20/10/08

Desde otro prisma

Tiempo atrás pedí a “Media Verónica” que me escribiera un texto sobre encierros. No recuerdo si, al comentárselo, me referí o no a algún encierro en concreto o si la pedí que se ciñera a algún aspecto determinado. El caso es que hace meses me mandó un texto; y que el texto me gustó. Me gustó especialmente su enfoque: nos narra lo que ella vio y sintió una mañana de sanfermines en la hora y media que transcurre desde que salió del piso camino del encierro hasta pocos minutos después de terminar la carrera.

Yendo camino del recorrido, recién despertada, las sensaciones surgen a golpe de flash, son básicas y, según llegan, se procesan y asimilan; sin más. Luego, ya en el recorrido, mientras espera a subir al balcón desde el que ella vería pasar el encierro, los sentidos se la van agudizando y llega a captar hasta matices en el semblante y el ánimo de los corredores. La carrera... tal y como es. Y, por último, una lección de persona inteligente: no se conforma con ver, quiere aprender, necesita comprender todo lo que ve.

Aclaro que el texto no tiene título. El que veis arriba corresponde a toda la entrada. Espero que os guste. ¡Seguro que sí!


“Son las siete menos diez de la mañana y echamos a andar, calle adelante, casi sin hablar. No sé por donde me llevan, veo portales en una acera muy ancha, paradas de autobuses que no pasan. Gente sola y aprisa con la cara gris y las manos en los bolsillos. Hace fresco para ser verano. Se nota que vuelven. Es muy pronto. Paramos a tomar un café para llevar algo en el cuerpo. El sitio es un bar moderno que parece un pub. Se nota que no ha cerrado en toda la noche. Me voy despertando.

Seguimos caminando, se me está haciendo largo. Llegamos a un parque donde parece que han vaciado sus entrañas todos los camiones de la basura del mundo. Hay bolsas de plástico de todos los colores, botellas y envases vacíos repartidos por toda la extensión de césped. Gente dentro de sacos de dormir tirados en medio. Son cadáveres después de una batalla. Los empleados de la limpieza han llegado y se afanan en cargar la mierda en espuertas hasta los contenedores. Huele a alcohol pasado y orines. Cerca resuena la música de una discoteca de la que salen cuerpos (de élite o bucaneros de la juerga).

Llegamos a la zona de los puestos callejeros donde siguen vendiendo camisetas y objetos de todo tipo. Nos ofrecen el periódico comarcal. Grupos de adolescentes todavía con ganas de beber y cantar. No se han acostado aún.

No nos detenemos. Cruzamos hasta delante de la iglesia donde duerme el Santo. Nos acompañan las botellas vacías y el olor ahora es más intenso. Entramos en el casco antiguo de Pamplona. Nos cruzamos con personas que llevan la actividad opuesta, ellos vuelven, nosotros vamos. Son formas distintas de verlo.

Por fin llegamos al recorrido después de atravesar la talanquera donde un guardia se afana en buscar señales en la gente que le hagan separar a los que tienen que estar al otro lado.

Me gusta pisar el empedrado de la calle limpio y brillante de agua. La luz del amanecer se va haciendo protagonista.

El grupo de corredores, ¡ahí está! Conozco a casi todos, nos saludamos. Hay besos, abrazos y manotazos amistosos entre ellos, como si se despidieran antes de emprender un largo viaje.

Entonces comprendo que estoy en un punto mágico y me siento privilegiada. Es como si estuviera en medio del vestuario donde se concentran los jugadores antes de salir al encuentro deportivo.

Estoy allí, entre todos ellos, esperando a que me abran la puerta del portal de la casa de enfrente donde voy a subir. ¡Me van a dejar ver el encierro desde un balcón! No me lo puedo creer.

Pasan los minutos y mis sentidos se agudizan, van llegando más y más corredores, reconozco a mucha gente. Siento que algo está cambiando en el ambiente. Hay tensión. Pasa una pareja de guiris de la manita, con sus pantalones cortos y su cámara de fotos, están fuera de sitio. Yo también me siento así, como si estuviera profanando un ritual de iniciación que no comprendo.

A lo lejos se oyen los cánticos al Santo, quedan pocos minutos para que salten los toros desde el corral. Lo había visto siempre en la tele pero ahora lo siento de cerca, me doy cuenta de lo estrecha que es la calle y lo empinada que está. Llega hasta mis oídos el runrún de la gente que está esperando desde mucho antes para verlo.

Algo pasa de repente: hay un olor especial. Es producto de unas palabras: miedo y emoción, y se va concentrando a nuestro alrededor. Está creciendo. Es como la densa atmósfera antes de la tormenta. No se ve pero se siente.

Ya no son palabras, han explotado y todo el significado que llevan dentro empapa como una lluvia fina las casas, el empedrado, los balcones, los ojos de la gente. Todo. Mis amigos y los que me rodean están calados hasta los huesos. Acaban de transformarse a mis ojos. Ahora los siento como corredores de encierros y soy consciente de sus movimientos nerviosos, sus besos a la medalla que llevan en el cuello, sus miradas perdidas y sus conversaciones aceleradas. Son tensos los gestos que les delatan. Se van dispersando calle arriba para alcanzar el sitio donde van a iniciar la carrera con los toros. Pienso en el riesgo.

Deseo suerte con mucha fuerza y mucha fe, no sólo para que tengan una oportunidad de hacer una buena carrera y pillen toro (hay mucha gente en el recorrido) sino también para que no les pase nada. La verdad me importa más esto último.

Me importa especialmente la suerte de un corredor.

Tengo demasiada presión a mi alrededor, necesito que me abran el portal ya y ponerme a salvo. Pienso en que yo no voy a correr el encierro y tengo mucha angustia con todo lo que he visto y sentido. Así que ¿cómo no deben de estar pasándolo esta gente?.

Por fin subo al piso, saludo y agradezco el ofrecimiento a las personas que amablemente me han abierto la puerta de su casa. Me asomo a uno de los balcones y la vista es impresionante.

Comparto el balcón. Una de las mujeres que me acompañan rompe a llorar, quedamente. No le pregunto por no importunar el silencio de sus lágrimas.

Dos minutos después suena el chupinazo.

En un instante pasa todo. Casi no te da tiempo a ver como ocurre, los toros suben la cuesta como un vendaval. Me pregunto qué clase de personas son los corredores para poder echar a correr de esa manera, casi sin ver. Yo necesito ver la película de un encierro varias veces para darme cuenta de lo que ha pasado y a ser posible a cámara lenta.

Mi admiración crece.

Ha pasado todo, me despido y bajo las escaleras con el corazón acelerado. ¿Le habrá pasado algo malo? me pregunto. Alcanzo la calle y camino aceleradamente. Hablo con los corredores que me voy encontrando por el recorrido, me siento descortés por no quedarme más tiempo de conversación pero estoy muy nerviosa. Hay mucha gente que no me deja pasar y yo quiero ir más aprisa. Los de la Cruz Roja atienden a alguien en el suelo. Sigo calle arriba. Por fin le veo, de lejos, está entero. Intento relajarme, yo no he corrido el encierro y pienso que no tengo derecho a estar tan nerviosa. Le alcanzo y le pregunto. Con su mirada me responde. Le quiero.

Vamos hasta la esquina donde están llegando los demás corredores. Necesitan beber mucha agua. Están muy excitados. Se suceden los relatos de las pequeñas batallas que han experimentado. Alguno es pródigo en su relato y se me hace incomprensible como pueden ver todo eso que cuentan con tanto detalle en tan poco tiempo, casi en décimas de segundo.

Se suceden las felicitaciones y las explicaciones. Observo como traen la ropa. Cada uno con su camiseta especial y única, con la que corren siempre los encierros. Les distingue y les da suerte Alguno se ha rozado los codos, las rodillas otro. También los hay con algún chichón.

Me siento muy honrada cuando me dejan compartir el significado de todo esto.

Y no dejo de aprender y de agudizar mis sentidos porque necesito comprenderlo. Así es como he ido viviendo los encierros taurinos y como se me han ido metiendo en el cuerpo, poco a poco pero intensamente. Y lo llamo mi enfermedad. Claro que alguno está mucho más grave que yo.

Mi infinita gratitud al “Cruzado” por haberme abierto los ojos a este mundo de los toros. No dejo de aprender todo lo que me enseña.

Gracias a todas las personas que he conocido y me han hecho pasar momentos inolvidablemente intensos.

Gracias por la pasión."

"Media Verónica"

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(NOTA: Respecto a la foto incluida en esta entrada, tengo que reconocer que es una de esas fotos que te bajas un día de internet y luego, por más que la buscas, no vuelves a dar con ella; por lo que pido disculpas al propietario de los derechos de autor. Aún así, le ruego que me permita mantenerla)

11 comentarios:

ivan fuenla dijo...

Ufff impresionante, creia que en un relato nunca se podrian describir tantas impresiones con tal exactitud.
Enhorabuena a media veronica y al señor Lagun por dejarnos disfrutar de este escrito, la foto preciosa, ya va quedando menos, un saludo

Anónimo dijo...

Enhorabuena.

Sinceramente se me revuelven demasiadas cosas por dentro como para tratar de escribirlo en estas lineas. Lo estropearía.

Gracias

Anónimo dijo...

Lagun, el del mensaje anterior era Don Juan Nuñez "Sentimientos"

Garrapo dijo...

Media Veronica abelmontillada, en ellas hay mucha verdad.

Anónimo dijo...

Me ha parecido muy interesante ver como vive una persona el encierro desde fuera con tanto sentimiento.
(Roberto)

Uro dijo...

Tu "Cruzado" debe estar orgulloso de ti.

A los que pasamos por esa situacion de estar con los corredores en los momentos previos nos has descrito y escrito, a la perfeccion, esas sensacciones.

Enhorabuena Media Veronica.

Teo dijo...

La verdad es que es una auténtica descripción de lo que dicen que sienten las personas cercanas a uno en esos instantes. Por un momento he creído volver a estar en Santo Domingo antes de las 8 y ... "se ha puesto la lavadora en marcha". ¡¡Buffff!!

Gracias por compartirlo con nosotr@s, Media Verónica, y a usted, Lagun, por publicarlo.


¡¡¡ Ya falta menos ... pa´ SAN FERMÍN !!!

rejas dijo...

Enhorabuena, a Media veronica por el comentario.Algunos de nosotros que no somos corredores, a veces podemos llegar a entender esa situacion indescriptible que ocurre minutos antes de ponerse a correr delante de los toros.

Anónimo dijo...

Quisiera darle la gracias al Sr. Lagún por brindarme "la alternativa" en este blog tan especial.

A todos los que habéis perdido un ratito de vuestro tiempo en leer este escrito, deciros que en cada renglón están vuestros nombres y el de alguien que ya no está con nosotros. Sin vuestra pasión no hubiera sido posible plasmar este trocito de realidad tan intensa y emocionante.

Y por supuesto, mi infinita y sentida gratitud al corredor que me contagió esta enfermedad.

Un beso a todos,

Media Verónica

LAGUN dijo...

¡¡¡ Al final me voy a terminar creyendo lo de "Sr. Lagun" !!!

A mí no me tienes que dar las gracias por nada, "Media Verónica".
Al contrario, soy yo el que está agradecido por tu colaboración. Sólo te pido que no dejes de ir de encierros, que no pares de reir como tú lo haces y que no se agote tu deseo de "querer aprender y necesitar comprenderlo".

También quiero dar las gracias a todos aquellos que han "invertido" parte de su tiempo en leer este texto.

De verdad... ¡¡¡ GRACIAS !!!

Anónimo dijo...

No me queda otra, más que enviar desde aquí mi más sincera enhorabuena a "Media Verónica", a quien no tengo el gusto, pero que por lo que acabo de leer, uuff. Con la mitad de afición, serían intocables nuestros encierros.

Deberíamos ponernos "nosotros", en su lugar muchas veces. Seguro que no podríamos contarlo igual.

Lo dicho, gracias "Media Verónica" por esta revolera.

SUERTE!!
Alberto (Arganda)