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4/12/10

Visita a “Zahariche”


Quisieron los dioses que el pasado 27 de noviembre lloviese en la cuenca del Guadalquivir; y, concretamente, las tierras de la provincia de Sevilla recibieron, de media, el obsequio de cincuenta litros por metro cuadrado. Lora del Río no fue una excepción, y también fue agraciada con su ración de agua correspondiente. Y en Zahariche...

Podría haber llovido cualquier otro día; pero, no, el elegido por los dioses fue el mismo que nosotros habíamos acordado semanas antes con la familia Miura para visitar la finca de su histórica ganadería.

Los efectos de ese fenómeno meteorológico condicionaron, sin duda, nuestra visita a Zahariche, pero no impidieron que la jornada del 27 de noviembre de 2010 pase a engrosar mi listado de fechas inolvidables.

Así, al cruzar su singularísima cancela de entrada sentí como un estremecimiento recorría mi cuerpo: entraba en la finca de los miuras. Y una vez que llegamos al cortijo, al pasar a su patio de entrada, no pude evitar la evocación de la imagen de don Eduardo Miura Fernández con sus particulares patillas. Sí. Pese a las inclemencias del tiempo, las sensaciones brotaban de continuo.


Entre esas sensaciones, a todos nos llamó la atención la rusticidad del patio, sin ningún tipo de concesiones de cara a la galería, por lo que intuimos desde el primer momento que la palabra que siempre ha debido ser imperante en la ganadería es: “trabajo”. Allí, en Zahariche, desde 1941; pero en esta familia ganadera desde 1842, que fue el año en el que don Juan Miura Rodríguez fundó la vacada.


Al cabo de unos breves minutos, que aprovechamos para asomarnos a las caballerizas, se presentó en el patio don Manuel García, el mayoral, montado a caballo y enfundado en un poncho de agua que sólo dejaba al descubierto sus ojos y poco más. Desde su montura, dadas las condiciones meteorológicas, nos hizo la pregunta de rigor. Y nuestra respuesta no lo fue menos: “p’alante”.


Don Manuel se puso al frente de la marcha, componiendo bajo aquel persistente aguacero una imagen que resultaba impactante y, a la vez, emocionante. Abriendo y cerrando cancelas, nos fue acompañando hasta los cercados donde se encuentran los toros de saca para la próxima temporada. Nueve corridas, según me dijo él, personalmente; ocho, según nos contó a todos don Eduardo Miura, con el que estuvimos compartiendo impresiones al final de la visita.


Zahariche es una finca de unas 600 hectáreas, y los dos cercados que vimos están en consonancia: grandes, extensos, con unos límites que en parte se pierden entre las suaves ondulaciones que presenta el terreno. Por ello, los miuras se encontraban algo desperdigados y el mayoral se tuvo que emplear a fondo para moverlos.


Como es habitual en la ganadería, son variopintos los pelajes de los toros de esta camada, pero los que más atraen la atención son los de unos ejemplares salineros.


Respecto a las hechuras, como es lógico, aún están por rematar; y, además, el ganado andaba algo encogido por la lluvia. Pero ya se les veía su habitual conformación: altos de agujas, largos y con una gran caja, pero sin aparentar el peso que luego dan en la báscula, puesto que no son barrigones.


Un prototipo racial que parece estar fijado en la ganadería desde 1854, que fue cuando se terminaron de realizar las compras masivas de ganado, se concretaron las primeras grandes selecciones y se practicaron los cruces más básicos.

A este respecto, hay que recordar que don Juan Miura Rodríguez fundó la vacada en 1842 con reses de don Antonio Gil Herrera, de origen Gallardo; y que siete años después, en 1849, se compraron reses del mismo origen a don José Luis Alvareda. Posteriormente, entre 1850 y 1852, la vacada se consolidó con la compra de la mayor parte del ganado que había pertenecido a don José Rafael Cabrera, cuyo origen pasó a ser preponderante en la ganadería. Y que, por último, en 1854 se incorporaron dos sementales de don José Arias Saavedra, que eran de casta Vistahermosa por la rama de Barbero de Utrera.

Con esas compras realizadas en el espacio de doce años fue con lo que se conformó la base de la ganadería Miura. No obstante, hay que constancia de que se han ido añadiendo otros sementales, aunque la finalidad buscada no era ya la modificación del tipo del ganado, sino atemperar su comportamiento.

Así, se sabe de la incorporación de un toro de casta Navarra llamado “Murciélago”, que el diestro Lagartijo le regaló a don Antonio Miura tras lidiarlo en Córdoba y lograr su indulto. Era un ejemplar colorado y ojo de perdiz que descendía de la ganadería de Pérez Laborda, aunque ya llevaba el hierro de Joaquín del Val. En este caso sí que se comenta que pudo influir en la aparición en la ganadería Miura de los pelajes colorados y castaños.

Es sabido también que se añadió otro toro del duque de Veragua, aunque su influencia en la vacada debió ser escasa, pues murió muy pronto como consecuencia de una pelea con otros toros. Finalmente, hacia 1920 se incluyó como reproductor el semental “Banderillero”, de la Marquesa de Tamarón, encaste Parladé. Y se habla de otro más del Conde de la Corte. A partir de ahí, todo queda en el secreto de la familia; como es la supuesta incorporación de algún semental de Palha a cambio de los miureños que forjaron el célebre encaste de la ganadería portuguesa.


Volviendo a la visita, los responsables de la ganadería suelen comentar que los miuras son muy temperamentales, por lo que son habituales las peleas entre ellos; de ahí que los mantengan en grandes grupos y no los aparten hasta pocos días antes de las corridas. También suelen comentar que, por la misma razón de su carácter, es muy complicado el manejo de estos toros en el campo, por lo que no es raro que se produzcan arrancadas imprevistas hacia los criadores, vaqueros y, más aún, a los extraños. Y, vive Dios, en nuestra visita tuvimos una buena muestra de ello.

Andaba el mayoral afanándose en reagrupar uno de los grupos, y todas las reses parecían moverse en la dirección deseada, cuando uno de los toros (del que me reservaré el número que lucía en el costillar para no fomentar prejuicios), de repente, se nos vino hacia nosotros con una velocidad tremenda y en clara actitud de acometida.


Resultó evidente que la alambrada le impidió culminar sus intenciones. Pero, aún así, siguió mostrándose desafiante y muy agresivo, moviendo reiteradamente la cabeza y tratando de levantarla por encima de la cerca, incluso.


Y no se vino una vez sólo. Puesto que, aunque regresó junto a sus hermanos tras el primer arreón, en ningún momento dejó de medirnos, y volvió a repetir la arrancada una segunda vez.

Fue, sin duda, la anécdota de la visita. Al menos, la más comentada entre nosotros.

Tanto fue así que salió a relucir el incidente con don Eduardo Miura, que vino a atendernos al final de la visita. Y, al margen de decirnos que era algo normal en la ganadería, nos contó otra anécdota que guarda relación, aunque se remonta a tiempos de 1910, más o menos, y su protagonista fue el propietario de otra ganadería: don José Anastasio Martín.

Se cuenta, según don Eduardo, que por la finca de don José Anastasio solía ir periódicamente el “recovero” (persona que se dedicaba a la compra de huevos, gallinas y otras cosas semejantes para después revenderlas), y que un día le dijo al ganadero: “Don José, hay un toro que, cada vez que vengo a su finca, me mira mal”. A lo que le contestó el interpelado: “Vístete de picador y cruza tranquilo”.

¡Jugosísima la historia!

Como decía antes, don Eduardo Miura y, posteriormente, su hermano don Antonio estuvieron compartiendo con nosotros y respondieron a cuantas preguntas les hicimos. Las más recurrentes hicieron referencia a los resultados de la pasada temporada, las perspectivas para la que se avecina y, como no, a la conflictiva prohibición de los toros en Cataluña, que don Eduardo contestó con la solvencia y las tablas obtenidas a lo largo de su experiencia de ganadero y los cargos que ha ocupado. Fue al hilo del último tema de los indicados cuando el ganadero se refirió al mundo de los festejos taurinos populares. Y dijo que él y su hermano son muy partidarios de este tipo de festejos, puesto que las corridas de toros sólo son el vértice de la amplia pirámide que conforma el mundo del toro, pero que toda ella se sustenta en una gran base, que es la que conforman los festejos taurinos populares. Y que, por eso, ellos siempre los defenderían.

También salió a relucir el tema de las normativas europeas sobre el ganado bravo, referido al hecho de que éste esté incluido en el mismo grupo que todo el vacuno; a lo que el ganadero vino a decir que sí que sería muy interesante un tratamiento normativo específico para el ganado bravo.

No puedo dejar de reseñar que también estuvimos en otras dependencias de la ganadería. Así, pudimos ver el largo embudo que conduce al encerradero de la finca. En éste, por otro lado, se puede ver un azulejo que rememora que el toro con el que se inauguró dicho encerradero se llamaba "Tejón", herrado con el número 66, que fue encajonado el día 5 de julio de 1965 para la corrida que se lidió en Pamplona el día 12 del mismo mes y año en las Fiestas de San Fermín.

Allí fue donde me comentó el mayoral que la ganadería está formada actualmente por unas 650 reses; de las cuales, 260 son vacas de vientre y 8 los sementales. Y un dato curioso: me explicó que en la ganadería es común que salgan por camada más hembras que machos, unas 20 aproximadamente.

También se nos permitió entrar a su característica y muy peculiar plaza de tientas cuadrada. Respecto de ella, me dijo el mayoral que su forma obedece, simplemente, a la tradición. Como en todo lo que se hace en esta ganadería...

Desde que la fundara don Juan Miura y después la regentara su viuda, doña Josefa Fernández, pasando todo ese tiempo por la siempre comentada dirección del hijo mayor: don Antonio Miura, que luego también la regentaría. Continuando por su hermano menor: don Eduardo Miura, aquél de las célebres patillas, que hizo de la ganadería la más importante de su tiempo. Siguiendo por la regencia conjunta de los hermanos don Antonio y don José Miura, a los que dio continuidad don Eduardo Miura, hijo y sobrino, respectivamente. Para llegar a estas fechas, en las que nuevamente dos hermanos: don Eduardo y don Antonio Miura siguen al frente de la más histórica y carismática de nuestras ganaderías bravas. Todos ellos siguieron los ejemplos recibidos de sus antecesores y trataron de mantener tanto los usos tradicionales que de ellos aprendieron como la histórica línea ganadera que fueron heredando.


Cuando se escriben artículos sobre visitas a Zahariche se suele recurrir al término "leyenda" para aplicarlo a la historia, trayectoria y vicisitudes de la ganadería Miura; y también es muy común la utilización de expresiones como "legendarios" y "míticos" aplicadas a los toros que se crían en esta afamada finca. Pero los miuras no son una ficción, ni su historia forma parte de narraciones situadas fuera del tiempo histórico. Como dijo Rafael el Gallo: “el miura existe”. Por ello no he empleado en este texto aquellos términos fantasiosos tan al uso. Cuando pienso en Zahariche y en la ganadería Miura prefiero recurrir a términos como criterio, trabajo, fidelidad y tradición; y cuando en mi retina aparece la imagen de un miura: belleza, poderío y casta.


Cumplida la visita, lo que ahora deseo es que en el próximo 2011 pueda volver a Pamplona para encontrarme con seis de estos miuras que tuve la fortuna de ver en su finca el pasado 27 de noviembre. Y, como no, volver algún día al mojón que en la carretera de Lora del Río a La Campana marca la entrada a Zahariche.
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NOTA: Como muestras de agradecimiento, además de a los titulares, mayoral y vaqueros de la ganadería Miura, quiero dejar constancia que los autores de las fotos publicadas en esta entrada son: Miguel Pedrero, que se jugó su máquina por la maldita lluvia de aquel día; y Jesús Martínez, que me las ha remitido desde su página de referencia “elpuyazo.es”. También hay alguna de quien suscribe.
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Lagun
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14/12/09

Visita a “La Ruiza”


El pasado sábado 12 de diciembre he visto cumplido uno de esos deseos que tenemos todos los aficionados al Toro: poder visitar La Ruiza. Y he escrito “Toro” (así, con mayúsculas), porque en las 700 hectáreas de esa finca abrazada por el río Tinto es donde pastan los emblemáticos veraguas de D. Tomás Prieto de la Cal Picón.


Para todos aquellos que no conozcan la trascendencia que atesora esta ganadería, se hace preciso recordar que es una de las pocas vacadas que aún quedan en nuestra cabaña brava con sangre de la Casta Fundacional Vázquez, la que forjara don Vicente José Vázquez con reses de las mejores estirpes de mediados del siglo XVIII hasta llegar a criar un tipo de toro con un prototipo racial propio y con un excepcional comportamiento durante la lidia para los gustos de finales del s. XVIII y principios del XIX. Pero, aún siendo ya importante el hecho de ser una de las pocas ganaderías de casta vazqueña, es que además, entre ellas, es el núcleo principal, y casi único, de la rama que el Duque de Veragua encumbró a la fama durante la segunda mitad del s. XIX (como dato esclarecedor hay que recordar que el Duque lidiaba una media de cinco corridas al año en Madrid). Esa escasez del caudal genético veragüeño en nuestra cabaña brava, sin más consideraciones, ya eleva a la ganadería de Prieto de la Cal a la categoría de patrimonio cultural a preservar.

Y así lo entiende el propio ganadero. Como muestra os cuento que la primera anécdota de la visita fue que, cuando llegamos a La Ruiza a las nueve de la mañana y esperábamos ver salir a don Tomás Prieto de la Cal por la puerta del cortijo de la finca, nos sorprendió apareciendo por el campo a lomos de su caballo y garrocha en mano; más sorprendente aún fue verle como, por un reciente percance, cojeaba de forma ostensible tras bajarse de su montura; y nos remató con un: “Muy tarde vienen ustedes”, a modo de saludo. Y es que, aún mermado físicamente, este joven ganadero ya venía de realizar faenas camperas a las nueve de la mañana de un sábado en pleno mes de diciembre.

Toda una carta de presentación del modo en que Tomás Prieto de la Cal concibe su condición de ganadero de unas reses que son las descendientes de unos toros legendarios: los veraguas.


Fue el mayoral, Rafael, quien nos mostró la ganadería y, a la vista de los toros que en el presente pastan en las marismas del río Tinto, nos transportó hasta el pasado.

La variedad de capas que pudimos ver en La Ruiza: castañas, negras, berrendas en negro y, mayoritariamente, jaboneras -en todas las gamas-, nos trajeron a la mente las postales que alguna vez hemos visto y siempre hemos admirado de los toros que criaban Vicente José Vázquez y el Duque de Veragua.

Unas capas en los toros de Prieto de la Cal que están en consonancia con las de los nueve sementales que configuran su nómina actual de reproductores: cinco jaboneros, dos negros, un berrendo en negro y un castaño.


En el amplísimo cerrado que compartían ocho de esos sementales –el noveno estaba en otro, “a lo suyo”- se apreciaba con nitidez la razón y el por qué de la proporción de las distintas capas de la ganadería de Prieto de la Cal.


Por otro lado, también resultaban más marcadas el resto de características de su prototipo racial: talla media, no muy altos, musculosos pero armónicos y, generalmente, aleonados y de piel gruesa. Toda una serie de particularidades que, según los tratadistas, siempre fueron propias de la casta vazqueña.


Estos veraguas suelen ser de manos cortas y fuertes, con un cuello de longitud media, morrillo musculoso, papada no muy prominente y con tendencia a salir algo ensillados. Las cornamentas no suelen alcanzar un desarrollo excesivo ni ser muy agresivas, predominando las reses cornianchas y brochas. Por lo que respecta al tono, suelen salir tanto astiacarameladas como astisucias. La cabeza viene a ser de un tamaño medio, el hocico ancho y brillante y es muy común el toro carifosco, quizás por la gruesa que suele ser la piel de esta línea.


Destaca sobremanera la viveza de sus ojos, y no sólo en las capas jaboneras por aquello del contraste, sino en todas.


Terminada la vuelta a todos los cerrados, volvió a atendernos personalmente don Tomás Prieto de la Cal. Y ahí llegó el momento de las preguntas. Todas las que quisimos o supimos hacer; y para todas obtuvimos respuesta.

Por rematar el tema de las capas, que no deja de ser uno de los elementos más llamativos de la ganadería, nos dijo el ganadero que en modo alguno selecciona pensando en los pelajes, que él selecciona por nota. Nada más. Y, a otra pregunta sobre si los toros jaboneros salen menos cuajados que los del resto de capas, también nos dijo que los pelajes no están relacionados con las hechuras. No obstante, la pregunta traía causa en la percepción subjetiva que allí obtuvimos.


Ahondando en el tema de la selección, nos contó Prieto de la Cal que tienta los machos con dos años y a campo abierto; que, como procura que sus reses no vayan contra natura de sus características históricas en la lidia, primeramente valora la prontitud y alegría al inicio de la carrera y, luego, por supuesto, el encuentro contra querencia con el caballo de picar; que los aprobados son posteriormente tentados en la plaza y que no hace probaturas intermedias, puesto que se “queman” todos los preseleccionados en busca de lograr un tipo de toro que, además de ser pronto, espectacular y bravo en el primer tercio, también repita en la muleta con esos 30 muletazos que son precisos para ofrecer una lidia completa.


Por su parte, las vacas son tentadas de utreras para que el factor fuerza ya sea evaluable en ellas. Remachó diciendo que la selección es muy rigurosa, pues no pretende tener una ganadería extensa. Actualmente está compuesta de 550 reses, de las cuales 180 son vacas de vientres. Y, a este respecto, me contó el mayoral que los años que nacen del orden de 80 becerros son considerados en la ganadería como buenos; y de ahí “p’abajo”.


Inevitablemente salieron a relucir otros temas, como el premio recibido en Zaragoza por una novillada o el caso particular del toro Aguardentero que se presentó en la corrida concurso de Arlés, que fue bueno para el capote, acudió por cuatro veces al caballo, cada vez a más distancia, y al que no se le permitió demostrar si habría acudido una quinta porque el tercio se cambió de forma prematura, tratándose como se trataba de una corrida concurso.

Nos dijo D. Tomás Prieto de la Cal que ha tenido mayor repercusión en los aficionados que a efectos prácticos de “llamadas desde los despachos”. Que, no obstante, hay algunas negociaciones abiertas y... (no sé si puedo decir más) ..., pero en un cerrado hay catorce ejemplares que están apartados especialmente para dos posibles contrataciones que el ganadero pretende que vayan conjuntadas, de forma que o entran las dos o no entra ninguna.


Pregunté al ganadero por un tema que leí en su día respecto a las bondades que conlleva para los toros su crianza en zona de marismas, como ocurre en La Ruiza, a lo que me comentó que piensa que en ese tipo de terreno el toro gana en desarrollo muscular y fuerza, que salen como más silvestres y que es muy positivo para preservar los pitones. Al hilo, otra cuestión inevitable fue el de las fundas, a cuyo uso se opone radicalmente el ganadero. Y también me interesé, a nivel de curiosidad, por si en alguna ocasión le había visitado el veedor de la Casa de Misericordia de cara a una posible contratación para los sanfermines como ganadería titular; a lo que me contestó que no.


Con sus respuestas y su forma de obrar, don Tomás Prieto de la Cal Picón nos demostró que estamos ante un ganadero en el que prima el clasicismo, el romanticismo y la pasión por asegurar la supervivencia de estos emblemáticos toros de la rama Veragua, y que si él es ganadero es por pura vocación.

A este respecto hay que aclarar que su padre, don Tomás Prieto de la Cal y Dibildos, adquirió la ganadería en 1945 y que, tras treinta años de regencia, falleció en 1975 cuando el actual ganadero, don Tomás Prieto de la Cal Picón, contaba con tan sólo nueve años de edad; pero que muy pronto se manifestó en él su afición por los toros, y especialmente por los de su casa, asumiendo la dirección personal de la vacada a partir de 1983. Se debe hacer mención y justicia a la labor que desempeñó su madre, la Marquesa de Seoane, durante los ocho años de paréntesis entre la regencia del padre y la del hijo.

Con D. Tomás Prieto de la Cal Picón creemos asegurada la supervivencia de la rama veragua de la casta vazqueña; pero hay que pensar que su conservación tiene muchísimo más futuro, porque hasta donde nos encontrábamos acudieron los hijos del ganadero y, según nos contó éste, ya están asumiendo y practicando las nociones más básicas del manejo y crianza del toro bravo. Por lo que, Dios lo quiera, en las tierras marismeñas del río Tinto seguirán criándose por muchos años los veraguas de la familia Prieto de la Cal.


El futuro de estos toros, el que saltará a los ruedos en los próximos años, también lo pudimos ver en un cercado donde se encontraban los últimos becerros herrados, y entre los que había un berrendo en colorado; pelaje que, no siendo extraño en la ganadería, este sábado pasado no lo advertimos en ningún novillo ni en ningún toro.


Así os he podido resumir esta jornada de ensueño, con los apuntes que memoricé personalmente más los del resto de amigos que formábamos el grupo -un recuerdo muy especial para ellos y de manera especial a los componentes de la Asociación Cultural Taurina "Amigos del Toro" de Fregenal de la Sierra-, y que compartimos a modo de comentarios en un almuerzo posterior a la visita de la finca La Ruiza.


Como ya dijese con motivo de otra entrada similar a ésta: yo os recomiendo, sobre todo a los más jóvenes, que visitéis ganaderías. Sólo en el campo se aprende a amar al toro; y después, ese sentimiento se traducirá en respeto y admiración cuando el Toro aparece en una calle o salta a un ruedo.
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Lagun
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NOTA: Las fotografías incluidas en esta entrada son algunas de las que realicé en esta visita a La Ruiza con una simple cámara digital de bolsillo. Debo reconocer que no son muy buenas, y pido perdón por ello, pero reflejan al menos una parte de lo que vi y lo que os he podido contar en esta entrada. Desde luego, pueden ser utilizadas para otros espacios de la red, pero se deberá citar su procedencia y añadir un enlace a esta bitácora.
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8/12/08

Visita a "Los Bolsicos"


Un pequeño grupo de amigos tuvimos la fortuna de poder visitar en el último fin de semana de noviembre la finca de la ganadería de los Herederos del Excmo. Sr. Conde de la Corte: “Los Bolsicos”.

También, como no, fueron dos días en los que disfrutamos de platos típicos de la comarca más sureña de Extremadura, especialmente los derivados del cerdo ibérico, cuya muestra más representativa es un plato de jamón de... “del de allí”. ¡Tremendo!

En el almuerzo posterior a la visita no hablamos en exceso, ya que se corría el riesgo de perder comba en la mesa, pero todos los comentarios que se hicieron fueron referentes a lo que habíamos visto minutos antes.

La primera sorpresa de la visita fue que nos atendió el propio representante de la ganadería: don Luis Guillermo López Olea; y, además, debo subrayarlo, con un trato fabuloso. Luego, más que una sorpresa, vimos confirmada una esperanza: hacer la visita en automóviles; así, los pasos por los distintos cercados pudieron ser mucho más intensos que cuando se hacen en remolque y, sobre todo, muy cercanos a los toros. Y, por decir sólo una tercera, que la visita fue muy completa, ya que duró más de dos horas.

“Los Bolsicos” es una preciosa dehesa de unas 765 hectáreas perteneciente al término municipal de Jerez de los Caballeros (Badajoz), con una orografía que presenta ondulaciones y un terreno variado, pues abarca desde zonas de monte hasta una zona de ribera junto a la que transcurre el río Ardila. Ahí precisamente, pegado al cauce, tiene la finca un impresionante corredero de un kilómetro y medio de longitud para realizar las tientas a campo abierto.


Preside la finca un imponente caserío, construido sobre los muros de una antigua torre templaria. En la misma línea del caserío y frente a él se encuentran algunas de las dependencias propias de una ganadería (cabellerizas, cuadras...), y el espacio que separa ambas fachadas, más que una calle, es una preciosa manga hacia el resto de las dependencias (plaza de tientas, zonas de saneamiento, manga de embarque...) por la que tienen que pasar forzosamente las reses para realizar todas las labores del ganado bravo.


Mientras Salvador Magallanes, el mayoral, enseñaba a mis amigos algunas de esas dependencias, yo preferí quedarme en la manga. Soñando. Allí, yo solo, me imaginé al ganadero en la puerta de su caserío, emocionado, viendo pasar a su lado a todos los becerros de una nueva camada camino del herradero; también me le imaginé en esa misma puerta viendo pasar con lágrimas en los ojos una corrida camino del embarcadero, despidiéndose de los seis toros y pidiéndoles que lucieran y defendieran con orgullo la divisa del Conde de la Corte.


Rodeando el caserío y las dependencias, el terreno aparece dividido por unas altas y robustas paredes de piedra que delimitan los distintos cercados; los más próximos son los de los toros de saca y los más alejados donde pastan vacas, añojos, erales y utreros.

Lo primero que salió a relucir cuando en los comentarios del almuerzo tocamos el tema de los toros fueron los breves apuntes que recordábamos de la historia de la ganadería: con reses compradas en 1920 a la viuda del Marqués de Tamarón (procedentes de Parladé y, por tanto, de casta Vistahermosa), fundó esta ganadería don Agustín Mendoza Montero, Conde de la Corte; en 1964 la heredó su sobrino don Luis López Ovando, quien en 1988 se la cedería a sus hijos, recayendo su dirección y representación en don Luis Guillermo López Olea. Desde 1967 tiene un segundo hierro a nombre de doña María Olea, madre del actual ganadero, aunque ambas vacadas se llevan en conjunto, sin más distinción que la administrativa.

En la actualidad, según nos dijo el ganadero, cuenta con unas mil cabezas de ganado, entre las cuales hay 207 vacas de vientre y 18 sementales.

De memoria hice la cuenta y resulta que, conjuntados ambos números, el porcentaje de toros transmisores de “sangre condesa” viene a ser más alto de la media que suelen tener otras vacadas; y es que, según López Olea, en esta mítica ganadería, como no se quiere introducir sangre ajena para mantener impoluta su pureza, sólo queda el recurso de aumentar el número de sementales y abrir más líneas de selección para evitar problemas de consaguinidad y buscar el equilibrio ideal entre casta y nobleza.

Según íbamos pasando de cercado en cercado y viendo los toros dispuestos para ser lidiados en el próximo año, entre seis y siete corridas, se hacían evidentes las características básicas del toro del Conde de la Corte.

(Un “condeso” de 3 para 4 años que ya se encuentra en un corral de saca)

La capa que predomina es la negra, pero también vimos castañas, coloradas y burracas; la cabeza es ancha de sienes, con encornaduras finas y de buen desarrollo generalmente, aunque no vimos tantos toros como creíamos con cornamentas tan impresionantes como las de los seis que corrieron el año pasado por las calles de Pamplona; la talla es media, sin embargo se aprecia claramente la línea ganadera de buscar un toro más “pegado al suelo”; del cuerpo destaca la diferencia entre la robustez del cuarto delantero y el poco desarrollo del trasero, que resulta anguloso y algo caído; y, por lo demás, es un toro fino de cabos, morrillo poco marcado, y de cola larga y muy poblada en su extremo.

Tan cerca vimos a los toros del Conde que os puedo decir, incluso, que resulta llamativa la nobleza de su mirada. Aunque, como curiosidad, os contaré que hubo uno que va para cinqueño, galán y gallardo, que se me encaró cuando, tras cerrar la puerta de uno de los cercados, me dirigía andando hacia el coche que abría la comitiva. A la que dejó de mirarme le tiré una foto.


Para rematar el tema de la morfología típica de los toros de esta ganadería nos dijo López Olea que, no obstante todo lo anterior, unos años salen las camadas más igualadas y otras más dispares. Como parece ser que ocurre con la del próximo año, en la que bajo mi exclusivo punto de vista me pareció ver una gran disparidad de hechuras.

Luis Guillermo López Olea sacó a lo largo de las más de dos horas de visita muchos temas de conversación sobre su propia ganadería, otras ganaderías, ganaderos, toreros, veedores y periodistas. Ahí estuvo generoso en anécdotas, pero este texto se alargaría en exceso si las refiriera todas. Así, sólo os contaré una referente a su ganadería. Nos dijo que es costumbre en la casa herrar al toro número 100 con los dígitos en orden inverso: 001.

(El toro 100 de esta camada herrado con los dígitos en orden inverso)

También os diré que, cuando toqué el tema de los festejos taurinos populares, me dijo el representante de la ganadería que no era muy partidario de vender sus toros para ese tipo de festejos. Y, cuando nos mostró el espectacular corredero de la finca y le pregunté si el año pasado hizo “entrenar” ahí a los toros reseñados para los sanfermines, me comentó que él criaba el ganado a la usanza clásica y que, aunque en los últimos años se dice algo de eso de las ganaderías que van a Pamplona, él no hizo correr a sus toros en las fechas previas a San Fermín.

Donde ya no estuvo tan locuaz el ganadero fue respondiendo a las preguntas sobre las distintas líneas de sementales que se siguen en la ganadería. Algo que es lógico y, además, comprensible. Esos son secretos de la casa. No obstante, don Luis Guillermo nos enseñó a todos sus reproductores; y, entre ellos, al que según él atesora la “sangre condesa” más pura. También, como curiosidad, nos mostró a la vaca más vieja de la casa, que tiene veinte años.


-“Oye, chaval” –llamé al camarero-. “Ponnos otra de jamoncito”.


En fin: siempre quedará en mi recuerdo que la mañana del día 30 de noviembre del año 2008 visité “Los Bolsicos”, la finca de la ganadería del Conde de la Corte. Una de las más señeras, de las más puras y, sin duda, la madre del mayor número de ganaderías existentes en la actualidad.

(Toro de saca para la próxima temporada en el que el ganadero tiene puestas grandes esperanzas por sus hechuras; especialmente por ser de “manitas cortas” y por su forma de descolgar la cabeza)

Yo os recomiendo, sobre todo a los más jóvenes, que visitéis ganaderías. Sólo en el campo se aprende a amar al toro; después, ese sentimiento se traducirá en respeto y admiración cuando es soltado en una calle o salta a un ruedo


(NOTA: En esta ocasión no procede que haga la habitual relación de méritos y agradecimientos, pues las fotografías que quedan incluidas en esta entrada fueron realizadas por varios miembros del grupo mientras realizábamos la visita. Pueden ser utilizadas para otros espacios de la red, pero se deberá citar su procedencia y añadir un enlace a esta bitácora)