesa deliberada, voluntaria y libre por la cual los fieles cristianos se obligan solemnemente a realizar alguna obra piadosa o virtuosa con la intención de agradar a Dios.

Desde los tiempos del Antiguo Testamento, los votos se solían hacer cuando los hombres, individual o colectivamente hablando, estaban angustiados, en peligro o tenían el deseo de recibir un favor divino. Y en la Edad Media, y hasta el siglo XVIII incluso, fueron una práctica muy común ante situaciones como epidemias, plagas, hambrunas, sequías, etc.

William A. Christian, en su obra Religiosidad local en la España de Felipe II, nos detalla que las calamidades sanitarias y los desastres naturales constituían el 79,50 % de los motivos concretamente especificados para la práctica de los votos que hacia 1575 se incluyen en las Relaciones Topográficas de los pueblos de Castilla la Nueva:

el 36,7 % por pestilencias, mortandades y enfermedades
el 16,6 % por plagas de la vid
el 14,8 % por plagas de langostas
el 11,4 % por granizos, tormentas o sequías

La devoción es otro de los motivos que aparece expresamente indicado, pero en este caso sólo se corresponde con el 8 % de los votos incluidos.

Se puede decir por ello que la práctica del voto se fue generalizando durante la Edad Media en la religiosidad popular por la sensación de impotencia que los hombres sentían frente a la naturaleza y porque consideraban que su único recurso de auxilio posible era Dios, ya sea directamente o de forma indirecta a través de la Virgen o algún santo intercesor, contándose entre los más reputados a San Sebastián, San Gregorio Nacianceno, San Gregorio Ostiense, San Roque, San Marcos, San Blas, San Agustín o Santa Ana.

Así, la práctica totalidad de los pueblos y ciudades de España contaba con algún tipo de voto emitido bajo la guía de la Iglesia, y para su cumplimiento, generalmente, se prometía solemnemente celebrar misas, procesiones u otros oficios religiosos, realizar obras virtuosas como observar vigilias de ayuno o de abstinencia de comer carne (con lo que ello conllevaba en aquellos tiempos), respetar fechas señaladas en las que se imponía la obligación de no tener que trabajar (con el riesgo que se asumía en jornadas de recolección de frutos, por ejemplo), o asumir la obligación de hacer caridades entre los pobres, que solían consistir en ofrecerles pan, queso, aceite, vino...

Es en ese marco donde, entre los distintos ofrecimientos votivos que hacían los miembros de una comunidad o los habitantes de un pueblo para honrar a “su santo”, también fue apareciendo el compromiso solemne de correr toros en un fecha determinada y, como caridad, el reparto al día siguiente de su carne entre los pobres y los fieles que se congregasen con motivo de la celebración de los actos prometidos con el voto.

Una de las primeras noticias de este tipo de votos aparece en un manuscrito conservado en el Monasterio de Silos, y de ella nos dio cuenta el Conde de las Navas en su obra El espectáculo más nacional (Madrid, 1899):

El Concejo de Roa (Burgos), por una pestilencia que afectaba a la localidad, se obligó en el 4 de enero de 1394 con un voto a Dios y a la Cofradía del Corpus Christi de la villa a dar cada año mil quinientos maravedís que debían pagar todos: caballeros, escuderos, dueñas, doncellas, fijosdalgo, legos, clérigos, indios y moros, para comprar cuatro toros que serían corridos por amor a Dios y para que, por su santa merced y misericordia, les librara de la pestilencia. Dos de esos toros serían corridos el día del Corpus, y al domingo siguiente se darían cocidos con pan y vino a los “envergoñados i pobres” que llegaran a la villa.

A lo largo de nuestra geografía, y de nuestra historia, fueron muy numerosos los pueblos con votos que contenían el ofrecimiento de correr toros y la caridad de dar su carne, principalmente a los pobres. A este respecto, Plácido González Hermoso tiene publicado en su blog “MITOTAURICO” un elaborado artículo donde nos ofrece una amplia relación.

En este texto, en cambio, nos vamos a centrar únicamente en la fiesta votiva de Fuentelencina en honor de San Agustín, puesto que José Ramón López de los Mozos tiene publicado un estudio en la web de la Fundación Joaquín Díaz que nos permite observar toda su evolución histórica. De él vamos a tomar las siguientes notas.


En Fuentelaencina (Guadalajara), se erigió como patrón a San Agustín por decisión del Concejo tomada en 1520, que votó el día de su nacimiento, 28 de agosto, como fiesta principal, y le tomó como defensor contra la peste, que entonces padecía la villa, la langosta, las tempestades, el pedrisco, la falta de lluvia, las calenturas y cualquier otro mal o calamidad que pudieran padecer.

En las Relaciones Topográficas de Felipe II correspondientes a la localidad, realizadas en 1575, podemos leer en la respuesta 52 como se describía el voto en una época prácticamente coetánea a la de su constitución, pues sólo habían transcurrido cincuenta y cinco años:

“Hay votada la fiesta de San Agustin de ayunar su vigilia, y holgar el dia, y correr toros en tiempo permitido, y el dia en la hermita se da de caridad doscientos arreldes de vaca con pan e vino para esta fiesta. Cuando se votó, un carnicero dio un novillo de cien arreldes con condicion que todos los carniceros lo den cada año para ayuda de la caridad. Siempre se guarda esta costumbre...”

La fiesta comenzaba el día de la víspera, que era de ayuno, no se debía trabajar y se corría un toro siempre que estuviera permitido, según “dicen”.

No hay que olvidar que Pío V estableció en 1567 la prohibición de correr toros con la publicación de la bula De salutis gregis dominici, y que en el Concilio de Toledo (1566-67) se prohibió la emisión de votos con el ofrecimiento de correr toros. Aunque dichas prohibiciones, en la práctica, apenas fueron respetadas en España.

Una vez sacrificada la res, por la noche y junto a la ermita que a las afueras del pueblo se erigió en honor del santo en 1524, se cocinaban los mejores trozos de la carne y a las doce se distribuía el caldo de su cocción, que era bebido como cosa bendita y aún milagrosa, según entendía la fe de las gentes.

Aunque no queda detallado suficientemente, debemos suponer que en el día de la fiesta de San Agustín, tras los oficios religiosos, se servía el resto de la carne, acompañada de vino y dos panecillos o tortas que se cocinaban especialmente para la ocasión.


En el siglo siguiente, fray Francisco de Ribera escribió en el año 1684 una obra sobre la vida de San Agustín, y en ella ofreció datos sobre el voto al santo en Fuentelencina en dicha época.

La fiesta comenzaba el día de la víspera con la suelta de una res enmaromada, toro o vaquilla, que se corría por las calles del pueblo y cuya carne, una vez sacrificada, se ponía a cocer al anochecer junto a la ermita del santo. A la media noche comenzaban a repartir el caldo resultante, ya que tal cocción se consideraba como medicina protectora contra las fiebres tercianas.

El hecho de que, en vez de toros, se deje abierta la posibilidad de que se corran vacas, nos puede estar indicando que, como consta documentado en la población de Loeches (Madrid), se estaría acatando la literalidad de la prohibición eclesiástica de correr “toros”, pero se seguiría cumpliendo el voto corriendo “vacas”.

La carne se dividía en cuatro partes correspondientes a otras tantas cuadrillas, tres formadas por los propios del lugar y la cuarta por forasteros, que a veces llegaban desde hasta diez leguas (entre 50 y 60 kilómetros), pues tenían derecho a participar todos los asistentes, tanto los vecinos del pueblo como los forasteros, generalmente pobres y enfermos que acudían para saciar su hambre los unos y en busca de un milagro sanatorio los otros. Y en cada cuadrilla se repartía la caridad con dos panecillos o tortas del santo, que se confeccionaban para la ocasión, además de un cuartillo de vino (medio litro) por persona.


Muy interesantes son dos testimonios que ofrece el autor del estudio: uno de 1955, de Ernesto Navarrete, y otro de 1973, de Antonio Herrera Casado, porque con ellos nos situamos en la segunda mitad del siglo XX y observamos la evolución de los ceremoniales del voto en fecha tan cercana a la actual.

Según Ernesto Navarrete, en 1955 la fiesta comenzaba el día 27 de agosto, la víspera, con la salida de una vaquilla ensogada que se corría por las calles del pueblo hasta llegar a la plaza del ayuntamiento, a una de cuyas columnas era atada y apuntillada por el propio alcalde. Este último dato del alcalde se niega en la versión de Herrera Casado en 1973.

Después, la vaca era descuartizada, dejándose los mejores trozos para freírlos detrás de la iglesia, y con el aceite resultante, el resto de la carne y los huesos se hacían en grandes calderas las denominadas Sopas de San Agustín. En 1973 serían los hombres los únicos encargados de la preparación.

Se calculaba el fuego para que a las nueve de la noche estuvieran a punto (en 1973 tras los oficios religiosos de las vísperas) y, previa bendición del sacerdote, servir las sopas, que preservaban y curaban las fiebres tercianas, según creencia, siempre que se invocase el nombre del santo con devoción y las sopas se tomasen con fe. El dato de la hora es significativo, pues en un principio era a las doce, es decir que se ayunaba toda la jornada y sólo se comía a partir de los primeros minutos del día de la fiesta; en cambio, dando las "sopas" a las nueve ya no se estaría cumpliendo con la antigua promesa del ayuno en la víspera.

El día del santo, una vez concluida la misa, sacerdote, autoridades, funcionarios e invitados se trasladaban al ayuntamiento, donde tomaban un chocolate seguido de la carne de la vaca. Finalizado ese acto, el alcalde y el sacerdote salían al balcón que da a la plaza, donde se arremolinaba la gente en espera de que les echasen los huesos de la vaquilla que habían sido usados para condimentar las sopas, disputándoselos como reliquia protectora y milagrosa. Este acto no se llevó a cabo en 1973, según la versión de Herrero Casado.


Como es lógico pensar, en la actualidad ha desaparecido completamente ese carácter caritativo de las fiestas de Fuentelencina.

En el año 2007, según el programa de fiestas, la suelta de vaquillas comenzó desde la misma madrugada del día 27 hasta las nueve y media de la mañana. A las cuatro de la tarde estaba programada la preparación de las calderas, y la degustación de la tradicional sopa a las ocho. Posteriormente, el día 28, el de la fiesta, a las nueve se entregó el cesto de las caridades; y, después de la misa de doce, la degustación del chocolate y de la carne.

Si bien se mantiene la señalización de los días tradicionales, los actos han perdido el carácter que les dio origen y variado sus contenidos y horarios. Además, se añaden nuevos encierros los días 29 y 30 de agosto, y una nueva caldereta el día 31.

Y desde “diez leguas” o más siguen acudiendo gentes al reclamo de las fiestas de Fuentelencina en honor de San Agustín, pero no son, precisamente, ni pobres ni enfermos.

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Con la institución religiosa de los votos y las caridades, el pueblo pudo arrogarse en los siglos XV y XVI, fundamentalmente, su derecho a correr toros frente a lo establecido por el poder real, que sólo se lo concedía a los nobles y haciéndolo a caballo. Y, por otro lado, ese enfrentamiento del hombre a pie con el toro en base a habilidad y valor únicamente era una práctica que la Iglesia venía declarando como una pervivencia pagana, pero en un primer momento la cristianizó de hecho al integrarla en fiestas patronales, no sin polémica doctrinal de por medio.

No obstante, la prohibición de correr toros y más concretamente por promesa realizada mediante voto alcanzó su mayor cota con la bula de Pío V (1567) y el Concilio de Toledo (1566-67). De ese mismo tenor fueron el Sínodo de Cartagena (1583), el Sínodo de Coria (1606) o el Sínodo de Málaga (1671).

En todos ellos se prohibían los votos de correr toros por honra de Dios; ahora bien, no se siguió prohibiendo el acto de correr toros propiamente dicho, siempre y cuando fuese por libre voluntad y no por voto.

Del contenido del Sínodo de Toledo celebrado en 1682 (un siglo después) se deduce que las prohibiciones no surtían efecto, ya que por entonces, además de celebrarse festejos taurinos por libre voluntad, también se seguían cumpliendo votos que llevaban aparejados correr toros. Y, es más, se siguieron emitiendo y cumpliendo durante el siglo XVIII. Una tradición tan antigua no podía erradicarse fácilmente.


En la actualidad están en desuso prácticamente aquel tipo de votos, pero aún perduran muchas de las fiestas que surgieron a raíz de su emisión. A modo de ejemplo, podríamos señalar El Domingo de Calderas en Soria, o Las Mondas en Talavera de la Reina (Toledo). Y en algunos casos nos han llegado con sus festejos taurinos populares, mientras que en otros no ha sido así.

Y, por otro lado, se podría decir que las caridades con carne de toro aún perviven, aunque han evolucionado a comidas comunales de simple carácter festivo, en las que han desaparecido los matices caritativo y religioso que antaño tuvieron. Así, se siguen celebrando con el nombre de Caridad de... San Roque, por ejemplo, que es una de las más recurrentes.

Mi amiga “Chon” comenzando a cocinar una de las quince calderetas de toro que todos los años se preparan en el “Día de la Carne” de las fiestas de un pequeño pueblo de La Alcarria, del que me van a perdonar que me reserve el nombre


Pero también hay muchos casos de pueblos en los que esa comida comunal no ha conservado la denominación de “caridad” que, sin duda, debió tener en su día, aunque sí que se habla del “Día de la Carne” y el “Día de los Toros” para distinguir ambas jornadas.


Todo lo anterior nos lleva a pensar que, tanto en unos casos como en otros, los vecinos que habitaron esos pueblos hace unos cinco siglos, cuando menos, con la emisión de votos y al obligarse con caridades forjaron la tradición de que hombres a pie corrieran toros por sus calles. En cada pueblo con su propia y específica modalidad. Y que, generación tras generación, han ido preservando esa costumbre: su actual encierro, su capea o su festejo taurino popular.

Lagun


NOTA: Quiero agradecer a “Chon” su amistad, el hecho de que en los dos últimos años me haya permitido actuar de “pinche” en la elaboración del caldero que ella cocina para las fiestas y que me haya autorizado a publicar la fotografía con su imagen para esta entrada. Por ello mismo, queda prohibida su publicación en cualquier otro medio sin la debida autorización del autor de esta bitácora, que también lo es de las fotografías primera y tercera que aquí se han insertado.

22/12/09

Toro Nupcial

Autora: Anna Nelubova, “Loky”, de Moscú (Rusia)...Fuente: “Loca un poco”


El hecho de que hacia el 7.000 a.C. el Toro empezara a ser elevado a la categoría de figura sacra, como símbolo del poder fecundador y, por tanto, garante de fertilidad, parece coincidir en el tiempo con la época en la que el hombre comenzó a dominar la técnica de la domesticación de bóvidos; lo que lleva a imaginar a los investigadores que aquella decisión del hombre de las primitivas culturas neolíticas estuvo directamente relacionada con la práctica de mantener uros sin castrar con el fin de servir de sementales.

Así, al ser el uro un animal que destacaba por su poderío sobre el resto de la fauna y ante la evidencia empírica de la efectividad de su poder fecundante, el hombre habría comenzado a rendir culto a la figura del Toro (uro) para rogar fertilidad en todos los ámbitos que la precisaba: fertilidad del ganado, del campo y de la unión de un hombre con una mujer.

Resulta ya imposible conocer todos los tipos de ceremonias ideados por el hombre para los rituales, pero hubo dos muy comunes en aquellos casos en los que el icono de culto era un animal en general o un toro en particular. Por un lado, la práctica de sacrificios para utilizar la sangre del animal de culto con fines expiatorios (de pecados, culpas o peligros) y rogatorios (de bienes, logros o éxitos). Por otro lado, sin que fuese necesario el sacrificio del animal de culto, la práctica de ceremoniales de simple contacto, en los que el favor deseado se veía cumplido por “transmisión mágica”. Lógicamente, también cabe pensar en fórmulas intermedias: prácticas rituales donde se provocase un leve derramamiento de sangre para utilizar la sangre del animal de culto como agente transmisor del poder venerado.

Siguiendo ceremoniales de esos tipos, el hombre celebró distintos ritos de culto al Toro. Sólo alguno ha llegado hasta nuestros días, pero en todo caso con una evolución que ha menoscabado su original componente ritual y los ha convertido en meros festejos lúdicos. El resto, la inmensa mayoría, fueron desapareciendo; y entre ellos está, precisamente, el que es objeto de este estudio: el Toro Nupcial.

Partiendo del hecho de que el hombre eligió al Toro como símbolo de poder fecundador y que creía que ese poder se podía transmitir para garantizar la fertilidad en la unión del hombre con la mujer, el momento más emblemático para elegir la escenificación de un rito con ese fin es, sin duda, el de la formalización de la unión; es decir: el del casamiento o las nupcias, que es justo el acto en el que se celebraba este rito del Toro Nupcial.

Don Ángel Álvarez de Miranda, catedrático de Historia de las Religiones en la Universidad de Madrid, recogió en su libro Ritos y Juegos del Toro (Biblioteca Nueva, 1998) la descripción del rito del Toro Nupcial que en 1902 había realizado el folklorista Publio Hurtado en su obra Supersticiones extremeñas.

“En Extremadura, en la región de Hervás, Casas de Montes, La Zarza y otras, existe la costumbre de comenzar las ceremonias nupciales dos días antes de la boda. En este día, el novio y sus amigos sacan un toro del matadero, atado por los cuernos con una fuerte maroma. Recorren con él todo el pueblo, toreándolo con las chaquetas, hasta llegar a la habitación de la prometida, donde es muerto, después de que el novio le ha colocado un par de banderillas previamente adornadas por la novia.”

(He respetado la literalidad de, al menos, mi ejemplar del libro de Álvarez de Miranda; pero donde se refiere a “Casas de Montes” y “La Zarza” creo que en realidad se trata de “Casas del Monte” y “Zarza de Granadilla”.)

El investigador don José María Domínguez Moreno describe de una forma parecida a la anterior el rito del Toro Nupcial en un estudio de 1984 que lleva por título Ritos de fecundidad y embarazo en la tradición cacereña, si bien nos da referencias de un mayor número de localidades donde se celebraba:

“En Hervás, Casas del Monte, Zarza de Granadilla, Jarilla, Segura de Toro, Ahigal y otros pueblos del norte de la provincia existía la costumbre nupcial de, en víspera de una boda, pasear los mozos un toro fuertemente atado por las calles del pueblo. El recorrido finalizaba en casa de la novia, siendo muerto el animal en la misma habitación de la casadera. Previamente el novio ponía al animal unas banderillas adornadas por su dama. Este derramamiento de sangre en presencia de la novia, junto a su lecho, respondía al lógico deseo de poner en contacto a la joven con un animal eminentemente fecundador y, mediante una simpatía mágica, hacerla propicia a la concepción... En estas corridas el novio utilizaba su chaqueta para sortear el toro, cuyo contacto con la prenda le hacía recibir la fuerza genésica del animal. Pero al mismo tiempo se usaban también en el toreo, al estilo de las actuales muletas, las sábanas blancas del ajuar de la novia, a las que finalmente, por idéntico contacto, quedaría vinculado todo ese poder de fecundidad.”

Otra mención al Toro Nupcial la encontramos en el profesor don Félix Barroso Gutiérrez, que en un trabajo sobre El Toro de San Juan en Coria nos ofrece otras pistas sobre el rito:

“Se podrían traer más referencias históricas, como las de La Zarza de Granadilla, Casas del Monte, Galisteo..., en algunas de las cuales se nos cuenta, también, la costumbre de espurrear la sangre del toro sobre el umbral de la casa donde vivía la novia.”

Como vemos, el profesor Barroso ya no sitúa la acción final del rito en la misma habitación de la novia, sino a las puertas de su casa.

Como último ejemplo de descripción contemporánea del rito del Toro Nupcial reseñaré la que aparece en el libro Teatro, religión y sociedad, Edición de José Monleón y Nel Diago, Universidad de Valencia (2005), donde se incluye un artículo de Manuel V. Vilanova que lleva por título Pervivencia de los dioses ibéricos y contiene el siguiente párrafo:

“A finales del siglo XIX todavía venía celebrándose en Extremadura el llamado toro nupcial, cuyo desarrollo es el siguiente: el novio y sus amigos cazaban un toro bravo y, tras atarlo con cuerdas, lo llevaban a la ciudad y lo arrastraban hasta la casa de los futuros esposos. El toro era introducido en la habitación nupcial donde el novio le clavaba un par de banderillas blancas, construidas previa­mente por la propia novia, derramando la sangre del ani­mal por el tálamo nupcial. De esta manera, al entrar en contacto la habitación nupcial con la sangre derramada del toro bravo se oficiaba un sortilegio de fecundidad. Al acabar el ritual el toro volvía a ser llevado al prado y se le devolvía su libertad.”

El autor no nos hace constar la fuente de la que se ha servido para esta descripción que contiene un elemento diametralmente opuesto al de las anteriores, como es el hecho de que el novio y los mozos cazaban al toro en el campo y que, finalmente, el animal era devuelto al prado, por lo que no era sacrificado y el rito se consumaba con la simple impregnación del tálamo nupcial con la sangre del toro tras clavarle el novio el par de banderillas construidas por su prometida.

Curiosamente, el catedrático Álvarez de Miranda, que ya citamos en primer lugar, llega a esa misma conclusión para el ámbito temporal de la Edad Media: que el rito del Toro Nupcial no comprendía la muerte del animal. Y ello a pesar de que él sí que se sirvió de una fuente escrita de 1902 donde se dice que el toro era sacrificado al final.

El catedrático de Historia de las Religiones en la Universidad de Madrid basa su conclusión, principalmente, en un documento literario y pictórico que se conserva en el Monasterio de El Escorial, un códice del siglo XIII que recoge e ilustra las Cantigas de Santa María, del rey Alfonso X el Sabio (1221-1284). En la cantiga CXLIV (144) se relata un supuesto milagro que no incumbe a este estudio, pero aporta un dato muy significativo al mismo, ya que ese suceso milagroso habría ocurrido con ocasión de la celebración de un festejo similar al del rito del Toro Nupcial, según asegura el malogrado catedrático.

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La cantiga cuenta que un caballero que debía casarse mandó que le trajesen toros para celebrar su boda, que eligió el más bravo entre todos y ordenó que lo corriesen.

“Ond’un cavaleiro ben d’i casou da vila, e touros trager mandou pera sas vodas, e un’apartou d’eles chus bravo que mandou correr”

Álvarez de Miranda, tras estudiar las miniaturas que ilustran el texto, dice encontrar en ese festejo un “reflejo exacto de la tradicional fiesta del Toro Nupcial”, dando a entender con ello que es un retrato del propio rito, según se desprende del contexto de todo el capítulo de su libro.

Así, siguiendo a Álvarez de Miranda, ese documento escrito y las miniaturas artísticas nos aportarían unos datos muy importantes:

En primer lugar, que estamos ante un códice del s. XIII y que, por tanto, fuese realmente un milagro o no lo que acaeció, lo que sí se podría asegurar es que el Toro Nupcial ya se celebraba a mediados del s. XIII, cuando menos.

En segundo lugar, que la acción se sitúa en la ciudad de Plasencia, que es una localidad cercana a todas las del norte de la provincia de Cáceres que han ido citadas con anterioridad (entre veinte y cuarenta kilómetros de distancia).

Y, en tercer lugar, que en el suceso que se narra en la cantiga no parece que el festejo terminase con la muerte del toro, lo que induce a pensar a Álvarez de Miranda (junto con otros argumentos de apoyo) que el rito del Toro Nupcial no acababa en la Edad Media con el sacrificio del animal y que su celebración se consumaba con la simple impregnación de la sangre en las telas del ajuar de la novia o en la ropa del novio al torearlo después de ponerle banderillas; entendiéndose que con ello ya quedaba transferido el poder genésico del toro a los futuros esposos y “asegurada” la fertilidad de la pareja.

Con el debido respeto, y desde mi modesto punto de vista, creo que era posible que se diesen ambas formas de finalizar el rito. Aunque hablemos de pueblos vecinos, nos solemos encontrar con tal variedad de ceremonias de un mismo festejo que raramente existe coincidencia en todos sus elementos entre una localidad y otra. Por ello no debe resultar extraño que en unos pueblos no se diese muerte al toro y que fuera devuelto tras ser banderilleado y capeado por el novio, mientras que en otros sí que podría finalizar el rito con el sacrificio del toro, ya fuese en la puerta de la casa de la novia (como cuenta Félix Barroso), ya fuese en su misma habitación (como contó Publio Hurtado); algo que, por otro lado, resultaría difícil de llevar a cabo siempre.


Por ello creo que lo importante del rito del Toro Nupcial, se encuentra en la conjunción de los elementos siguientes:

1) La idea de considerar al Toro como símbolo de un poder fecundador que podía ser transmitido por “magia de contacto”.

2) La celebración del rito en las vísperas de una boda o, en todo caso, previamente a la consumación del matrimonio, como parece ser el caso de la narración que realiza Lope de Vega en la obra de teatro Peribáñez y el Comendador de Ocaña.

3) El protagonismo del novio, programando el festejo, eligiendo al toro, poniéndole banderillas y capeándole para impregnar con la sangre del animal su ropa o la del ajuar de la novia, y tratar de lograr así el mágico contacto por el que se transfiriese a la pareja el poder fecundador del Dios-Toro.

4) Y el destacado papel de la novia, que aportaba unas banderillas que ella había preparado previamente para colaborar en la provocación del derrame de la sangre del toro; lo que además ocurría en su presencia y ante la puerta de su casa. A ello se sumaba el hecho de que el novio pudiera lancear al toro con ropa de su ajuar, para que también se impregnasen de sangre y se produjese directamente en ella la transmisión mágica. Y es que no hay que olvidar que la futura esposa era la destinataria final del poder fecundador en que se fundamentaba el rito.

(Llegado este momento, no me he resistido a la tentación de volver a insertar la acuarela que Anna Nelubova, Loky, ha creado específicamente para esta entrada; haciendo hincapié en que, pese a la distancia que separa nuestros países y sus culturas, ha sabido interpretar con increíble visión artística la simbología de este rito)

5) Por último, y sólo como posible variante, la culminación del rito con el sacrificio final del toro.


Y es que, hablando de variantes, era algo muy común en la Península Ibérica de la Edad Media la programación de festejos taurinos con ocasión de la celebración de bodas. Así, si la noticia más antigua que se tiene hasta el presente sobre corridas de toros es del s. XI, concretamente del año 1080, hay que dejar constancia de que dicho festejo fue una corrida nupcial que se celebró en Ávila con ocasión de la boda del infante Sancho de Estrada con la noble doña Urraca Flores. Como esta primera referencia, a lo largo de la Edad Media nos encontramos con otros muchos casos en los que las bodas son motivo para la programación de unos festejos con toros que fueron derivando en ejercicios caballerescos por una prohibición de festejos de toreo a pie contenida en otra obra del rey Alfonso X el Sabio: Las Partidas.

En razón a esa prohibición, además del paso de las centurias, tiene mucho más mérito que en un pequeño y recóndito valle del centro peninsular se mantuviese la costumbre del rito del Toro Nupcial. Claro que la conservación de dicha costumbre quizás se deba a ese hecho precisamente: a lo pequeño y recóndito que es el valle donde se conservó hasta el siglo XIX.


Reflexionando sobre ese detalle, obtuve un dato sobre la localización histórico-geográfica del rito que no he viso reflejado en ninguna de las fuentes que consulté. Aunque ese dato, a su vez, me ha abierto unos interrogantes cuyas respuestas se me escapan, ya que sólo están al alcance de personas cualificadas científicamente.

Está muy ampliamente documentado que en la Edad Media fue costumbre arraigada en distintas regiones de la Península Ibérica celebrar las bodas con corridas nupciales. Ahora bien, gracias a la obra de don Publio Hurtado y al detallado estudio de don Ángel Álvarez de Miranda, también sabemos que en una zona concreta del norte de la provincia de Cáceres se mantuvo hasta finales del siglo XIX un especialísimo ritual que se practicaba en vísperas de los casamientos: el rito del Toro Nupcial. Dadas sus características, es evidente que dicho ritual es profano, que debe ser muy anterior a las fechas en las que estaría acreditada su práctica por las fuentes (del s. XIII al s. XIX, según Álvarez de Miranda) y que su procedencia habría que buscarla en creencias de la primitiva mitología hispánica.

Por ello, ubiqué geográficamente en la época prerromana las poblaciones donde a finales del s. XIX aún se celebraba el rito del Toro Nupcial y vi que:

Hervás, Zarza de Granadilla, Segura de Toro, Casas del Monte y Jarilla son unas poblaciones ubicadas en el valle del río Ambroz; desde su nacimiento, en las inmediaciones de Hervás, hasta su desembocadura en el río Alagón, que es donde se encuentra Ahigal, otra de las localidades señaladas. Por su parte, Plasencia y Galisteo, que son las otras dos citadas, están situadas en el valle del río Jerte, que baja paralelo al del Ambroz y también confluye en el del Alagón; estando esas dos poblaciones a distancia muy cercana de todas las anteriores. Nunca superior a los cuarenta kilómetros. Un área geográfica muy concreta que en época prerromana estaba situada dentro del territorio que ocupaban los vetones.

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Mapa de ubicación del territorio de los vetones. En blanco aparece el área geográfica aproximada de las poblaciones con noticias de celebración del rito del Toro Nupcial
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Ese es el dato que no he visto reflejado en ninguna de las fuentes que he consultado: que el rito del Toro Nupcial se conservó hasta el s. XIX en un área geográfica que en época prerromana estuvo ocupada por los vetones. Y, dado que este pueblo estuvo muy ligado a la cultura del Toro, me surgieron los interrogantes a que hacía referencia:

1º.- La costumbre de celebrar en vísperas de las bodas el rito del Toro Nupcial, stricto sensu, sólo se conservó hasta el s. XIX en el valle del río Ambroz, pero dónde tuvo su origen: ¿en distintos puntos de la Península Ibérica, en todo el territorio de los vetones o sólo en el valle del río Ambroz? Concretando: ¿el rito del Toro Nupcial es un ceremonial originario de los vetones?

2º.- La costumbre de celebrar las bodas con corridas nupciales, lato sensu, estuvo muy extendida por toda la Península Ibérica desde el s. XI hasta principios del s. XVIII, pero ¿es una costumbre que tuvo su origen en distintos puntos de la Península Ibérica o, por el contrario, es una costumbre con origen en un único pueblo prerromano que después se expandió por toda Hispania? ¿Pudiera ser una costumbre vetona?

3º.- Y el interrogante subsiguiente: ¿Es el rito del toro Nupcial, stricto sensu, el único y exclusivo origen de todos los tipos de corridas nupciales, lato sensu?


Los ritos más ancestrales suelen tener un origen ligado al ámbito agrario, al mundo rural, y en sociedades más urbanizadas, aunque se sigan celebrando, tienden a perder sus originales componentes rituales y a convertirse en meros festejos lúdicos. Por ello sería comprensible que un rito con unas raíces tan prehistóricas como el del Toro Nupcial pudiera haber nacido como un ritual de fertilidad que en pequeñas aldeas se celebraba con la única participación del novio y su más íntimo grupo de amigos, pero que, según fueron creciendo las poblaciones, el rito evolucionó en el sentido de que la participación se fue haciendo cada vez más generalizada y tumultuosa, llegando a convertirse en algo parecido a lo que hoy conocemos como una capea, en un festejo popular para celebrar una boda y en el que el papel del novio fue pasando a ser el de mero organizador: una corrida nupcial sin apenas carga ritual para la pareja de los futuros esposos y convertida en festejo lúdico para toda la población. Y, por supuesto, también sería comprensible que, al tiempo, los rituales se siguieran manteniendo sin evolucionar en las poblaciones más pequeñas.


Hoy resulta imposible pensar en una celebración del rito del Toro Nupcial tal y como la recogió en 1902 Publio Hurtado. Pero hay que destacar el hecho de que las gentes del valle del río Ambroz mantuvieran durante miles de años ese primitivo rito taurino de fertilidad. Y es que la cultura del Toro en la zona norte de la provincia de Cáceres debió ser siempre arraigadísima, como se prueba por el hecho de que también allí, en poblaciones de las diócesis de Coria y Plasencia (además de la de Cáceres-capital), fue donde se mantuvo por más tiempo la celebración del rito del Toro de San Marcos.

El Toro fue un animal sagrado en la antigüedad que inspiró múltiples ritos. Y, curiosamente, allí donde en su día se asentaron los vetones han perdurado durante más tiempo algunos de esos ritos taurinos.
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Lagun
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He esperado hasta hoy para publicar esta entrada porque dentro de unas horas tendrá lugar el sorteo de lotería, ese acto con el que solemos decir que arrancan las fiestas de Navidad.
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Por ello, os quería desear a todos:
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¡¡¡ Feliz Navidad !!!
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NOTA: Como ya he hecho constar en el texto, la acuarela del encabezamiento ha sido creada para ilustrar esta entrada por Anna Nelubova, Loky. Por ello, quiero mandarla un abrazo y darla las gracias públicamente. Y a los que leáis esta nota, rogaros que os paséis por su blog, "Loca un poco", para que disfrutéis de todas sus obras.
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26/10/09

Toro Ensogado


Arroyo del Ojanco (2004). Foto: Juan B. Marqueta.
Fuente: http://www.juanb.com/


Concepto básico

Se denomina “Toro Ensogado” a la modalidad de festejo taurino popular consistente en la suelta en una localidad de una res vacuna con una o varias sogas fijadas a su cuerpo para poder controlar sus movimientos y embestidas.

Se trata de una ancestral costumbre de festejo taurino popular que tuvo en la antigüedad una gran importancia y difusión en toda la Península Ibérica, y que aún se conserva en un centenar de localidades.

Esa denominación genérica no es la única con la que se le conoce a este festejo, ya que a lo largo y ancho de la Península, y con independencia de los títulos específicos que recibe en cada población, se le denomina con otros nombres genéricos, como son los de toro enmaromado, toro de soga, toro de cuerda, bou en corda, bou capllaçat, sokamuturra... y gayumbo, que es una voz antigua con la que se le conoció en otras épocas y que da título a un cuadro de Francisco de Goya.


Variantes más comunes de toro ensogado

La riqueza que atesora la Península Ibérica en sus manifestaciones culturales también se manifiesta en los festejos taurinos populares en general y en el Toro Ensogado en particular, ya que cada localidad celebra su festejo con toro ensogado incorporando al concepto básico unas variantes provenientes de costumbres ancestrales heredadas que le otorgan una originalidad singular.

Existen variantes en todos los elementos y aspectos del festejo, por lo que tratar de detallarlas todas resultaría prácticamente imposible y sólo cabe apuntar algunas de las más comunes y dar algún ejemplo de las mismas.

Respecto al propio festejo:
- Hay localidades, como Ohanes (Almería) o Pina de Ebro (Zaragoza), en las que el festejo va intrínsecamente unido a otro acto que tiene carácter religioso y se enmarca dentro de un conjunto de manifestaciones culturales, por lo que las reses no llegan a ser soltadas totalmente.
- No obstante, la inmensa mayoría de festejos con toros ensogados sí que consisten en una verdadera suelta de reses para ser corridas por los mozos.

Grazalema (2008). Foto: Peña del Lunes del Toro de Cuerda. Fuente: http://www.lunesdeltorodecuerda.com/


Respecto a la res:
- Lo más común es que la res que se suelte sea un toro, como ocurre en Grazalema (Cádiz), Chiva (Valencia) o Lodosa (Navarra), entre otros; pero hay alguna localidad en la que únicamente se celebra con vacas, como Torroella de Montgrí (Gerona) o La Puebla de Montalbán (Toledo), y también las hay donde la suelta es tanto de machos como de hembras, siendo Beas de Segura (Jaén) el ejemplo más típico.

Beas de Segura (2009). Foto: Emilio Navarro (Ojosapiens). Fuente: http://www.ojosapiens.eu/


- Además, se puede abrir más el abanico dentro de este apartado si se tiene en cuenta que, cuando el protagonista del festejo es un macho, hay festejos en los que se utilizan ejemplares de media casta, como en Allariz (Orense), mientras que en la mayoría de festejos se sueltan reses bravas.
- Hay festejos en los que las astas de las reses van enfundadas, como es el caso de Ontinyent (Valencia); mientras que en otros muchos no es así.
- Otro criterio diferenciador dentro de este grupo viene derivado del hecho de que, aunque nunca se realice de cara al público, el animal suela ser sacrificado al final del festejo, como en Benavente (Zamora), o que no lo sea, que es el caso de Chiva (Valencia) o de las sokamuturras, en general.


Respecto a la soga:
- Salvo en una minoría de lugares en los que a la res se la amarra con varias sogas: Ohanes (Almería) o Fornalutx (Mallorca), en la mayoría se utiliza una única maroma, cuya longitud varía: en San Roque (Cádiz) se utiliza una muy corta, mientras que la más larga puede que sea la de Benavente (Zamora).
- Por otro lado, mientras en la práctica totalidad de la Península la maroma se amarra a los cuernos de la res, en las sokamuturras es típico anudarla al cuello y engancharla a un gran collar con cascabeles que portan los animales.
- Ya entrando en cuestiones de detalle, si en muchos pueblos se ata a la res con una maroma simple y sin ningún tipo de adorno ni de complemento, en otros la zona de la cuerda que está en contacto directo con la cabeza del animal tiene una banda para protegerlo de rozaduras; e, incluso, los hay que llevan elementos decorativos, como se hace en Chiva (Valencia).

Chiva (2007). Foto: Emilio Navarro (Ojosapiens). Fuente: http://www.ojosapiens.eu/


- Una variante de algunos pueblos del País Vasco, como Azpeitia (Guipúzcoa), es la de anclar la cuerda a un punto del recorrido, o a varios que se usan correlativamente, siendo la longitud de la soga la que limita el movimiento de la res.


Respecto a la actitud de los mozos:
- Los mozos suelen llevar más dominado al animal en aquellos festejos en que es sujetado con varias maromas, como en Fornalutx (Mallorca).

- Pero su actitud es más variable en los pueblos donde la res está fijada por una única soga. En Benavente (Zamora) siempre debe haber mozos llevando la maroma por delante de la res, para así poder marcarla un recorrido prefijado que hay que cumplir. En otros pueblos en los que la tradición no señala un itinerario obligatorio, los mozos simplemente intentan llevar siempre la soga sujeta por delante, para ser ellos los que decidan el recorrido que ha de seguir el animal, como ocurre en Chiva (Valencia) o en Grazalema (Cádiz), por ejemplo; aunque también hay momentos en los que eso no ocurre por las circunstancias que se derivan del festejo, del recorrido o de las embestidas del animal. En cambio, en Lodosa (Navarra) los mozos siempre dejan suelta la maroma para que el toro se mueva a su libre albedrío y sólo la sujetan cuando resulta estrictamente necesario dirigir a la res o controlar sus embestidas.

Lodosa (2008) ... Foto cedida por Mikel Leza.


Respecto al recorrido:
- Tal y como solía ser norma común en la antigüedad y esencia del Toro Ensogado, en Lodosa (Navarra) no se coloca ningún tipo de vallado, por lo que la res puede aparecer en cualquier punto de la población.
- En la mayoría, y normalmente por obligación legislativa, sí que se delimita el espacio, pero también hay que distinguir entre recorridos lineales, como el de San Roque (Cádiz), y los compuestos de varias calles y plazas en un área más o menos amplio, tal y como queda delimitado el de Grazalema (Cádiz).


Origen

No existe ninguna fuente que nos indique el auténtico origen de los festejos con toros ensogados. Pero, en sintonía con Francisco J. Flores Arroyuelo (“Correr los toros en España – Del monte a la plaza”), parece lógico convenir que esta práctica trae causa del traslado hasta el poblado que el hombre prehistórico debía realizar con los toros primitivos (los uros) que cazaba vivos en el campo; para lo que se servía, entre otros elementos o técnicas, de maromas con las que poder controlarlos y conducirlos hasta el recinto en el que serían encerrados, sin que en aquellas acciones, lógicamente, faltasen carreras, desplantes, así como sustos, golpes y hasta cogidas.

Además, como el hombre rindió culto al Toro desde la prehistoria, también necesitó trasladar toros vivos hasta su poblado para celebrar ceremonias de fertilidad, por un lado, y ritos de sacrificios, por otro. Por lo que en la acción humana de introducir en su poblado a toros ensogados, además de contar con vínculos cinegéticos, también hay nexos con la celebración de rituales.

Es en esta línea donde se encuadran contribuciones de historiadores del toreo como el Conde de las Navas, el Conde de las Almenas y el Marqués de San Juan de Piedras Albas, que conforman la tesis de que las fiestas populares de toros tienen un origen prehistórico e ibérico, ligado primero a actividades cinegéticas y, posteriormente, a la institución del sacrificio y, por tanto, a la esfera de las creencias mágico-religiosas.

Del mismo modo, Pedro Romero de Solís, Manuel Delgado o Julián Pitt-Rivers defienden que los festejos taurinos populares tienen su origen en rituales de sacrificios. Pero Álvarez de Miranda, en cambio, mantiene que provienen de rituales asociados al culto a la fecundidad y la fertilidad, en los que el hombre pretendía apropiarse del poder genésico del toro a través del contacto con él, sin que fuese preciso ni la muerte del animal ni el consumo de su carne.

En todo caso, lo que resulta evidente es que todas aquellas ancestrales creencias desaparecieron y que perduraron algunas de las prácticas taurinas que se realizaban en base a ellas, aunque evolucionando en las formas, en su trasfondo esencial e, incluso, adaptándose a nuevas civilizaciones y nuevos credos, como ocurre en el caso del cristianismo.

En ese sentido, Juan Carlos Olivares Pedreño plantea en su estudio “El dios indígena Bandua y el rito del Toro de San Marcos” que el origen del Toro de San Marcos podría estar en rituales que se debieron realizar en honor del dios Bandua, que era una deidad peninsular prerromana; por lo que se trataría de un rito que, evolucionando, logró sobrevivir hasta la Edad Media, y un ejemplo de la supervivencia en el Medievo de ancestrales ritos taurinos.

Volviendo a citar al Conde de las Navas, en su libro “La fiesta más nacional” da cuenta de una carta de Francisco Fernández y González, fechada en 1896, en la que se hace referencia a una crónica latina del siglo XII que menciona la repetición en Castilla de una fiesta muy usada entre los romanos y de orden semejante a correr vacas enmaromadas. Consistía en atar los cuernos de un toro con una maroma, al cual llamaban la atención por ambos lados.

Y es que, en efecto, los festejos de toros ensogados tuvieron en la Península Ibérica su momento de mayor auge en plena Edad Media. Así lo demuestran documentos como el Fuero de Tudela, también llamado de Sobrarbe (s. XII), el Fuero de Albarracín (s. XIII), las Cantigas de Alfonso X el Sabio (s. XIII) y muy diversas crónicas medievales.

Sydney Crocker & Blich Barker. Museo Zumalacárregui. Fuente: http://www.gipuzkoakultura.net/


Julio Caro Baroja, en su libro “El estío festivo”, encuadra a los festejos de toros ensogados que se practicaban en la Edad Media como juegos propios de fiestas familiares. Estas fiestas en las que se corrían toros ensogados se solían celebrar por diferentes motivos: festejar visitas de grandes personalidades, ordenaciones de sacerdotes, nacimientos, bautizos, esponsales y casamientos (estrechamente vinculados al específico rito del “Toro Nupcial”, que solía ser un toro ensogado y traía causa de antiguos rituales de fertilidad). También hay que resaltar que los festejos de toros ensogados que se celebraban por votos a santos patrones se extendieron por la península en los siglos XIV y XV, y muchos de los que han sobrevivido son herencia de ellos.

Si los espectáculos taurinos a pie, entre los que se encuadraban los festejos populares, tuvieron ya con Alfonso X el Sabio una norma restrictiva, sería en el siglo XVI cuando estuvieron cerca de ser prohibidos por las disposiciones de las más altas esferas de la Iglesia, especialmente por la bula de Pío V, “De salutis gregis dominici”, de 1567. Pero la fecha más negra para los festejos de toros ensogados es el 30 de agosto de 1790, la de la “Real Provisión de los Señores del Consejo por la cual se prohíbe por punto general el abuso de correr por las calles novillos y toros que llaman de cuerda, así de día como de noche”, que fue firmada por Carlos IV.

Debemos imaginar que con aquella Real Provisión de 1790 desaparecieron muchos festejos de toros ensogados. ¡Pero no todos! La gran tradición y la gran afición del pueblo llano, especialmente, consiguió que sobrevivieran un buen número de festejos y, con ellos, el antiguo rito del Toro Ensogado.


Localidades en las que actualmente se siguen celebrando festejos de toros ensogados

Distribución geográfica del Toro Ensogado


El ancestral festejo del Toro Ensogado se sigue conservando y celebrando en un centenar de localidades correspondientes a veintiséis provincias de España más otras dos de la vecina Portugal, que sepamos.

No se puede decir que sea alto el número de poblaciones con festejos de toros ensogados, ni tampoco que su distribución geográfica sea uniforme; por lo que no debe llevar a engaños el elevado número de provincias donde se sigue celebrando. Así, sería mucho más exacto decir que este antiguo rito taurino se conserva en algunas localidades de seis o siete comarcas del territorio peninsular, con el añadido de unas pocas poblaciones aisladas en las que aún se mantiene por la arraigada afición de sus vecinos.

Y es que, no hay que negarlo, los festejos de toros ensogados mantienen una dura pugna por su supervivencia desde hace más de cinco siglos, en los que vienen deseando su desaparición gobernantes y dirigentes de las distintas épocas y regímenes habidos. Algo que, íntimamente, también anhelan los de hoy en día, pues en la mayoría de los reglamentos autonómicos de festejos taurinos populares se prohíbe esta modalidad, si bien permiten que se sigan celebrando en aquellas localidades que tienen una tradición acreditada.

A continuación se ofrece la relación de localidades agrupadas en comunidades autónomas. En el bien entendido de que es una lista abierta, pues siempre puede haber alguna población que celebre festejos de toros ensogados y no aparezca incluida; aunque será mucho más fácil lo contrario: que aparezca relacionada alguna localidad que, desgraciadamente, haya dejado de celebrar toros ensogados en los últimos años y debamos sacarla del listado.


Andalucía

El festejo taurino popular más propio de Andalucía es, precisamente, el del Toro Ensogado, o Toro de Cuerda, que es la denominación genérica más común en esa comunidad. Dentro de su ámbito territorial se encuentra una de las comarcas señeras en este tipo de festejos: la Sierra de Grazalema; pero también cuenta con una población que tiene uno de los festejos de nuestro país con mayor tradición y fama: Beas de Segura y su Toro de San Marcos.

Andalucía tiene festejos con toro ensogado en Cádiz: Benamahoma, Benaocaz, Grazalema, San Roque y Villaluenga del Rosario; en Jaén: Beas de Segura y Arroyo del Ojanco; en Córdoba: Carcabuey; en Huelva: Villalba del Alcor; en Málaga: Gaucín; y en Almería: Ohanes.

El festejo de Ohanes se diferencia claramente del resto, pues queda enmarcado dentro del conjunto de una procesión religiosa, siendo su esencia una clara muestra de lo que debió ser el rito del Toro de San Marcos en la Edad Media. También están dedicados a San Marcos los festejos de Arroyo del Ojanco y Beas de Segura, pero ambos tienen una idiosincrasia muy particular, tanto por la gran cantidad de reses que se sueltan como por el protocolo que se sigue con cada una de ellas antes y después de ser “cascadas”, lo que conlleva que cada animal tenga que pasar por una cadena de actos distintos que se alargan durante varios días.

Menos protocolarios, pero más cercanos al espíritu de lo que fue el Toro Ensogado en épocas pretéritas son los festejos de la Sierra de Grazalema, entre los que destaca el de la localidad que da nombre a la comarca.

El Toro de Cuerda de Grazalema

Grazalema (2008). Foto: Peña del Lunes del Toro de Cuerda. Fuente: http://www.lunesdeltorodecuerda.com/


Se desconoce el origen de este festejo, pero hay teorías que llegan hasta afirmar que podría provenir de un antiguo rito céltico que tendría más de dos mil años de antigüedad. Sin pretender negar lo anterior, lo más probable es que la introducción de este festejo en la Sierra de Grazalema sea debida a repobladores cristianos de tierras ganaderas de Castilla.

Se cuenta que, de un antiguo festejo popular que se celebraba en la población al aprovechar los días que los ganaderos volvían con sus reses al pueblo tras haber pasado el invierno pastando en otros prados, los monjes Carmelistas Descalzos lo habrían cristianizado en el siglo XVIII a cambio de financiar el rito taurino popular y dedicarlo a honrar la festividad de la Virgen del Carmen.

El Toro de Cuerda de Grazalema se celebra el lunes siguiente al día 16 de julio, que es la festividad de la Virgen del Carmen. A las ocho de la mañana se suelta en la parte alta del pueblo al toro para que descienda por las empinadas calles de la localidad hasta llegar a la parte baja, donde es encerrado. Al mediodía se le vuelve a soltar, y los mozos, procurando llevar la maroma siempre por delante de la res, se afanan por que el toro vuelva a subir a la zona alta de Grazalema para volver a bajarlo después. Por la tarde se procede a realizar una nueva suelta.

En los últimos años se han llegado a correr hasta tres toros, pero siempre por separado.


Aragón

En la Comunidad Autónoma de Aragón tenemos toros ensogados en Albentosa, Aliaga, Calamocha, Cedrillas, Cella, Rubielos de Mora, Sarrión, Teruel y Utrillas (Teruel), así como en Pina de Ebro (Zaragoza).

Tres son los festejos con toro ensogado que destacan en la comunidad:

El Toro de Sogas, de Pina de Ebro: La procesión de San Juan va encabezada por un toro ensogado por las astas, con un cabo por delante y otro por detrás para que los mozos puedan controlarlo. Un festejo cuyo origen va unido a una leyenda del siglo XII que dice que los cofrades de San Juan decidieron llevar todos los años un toro en la procesión porque, cuando unos árabes les impedían sacar al santo en procesión, sorpresivamente apareció un toro que arremetió contra los infieles y los obligó a huir.

El Toro Ensogado de Rubielos de Mora

Rubielos de Mora (2009). Foto: José Ángel Barea. Fuente: “vaquilladelangel.blogspot.com”


El 16 de julio, que es la festividad de la Virgen del Carmen, se suelta por las calles de la localidad un toro sujeto por una única maroma que los sogueros tienen obligación de llevar siempre por delante. Se trata de una tradición que se remonta a 1620.

La Vaquilla del Ángel, de Teruel. El segundo fin de semana de julio se celebra en Teruel la fiesta de su patrón: el santo Ángel, y uno de los actos más emblemáticos es la suelta por la ciudad de un toro que es conducido por los mozos con dos sogas que lleva amarradas a sus astas. Una tradición que no tiene un origen definido, pues según una teoría se remontaría al s. XIV, mientras que otra lo sitúa en el s. XVII. Después de sufrir varias prohibiciones, se restableció en 1931 y, tras la Guerra Civil, tomó tal auge que desde 1949 son cuatro los toros que se corren.


Castilla – La Mancha

Cuatro son las localidades castellano-manchegas que conservan festejos con reses ensogadas: La Puebla de Montalbán, Villaluenga de La Sagra y Yuncos, en la provincia de Toledo; más la ciudad de Cuenca.

La Vaca Enmaromada de La Puebla de Montalbán

La Puebla de Montalbán (2009). Foto: Raúl Barbero. Fuente: “raulbarbero.blogspot.com”


Las fiestas en honor en honor del Cristo de la Caridad se vienen celebrando en La Puebla de Montalbán desde 1598, en virtud de un voto que hizo el pueblo cuando una peste estuvo a punto de acabar con la población de esta villa. Uno de los actos más esperados en la actualidad es la suelta de su tradicional vaca enmaromada.


Castilla y León

Unos pocos pueblos de la Comunidad Autónoma de Castilla y León logran conservar sus festejos con toros ensogados: Alija del Infantado, en León; Astudillo, en Palencia; Mucientes, Palazuelo de Vedija, Torrelobatón y Villafrechós, en Valladolid; así como Villarín de Campos y Benavente, en Zamora.

Es más, posiblemente alguno de los mencionados ya no formará parte de esa lista por la fuerte presión que vienen soportando desde hace años.

El Toro Enmaromado de Benavente

Benavente (2005). Foto: Emilio Navarro (Ojosapiens). Fuente: http://www.ojosapiens.eu/


Hay muchas versiones de la presunta leyenda sobre el origen del Toro Enmaromado de Benavente. Una de ellas dice que un día que la condesa y su hijo paseaban por las afueras de la muralla se les vino encima un toro que aquella jornada se corría en la localidad, matando al joven en su embestida, por lo que se obligó a partir de entonces a que los toros en Benavente se corriesen enmaromados para que no ocurriese otro incidente parecido.

Lo documentalmente acreditado es que se tienen noticias de juegos de toros en Benavente desde los siglos XV y XVI y que en el s. XVII aparecen las primeras referencias de festejos de un toro enmaromado relacionados con la fecha del Corpus Christi. Desde dicho siglo se viene celebrando este antiguo rito en Benavente, aunque hubo circunstancias históricas que afectaron de forma temporal la continuidad del festejo.

Su suelta tiene lugar en la tarde de la víspera del Corpus. Y ese, el momento de la salida del toril, es el momento más espectacular del festejo. Luego, la carrera discurre por un recorrido urbano que es fijo y que los mozos tratan de que cumpla el toro, llevando siempre por delante la larga maroma que el toro tiene sujeta a sus astas.

El festejo concluye siempre con el sacrificio del animal en unas dependencias municipales.


Cataluña

En Cataluña es la comunidad autónoma donde se observa una mayor oposición ciudadana contra los festejos taurinos, y muy especialmente contra los de naturaleza popular. Por contra, en este ámbito de los festejos taurinos populares hay una comarca catalana que siente pasión por los correbous y que tiene una larga tradición de bous ensogats. Esa comarca es conocida como Terres de l’Ebre, las Tierras del Ebro: Les Cases d’Alcanar, El Ligallo de Ganguil, Sant Carles de la Rápita, Sant Jaume D’Enveja y, a la cabeza de todas estas localidades de Tarragona situadas en el Delta del Ebro, Amposta.

Pero, además, Cataluña también cuenta con una localidad de la provincia de Gerona en la que se celebra un festejo taurino popular de reses ensogadas: Torroella de Montgrí. Un caso curioso, pues la iniciativa parte de una peña cuyos miembros son oriundos de Beas de Segura y organizan en el mes de agosto unos festejos con vaquillas al estilo de su localidad de origen.

El Bou Capllaçat de Amposta

Amposta. Foto: ACN. Fuente: http://www.diaridetarragona.com/


Se tienen noticias de la existencia en Amposta del festejo de Bou Capllaçat desde finales del s. XIX, cuando en la víspera de la Mare de Déu d’Agost tenía lugar la primera salida; pero de todo el ámbito territorial catalán ya se tiene constancia de bous capllaçats en 1636, y se peinsa que ya se celebraba con anterioridad.

La nota más característica de la comarca es la forma de amarrar al toro: un lazo alrededor de las astas terminado en un cabo de un metro de longitud que es donde se amarran las dos sogas con las que se domina al toro.


Comunidad Valenciana

La Comunidad Valenciana, que siempre es un referente en materia de festejos taurinos populares, también cuenta con un buen número de localidades con toros ensogados. Es más, puede que sea la única comunidad autónoma donde estén surgiendo nuevos pueblos que celebran esta modalidad de festejo.

Alquerías de Santa Bárbara y Alquerías del Niño Perdido, en Castellón. Aielo de Malferit, Alborache, Bugarra, Chiva, Godelleta, Ontinyent, Turis, Vallada y Yátova, en Valencia.

De esta relación, las localidades que cuentan con un mayor renombre son Ontinyent y, sobre todo, Chiva.

Bou en Corda, de Ontinyent

Ontinyent (2007). Foto: Xequi. Fuente: http://www.flickr.com/


Con motivo de las fiestas de la Purísima Concepción, Ontinyent celebra el fin de semana anterior su tradicional Bou en Corda, que se remonta al año 1662 y que actualmente recorre las calles y plazas de la localidad entre un gentío de mozos y conducido a través de una maroma que los mozos suelen llevar por delante. El festejo cuenta con una acto previo muy particular: L’Embolà. Es el momento en el que se cubren las astas del toro con una peculiar funda que consiste en un cilindro de hierro cubierto en su parte delantera por una bola de tela a la que se le une una vaina de cuero sujeta por una cuerda muy fina.

Pero, sin duda, el festejo con toro ensogado más conocido de toda la Comunidad Valenciana es el que se celebra en Chiva los días 17, 18 y 19 de agosto en honor a la Virgen y san Roque.

El Torico de la Cuerda, de Chiva

Chiva (2006). Foto: Emilio Navarro (Ojosapiens). Fuente: http://www.ojosapiens.eu/


Según el historiador Mora Yuste, el documento más antiguo que se conserva sobre este festejo es de 17 de agosto de 1765; un año en el que, tras ser corrido el Toro durante tres días, fue subastado por los clavarios de San Roque y su importe entregado para la construcción del templo. Pero, como ya entonces se habla de tres día de bou, al igual que hoy, habría que suponer que el festejo en sí debe gozar de más antigüedad, pues normalmente los orígenes suelen tener siempre pretensiones más modestas. Así, el mismo autor señala otras fuentes en las que se habla de una cesión de un toro a Chiva por parte de ganaderos turolenses como pago por los pastos consumidos por sus ganados durante el invierno; lo que nos podría remontar a prácticas más remotas.

El astado es amarrado con una única cuerda que los mozos tratan de llevar siempre por delante de él, para dirigir el recorrido a seguir y, a falta de un itinerario fijo y obligatorio, algunos portadores de la maroma cumplen con la ilusión de llevar al Toro hasta la casa de sus padres, mujeres, novias o amigas.

Al contrario de lo que ocurre en otros pueblos, en Chiva no se sacrifica al Toro a la finalización del festejo; y durante el mismo el trato que se le dispensa es totalmente respetuoso.

Cabe destacar, por último, lo vistosa que resulta la soga de Chiva, al estar confeccionada en tres colores: azul, rojo y amarillo; y que, para minimizar el roce sobre el testuz del Toro, la cuerda lleva una badana, así como unos bordados y unas borlas de adorno, que se suelen presentar los mismos colores que aquella.


Galicia

En Galicia sólo hay una localidad que conserva una fiesta en la que el protagonista sea un toro ensogado. Se trata de Allariz, en Orense.

La Festa do Boi, de Allariz

O Boi, protagonista da festa. Fuente: http://www.festadoboi.com/


El origen de esta fiesta se remontaría al siglo XIV según una leyenda popular que dice que habitaba por entonces en Allariz una colonia judía que todos los años se burlaba de los cristianos en las celebraciones del Corpus Christi, originándose graves altercados; hasta que a un hidalgo de la localidad llamado Xan de Arzúa se le ocurrió en 1317 encabezar la procesión a lomos de un buey con el que, a base de embestidas del animal y los varazos que repartía el hidalgo, se consiguió dispersar a los judíos.

En memoria de aquel hecho, y sufragado por el capital dejado en testamento por el propio Xan de Arzúa, todos los años se corría un buey por las calles de Alariz durante el Hábeas, y no se abandonó la tradición hasta principios del siglo XX. Fue en 1983 cuando fue rescatado por un grupo de jóvenes de la localidad.

El sábado anterior al Corpus se realiza la prueba del buey: ni muy bravo ni manso debe ser. Luego, durante los ochos días siguientes se saca al buey ensogado y se suceden carreras amenizadas con música regional e interpretaciones simbólicas de aquel hecho legendario.


Islas Baleares

En las Islas Baleares se rindió culto al Toro en la antigüedad, lo que implica la celebración de rituales taurinos, pero en la actualidad sólo se celebra un festejo popular en todo el ámbito de la comunidad: la Baixada del Bou de Fornalutx.

La Baixada del Bou de Fornalutx

Fornalutx (2008). Foto: Cati Cladera. Fuente: http://www.elmundo.es/


Los festejos de una localidad se adaptan a sus tradiciones y en Fornalutx, para celebrar las fiestas su patrona, la Mare de Déu de la Natividad, es tradicional realizar la Baixada del Bou, que culmina con la coronación del Toro en la plaza del pueblo por una payesa.

Los mozos conducen a la res de forma controlada por las empinadas cuestas de Fornalutx, sirviéndose de una cuerda que, amarrada a la cabeza de la res, consta de dos cabos: uno que llevan los mozos por delante para guiar al Bou, y la que sostienen por detrás para controlarlo. Tras su coronación, el animal es trasladado a unas dependencias donde es sacrificado y su carne repartida y consumida.


La Rioja

Se corren toros ensogados en Barruelo, Cabretón, Cenicero y Rincón de Soto.

El Toro Ensogado de Cabretón

Cabretón. Foto: SANDA. Fuente: http://www.larioja.com/


Dentro del programa de actos en honor a la Virgen del Carmen, la localidad riojana de Cabretón celebra su festejo del Toro Ensogado.

Antiguamente, se compraban dos vacas para todos los días de la fiesta, y en el último se soltaban ensogadas por todo el pueblo y sin ningún tipo de vallado, siendo sacrificadas posteriormente. Actualmente, son dos toros los que se adquieren para el festejo concreto del Toro Ensogado.

De uno en uno, se sueltan en la plaza de la Iglesia y posteriormente se abre una de las puertas para correrlo por el pueblo siguiendo un recorrido que está vallado. Cuando finaliza el festejo ambos animales son sacrificados.

El Toro Ensogado de Cabretón, además de gozar de una gran tradición local, es uno de los más peculiares de La Rioja por la manera de enmaromar los toros: con una soga a cada cuerno.


Navarra

Lodosa es el único pueblo de Navarra donde se autoriza la celebración de un festejo con toro ensogado.

Lodosa (2009). Foto: Joseba Carnicer. Fuente: everyoneweb.es/toriviciao


El Toro Ensogado de Lodosa

Aunque se intuye que debe gozar de siglos de antigüedad por la tradición a este tipo de festejos que había en la región durante la Edad Media, la documentación existente en Lodosa sobre la celebración de este festejo únicamente nos remonta a 1892, que es el año en el que está fechado el documento más antiguo que se conserva en relación al Toro Ensogado.

La fecha de celebración es el tercer fin de semana de septiembre, que es cuando comienzan las fiestas en honor de la Virgen de las Angustias; pero ese viejo rito se revive en esta localidad navarra durante todos los fines de semana que median hasta la Virgen del Pilar.

El Toro se suelta en la plaza próxima al ayuntamiento y, desde allí, es él, el protagonista de la fiesta, el que elige el itinerario por el que discurrirá el festejo, pues los mozos no toman la cuerda salvo en casos absolutamente necesarios; de forma que el Toro Ensogado de Lodosa corre por las calles de la localidad con la soga siempre por detrás suya, sin un rumbo prefijado ni vallado que limite su carrera.


País Vasco

La Comunidad Autónoma del País Vasco no sólo es la región que cuenta con un mayor número de localidades donde se celebren festejos de reses ensogadas, es que su modalidad típica de festejo taurino popular es ésa: la sokamuturra.

Hondarribia (2009). Foto: José Manuel Jiménez. Fuente: www.sokamuturrak.com/


En Álava: Labastida; en Guipúzcoa: Aretxabaleta, Arrasate, Azkoitia, Azpeitia, Bergara, Deba, Elgoibar, Errenteria, Hernani, Hondarribia, Legazpia, Mendaro, Mutriku, Oiartzun, Oñate, Pasaia, Placencia, San Sebastián, Tolosa, Urnieta, Villabona y Zestoa; y en Vizcaya: Amorebieta, Bermeo, Derio, Durango, Guernica, Lekeitio y Sodupe en Vizcaya.

Ésa es la relación de localidades del País Vasco con festejos de reses ensogadas, de sokamuturras, que se viene manejando en artículos elaborados para el Congreso del Toro de Cuerda. Una lista que, dado el arraigo que existe en el País Vasco por las sokamuturras, puede que sea más amplia (y sería positivo que nos advirtiesen vía comentarios a este texto de otras poblaciones que las celebren para añadirlas al listado).

En el País Vasco, los festejos de sokamuturra tienen tantas variantes como localidades, prácticamente, pero se podría reseñar de una forma un tanto general que se celebran tanto con toros como con vacas, e incluso hay sitios que se sueltan becerrillas para los chavales más jóvenes, y que las astas de las reses suelen ir enfundadas; que la forma más común de amarrar a la res no es a las astas, sino enganchando la soga a un collar que se ciñe alrededor del cuello; que la soga puede ir libre, sujeta por los mozos o dejarla anclada a un muro, de forma que es la propia longitud de la cuerda la que delimita la zona por la que se puede mover la res; por último, que se eligen para correr las sokamuturras lugares de lo más variado: calles en línea, entramados de vías urbanas, plazas públicas o, incluso, en playas.

Resulta difícil destacar una población entre todas las del País Vasco, pero se puede decir que Azpeitia es uno de los lugares donde hay mayor afición por las sokamuturras.

Sokamuturras de Azpeitia

Azpeitia (2009). Foto: José Manuel Jiménez. Fuente: www.sokamuturrak.com/


Según datos ofrecidos por Imanol Elías Odriozola, la noticia más antigua que se ha encontrado en el Archivo Municipal de Azpeitia respecto a toros data de 1518. A partir de ahí existen varios documentos del s. XVI que acreditan la gran afición de los azpeitiarras por correr toros. Pero una decisión tomada en 1567 por las autoridades del pueblo indica que hubo un cambio especial que modificaría el modo de jugar con el toro en Azpeitia. El 14 de octubre de 1567 se reunió la corporación municipal para organizar el programa de festejos por el nacimiento de Catalina Micaela de Austria, hija de Felipe II: actos religiosos, danzas, fuegos artificiales y... decidieron dar esta orden: “Que Juan de Ondarra y Pedro de Altuna, carniceros de la Villa, traigan a cada buey o toro, que con sus sogas corran las calles, pagando a cada ducado”.

Es el primer dato con el que cuenta Azpeitia para acreditar la antigüedad (documentada) de la práctica de correr toros con soga en la localidad.

Desde entonces, la historia de los toros ensogados en Azpeitia es larga y está repleta de todo tipo de acontecimientos. Hoy en día, las sokamuturras se corren en Azpeitia con motivo de un buen número de fiestas: San Sebastián, Carnavales, San Ignacio... La gente del pueblo sale a la calle y se crea un ambiente formidable. En ese aspecto, destaca por su curiosidad la jornada del Domingo de Carnaval. Los azpeitiarras celebran ese día el “Txikito Elegante”, y salen a la calle con trajes y vestidos de principios del s. XX o, cuando menos, con traje y corbata ellos y con distinguidos vestidos ellas. Y así acuden a las sokamuturras que se corren ese día, resultando pintoresco ver a los mozos corriendo y recortando con traje y corbata.


Portugal

En Ponte de Lima (Viana do Castelo) se celebran las “vacasdas cordas”, en el que se corre un toro bravo amarrado con dos sogas. Más renombre y fama tienen las “touradas à corda” de distintas localidades de la Isla Terceira (Azores).

Touradas à corda de Isla Terceira (Azores)

Tourada à corda. Foto: “bluesphere”. Fuente: http://www.flickr.com/


El historiador Luis da Silva Ribeiro afirma tener noticias de touradas desde la segunda mitad del siglo XVI, pero no concreta su antigüedad y deja abierta la posibilidad de que su origen sea tanto español como portugués.

En las touradas à corda de Isla Terceira se corren toros que, previamente, son embolados y amarrados por una sola cuerda anudada directamente alrededor del cuello. Durante el desarrollo de festejo, la cuerda es manejada por un grupo de pastores que visten un atuendo tradicional.


Lagun

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NOTA: Quiero agradecer públicamente el gesto de retirar su firma o su logo que han tenido algunos de los fotógrafos citados; y a todos, por supuesto, el hecho de permitirme el uso de sus fotografías para ilustrar este texto.
Por otro lado, también quiero agradecer la información y ayuda prestada por parte de los compañeros de “El Sur A Cuerpo Limpio . es” y a aquellos otros que también me han aportado datos de forma particular.
A todos: ¡¡¡GRACIAS!!!

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