23/11/09

El culto al toro en Canaán

Estampa de una Biblia de 1901 publicada por Providence Lithograph Company


El único paso por tierra fértil entre el continente africano y la placa euroasiática es una estrecha franja de terreno delimitada por la costa oriental del mar Mediterráneo y los desiertos de Arabia y de Siria (un territorio que hoy está dividido entre Israel, Jordania, Cisjordania, la Franja de Gaza, Líbano y Siria). Es el corredor que el homo sapiens utilizó para su expansión desde África, y en él se han hallado evidencias humanas del Paleolítico (Monte Carmelo). Posteriormente, la región estuvo en la vanguardia del Neolítico, ya que se calcula que Jericó fue erigida hacia el 8.000 AC, lo que hace de ella la ciudad más antigua del mundo.

Hasta el 2.000 AC fueron llegando a esa zona fértil clanes de pastores nómadas y seminómadas para hacerse sedentarios en ella. Estos clanes pertenecían a pueblos provenientes del interior y, predominantemente, eran de lenguas semitas, por lo que tenían elementos culturales en común que facilitaron su cohesión.

Pero, ¿cuándo se puede hablar de un territorio llamado Canaán?

En unos textos descubiertos en la antigua ciudad de Ebla (Siria), y que están datados hacia el 2.500 AC, hay menciones a Canaán, ya como una unidad geográfica, y se citan en ellos a una serie de poblaciones cananeas situadas en esa región, lo que demuestra que en el tercer milenio antes de Cristo ya existía allí un territorio denominado Canaán. Lo discutible pueden ser la extensión de ese territorio y su relevancia como unidad política.


Y es que, por entonces, las civilizaciones egipcia y mesopotámica ya eran unas realidades históricas, y constreñida entre sus territorios estaba toda aquella estrecha franja de terreno donde se habían ido erigiendo esas poblaciones cananeas. Ello provocó que Mesopotamia y Egipto siempre pretendiesen su control, cuando menos, y que lograsen que no se aunaran para formar otro gran imperio; de forma que las poblaciones allí erigidas nunca pudieron pasar de ser unas ciudades-estados independientes, aunque mantenían una cohesión lingüística, cultural y, en un principio, hasta religiosa.

Canaán nos evoca a La Biblia, porque fue la cuna de grandes religiones monoteístas que han llegado hasta nuestros días. Pero el culto al Toro que surgió en Çatal Hüyük, Anatolia, y echó raíces en Mesopotamia y en Egipto, también se observó en la Tierra de Canaán.


La religión cananea

La religión cananea guarda un gran paralelismo con la mesopotámica. Las dos eran politeístas; las dos tenían como referente el ciclo agrícola y la fertilidad de la tierra; las dos veneraban a una fuerza fecundadora que generaba vida: humana, animal y vegetal; y las dos, tanto la religión mesopotámica como la cananea, simbolizaron a esa fuerza fecundadora con el Toro, asignando atributos taurinos a las representaciones de sus principales dioses.

Y es que no hay que olvidar que: si la población de Mesopotamia se fue haciendo semita con la irrupción de pueblos como los acadios, los amorreos o los caldeos, también la población de Canaán se fue forjando a base de sucesivas oleadas de pueblos de lenguas semitas, como fue la de los amorreos hacia el 2.000 AC. Por ello, además del lenguaje, los pobladores de Canáan y de Mesopotamia compartían un bagaje cultural similar, en el que uno de los elementos era la religión.

Unos textos descubiertos en la antigua ciudad de Ugarit (Ras Shamra, actualmente) constituyen la fuente histórica principal para conocer la religión de Canaán en el segundo milenio antes de Cristo.

El panteón divino de la religión cananea estaba presidido por el dios El, que era un dios creador. Se le adjudicaban títulos como “Padre de los dioses”, “Padre de los hombres”, “Creador de las criaturas”, “Rey”, “Misericordioso” y, de forma muy significativa, “Toro”. Su consorte era la diosa Asera, y de la unión de ambos provenían la mayoría de los dioses cananeos. El era el equivalente al dios mesopotámico Anu.

Como divinidad creadora de vida y padre de todas las criaturas, al dios El se le representaba como una persona de avanzada edad y con el mismo atributo taurino que en Mesopotamia: una tiara de cuernos sobre su cabeza.


Entre el resto de los dioses, hubo uno que logró ser el de mayor culto en Canaán: Baal. Este nombre, que acabó convirtiéndose en propio, en un principio sólo significaba “señor”. De ahí que haya autores que defiendan que este dios se llamase en un principio Hadad, después Baal-Hadad y que los cananeos terminasen por invocarle únicamente como Baal.

Era el dios de la tormenta, el dios de la lluvia, el poder regenerador de los campos tras el tiempo de sequía, la fuerza que fecundaba la tierra para lograr su fertilidad... Los cananeos le comparaban en sus textos con un toro y en sus representaciones le imponían atributos taurinos. Así, por ejemplo, Baal aparece representado con un casco portador de cuernos en una estela del segundo milenio antes de Cristo descubierta en Ugarit y que se conserva en el Museo del Louvre.

Entre las distintas leyendas mitológicas de la religión cananea había una que narraba la lucha entre Baal y Mot, que era el dios de la muerte, del infierno y de la sequía. Un relato que es muy similar a uno de los mitos mesopotámicos: el de la muerte y resurrección del dios-toro Tammuz; y que también tiene semejanza con la historia del dios egipcio Osiris.

El dios Mot, cuando llega la época de la sequía, envía un mensaje a Baal para invitarle a un banquete. Baal acepta la invitación, pero antes de descender al infierno fecunda una becerra para asegurarse una descendencia; ya que, con su marcha, la tierra quedará seca y estéril, y cabe el peligro de que él no pueda retornar para vivificarla. Y, efectivamente, al llegar al infierno de Mot, Baal muere.

Pero Anat (o Astarté, según otras fuentes), que era la diosa del amor y de la fertilidad, y también de la guerra, emprende por todos los rincones del infierno la búsqueda de Baal, su hermano y esposo a la vez. Tras descubrir su cadáver, Anat apresa y mata a Mot, momento en el que resucita Baal, que vuelve a la tierra para fecundarla con su vida recobrada, con la época de las lluvias, y garantizar así la fertilidad de los campos.

La otra gran protagonista del anterior mito cananeo es la diosa Anat, o Astarté, pues ambas manifestaban conceptos que llegaron a mezclarse para formar una sola deidad. Siendo diosas del amor y de la guerra, se podría decir que Anat era más sanguinaria, mientras que en Astarté predominaba la vertiente sexual. A Astarté se la representó en algunas figuras con dos cuernos y uno de sus títulos era “Astarté de los dos cuernos”. Ambas, Anat y Astarté, son las equivalentes a la diosa sumeria Inanna y la acadia Ishtar, de la religión mesopotámica.

Es muy probable que la representación de ese mítico combate esté asociada al festival del Año Nuevo, que es la fiesta más importante de la religión cananea y se celebraba en otoño. En dicho festival, así como en todos los ritos de culto que tenían lugar en Canaán, el acto principal era el sacrificio de animales, entre los que cabe destacar ovejas, carneros y toros.


La Tierra de Canaán hacia el 1.200 AC

En un momento de debilidad del Imperio Egipcio, una oleada de pueblos de origen desconocido -probablemente de la zona del mar Egeo-, irrumpe por el norte en la Tierra de Canaán y llega hasta la frontera egipcia. Tras ser rechazados, retroceden y, todos o parte de esos pueblos, se instalan en la zona sur de la costa de Canaán. La historia ha denominado al conjunto de esos pueblos como “los pueblos del mar” y a los que quedan instalados al sur de Canaán como filisteos.

Coetáneamente, otro pueblo nómada entró en la Tierra de Canaán por el sureste y se expandió por todo el valle del río Jordán: desde el mar Muerto hasta el monte Hermón. Era el pueblo hebreo.

A partir de entonces, en los textos históricos griegos también se empieza a citar a los fenicios, que son quienes ocupan todas las ciudades de la costa en la zona central y norte de Canaán: desde Tiro hasta Ugarit.

Cabe preguntarse: ¿Y los cananeos? Pues pareciera como si hubieran desaparecido de su tierra, de la Tierra de Canaán.


El pueblo hebreo
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............................Autor: Gustavo Doré


Por tradición secular, los hebreos estaban fuertemente influenciados por las religiones semitas de Mesopotamia y Canaán, y tanto antes como después de asentarse en la Tierra Prometida también rindieron culto al Toro. Y no sólo el pueblo, también sus reyes. Fueron momentos de flaqueza en la fe monoteísta, pero resulta hasta lógico pensar que es imposible que una religión se imponga en un pueblo de forma fulminante.

Es sobradamente conocido el pasaje del Antiguo Testamento en el que el pueblo de Israel, dada la tardanza de Moisés en regresar del Monte Sinaí, pidió a Aarón que les hiciera dioses para guiarlos en su camino hacia la Tierra Prometida, a lo que accedió el hermano de Moisés, mandando recolectar los pendientes de oro, fundirlos y construir un becerro de oro al que adoraron al día siguiente (Éxodo, cap. 32).

Aarón proclamó: “¡Mañana será un día de fiesta dedicado a Jehová!”, en el sentido de que los cultos que practicase el pueblo de Israel adorando al becerro de oro fueran en honor de Jehová, pero no dejaba de ser una práctica idólatra representar a un dios con la imagen de un becerro. Una costumbre que a todo el pueblo de Israel le venía heredada de sus ancestros semitas.

No hay que olvidar que las Doce Tribus que componían el pueblo de Israel eran descendientes de los doce hijos de Jacob, que éste era hijo de Isaac, y éste a su vez de Abraham; ni hay que olvidar que Abraham, antes de partir a Egipto, habitó en Canaán y que allí se trasladó viajando desde Ur, en Mesopotamia, donde debió nacer; ni tampoco hay que olvidar que Abraham era descendiente directo del hijo de Noé llamado Sem, que es de quien descienden todos los semitas. Es decir, que todo el pueblo de Israel, según el Antiguo Testamento, desciende de un Gran Patriarca semita que vivió en Canaán y había nacido en Mesopotamia; y que, por lo tanto, su educación y su cultura, así como la que trasladó a sus descendientes, eran las propias de los semitas, que representaban las imágenes de su principal dios con un Toro.

Que ocurrió, entonces, en las faldas del Monte Sinaí: que, en aquella época en la que el “yahvismo” se encontraba aún en una fase incipiente, el pueblo de Israel aún mantenía sus costumbres y sus ritos religiosos heredados, y entre ellos estaba la adoración de su dios representado por la figura de un toro: rindiendo culto a un toro rendían culto a su dios. Y lo que nos describe el Antiguo Testamento en el pasaje del becerro de oro no es, ni más ni menos, que la narración de cómo los hebreos adoraron a un Toro.

Sigue contando el Antiguo Testamento que gran parte del pueblo de Israel fue castigado por ello; pero, aún así, no fue fácil que los hebreos abandonasen sus ritos heredados. El monoteísmo puro y estricto tardó mucho en imponerse en la Tierra de Canaán, y el Antiguo Testamento nos muestra más episodios en los que el pueblo hebreo, ya asentado en aquella Tierra Prometida, se dejó llevar por prácticas religiosas cananeas de adoración al dios Baal a través de imágenes de becerros de oro.

Así, por ejemplo: tras la muerte de Josué, que dirigió al pueblo hebreo en la ocupación de Canaán, los hijos de Israel... “Dejaron a Jehová, y adoraron a Baal y a Astarot (Astarté)... (Jueces, 2).

O las apostasías de Salomón con la diosa Astarté y con el dios Moloch (1Reyes, 11).

O, como último ejemplo: dividido el reino en dos, el de Judá al sur y el de Israel al norte, el Rey del Norte, que se llamaba Jeroboam, erigió en las dos fronteras de su territorio sendos becerros de oro, uno en la ciudad de Betel y otro en Dan, para que el pueblo los adorara (1Reyes, 12).

Estampa de una Biblia de 1904 publicada por Providence Lithograph Company


Son sólo unos pocos ejemplos, pero demostrativos de las raíces del culto a las divinidades taurinas. El culto exclusivo a Yahvéh no se instauró oficialmente hasta el año 825 AC por la acción de los profetas Elías y Eliseo, pero el pueblo hebreo aún seguiría dudando durante más tiempo, y en la Tierra Prometida perduró el culto a Baal, al Toro.


Los fenicios


El origen de los fenicios ha sido históricamente una gran cuestión de estudio y de debate, ya que nunca existió una nación o imperio que se llamase “Fenicia”.

Como dijimos antes, la Tierra de Canaán sufrió una convulsión hacia el 1200 AC. Egipto entró en decadencia y dejó de ejercer en ella el dominio que tenía hasta entonces. Los filisteos se instalaron en la zona sur de la costa oriental del mar Mediterráneo y los hebreos se expandieron por el valle del río Jordán. Al mismo tiempo, las ciudades situadas en la zona central y norte de la costa de Canaán tomaron notoriedad por la actividad comercial, primero, y militar, después, que comenzaron a ejercer en los puertos del Mediterráneo.

Las fuentes griegas comenzaron a llamar fenicios a los habitantes de esas ciudades, pero ellos nunca se presentaron bajo esa denominación. Unos decían ser tirios y, por ejemplo, otros se hacían llamar sidonios. Y era así, realmente, pues procedían de Tiro y de Sidón, dos de las importantes ciudades-estado de la Tierra de Canaán y, por tanto, cananeas. Pero, dado el grado de independencia que tenían cada una de esas ciudades, sus habitantes nunca se denominaron a sí mismos con el gentilicio general de cananeos, sino que cada uno lo hacía con el particular de su propia ciudad. No obstante, debido a esas fuentes griegas, el nombre de fenicios es el que ha pasado a la historia para englobar a los habitantes del conjunto de esas ciudades que dominaron el comercio en el Mediterráneo: Tiro, Sidón, Biblos... y, posteriormente, Cartago, la gran colonia fenicia de la costa norteafricana.

Se podría decir que los mismos habitantes de las ciudades costeras situadas en el centro y en el norte de la Tierra de Canaán “dejan de ser” cananeos a partir del año 1.200 AC y comienzan a ser conocidos como fenicios.


La religión de los fenicios

Aunque las poblaciones fenicias fuesen ciudades-estado independientes, todo el conjunto de sus habitantes, los fenicios en general, compartían una misma lengua, una misma cultura y unos mismos principios religiosos; que, a su vez, eran los mismos de sus antecesores cananeos. Así, el panteón divino estaba presidido en todas las ciudades por una tríada de dioses compuesta por El, Astarté y Baal. Y todos ellos mantenían los mismos significados conceptuales y las mismas simbologías taurinas que en la religión cananea. Ahora bien, la idiosincrasia de cada ciudad se manifestaba a la hora de elegir el nombre de cada uno de ellos o cuál era su dios principal.

El. Fue el dios soberano del panteón divino fenicio, el "Creador", el "Rey", el "Toro". No obstante no era el dios al que se rendía un mayor culto.

Astarté. La principal diosa de Sidón, aunque estaba presente en todas las ciudades fenicias. Era la diosa del amor y de la fertilidad, aunque su concepto dependía también de las ciudades: diosa de la guerra, de la caza o de la navegación también. En Biblos se la denominaba Baalat, que quiere decir “señora”; y en Cartago se la identificó como Tanit, o Tinnit.
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Baal. Divinidad de gran culto para el conjunto del mundo fenicio. El Toro joven y vigoroso que aporta el poder fecundador. Su importancia, no sólo no queda eclipsada, sino que se engrandece por el hecho de que fuera asimilado en Cartago con Baal-Hammon, en Tiro con Melkart y en Biblos con Adon (término que también significa “señor” y por el que llegaría el culto de esta divinidad taurina al mundo helénico como Adonis, y con una simbología que evolucionó desde el un toro joven y vigoroso a un hombre joven y de cuerpo esbelto).


Becerro de oro descubierto en Biblos. Siglos XIX o XVIII AC. Museo del Louvre


Otros dioses fenicios fueron Asera, la esposa del dios supremo y madre de los demás dioses; Dagón, un dios marino, mitad hombre y mitad pez; o Eshmún, un dios sanador adorado en Sidón.


Uno de los rituales característicos de la religión cananea y de la fenicia es el de los sacrificios. Generalmente, los sacrificados solían ser animales de todo tipo de especies, pero de forma muy especial corderos y toros; ahora bien, también se realizaron sacrificios humanos. Recuérdese el pasaje de La Biblia cuando Abraham debe sacrificar a su hijo Isaac por petición del Señor, aunque finalmente es autorizado a emplear un cordero. Es dentro del ámbito de los sacrificios humanos donde aparece la figura de otro dios fenicio que, sin estar acreditada totalmente su existencia y culto, despierta gran interés entre investigadores y aficionados a la mitología: Moloch.
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Moloch. Se cuenta (ya sea real, un mito o una leyenda conspirativa de desprestigio a los fenicios por parte de sus enemigos grecolatinos) que Moloch era un dios fenicio al que se rindió culto y se le agasajaba con un ritual consistente en sacrificios humanos; especialmente de niños recién nacidos o de corta edad, y sobre todo de los hijos primogénitos, aunque a veces cabía la posibilidad de ser sustituidos por otro hijo que no fuese el primogénito o, incluso, por algún animal joven.

El dios Moloch era el símbolo del fuego que vivifica, y se representaba con un gran horno crematorio coronado con la cabeza de un toro y unos brazos grandes y poderosos donde se depositaba a la víctima.


A los fenicios les debe la historia invenciones tan importantes como la del alfabeto. Pero también se les debe a los fenicios que, a través de sus contactos comerciales, de sus colonias y de sus factorías, expandieran una religión en la que la admiración de todo un pueblo por el toro se expresaba otorgando atributos taurinos a los dioses más importantes de su panteón. A lo largo de sus expediciones llegaron a lugares donde esa misma admiración y culto por el Toro ya existía, como es el caso de la Península Ibérica; pero es a ellos, a los fenicios, a quien se debe que el bramido del Toro se escuchase en la antigüedad por todas las riberas del mar Mediterráneo.
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.Lagun
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7 comentarios:

ROBERTO dijo...

Bien,bien otro capitulo de esta "enciclopedia" que es el culto al toro,no se si quedaran muchas entregas pero merece mucho la pena su lectura.Un saludo y enhorabuena.

Miguel dijo...

Lagun me a gustado mucho el articulo. Doble merito por lo que te a costado que lo se. Un simple apunte que ya te dije, deformación profesional. El sacrificio Moloc, es casi con toda seguridad una costumbre ocasional en la que se sacrificara a algún niño de una familia noble, pero no todos. Quizá fuera también un rito dirigido a los recién nacidos sin que tuviera como fin la muerte, que después sería desprestigiado y calumniado por los romanos.

LAGUN dijo...

Para ROBERTO:
De la lectura del último párrafo de este texto se puede deducir que, con este capítulo, nos montamos en una nave fenicia y emprendemos un "crucero" por el Mediterráneo con destino a la Península Ibérica. Ahora bien, todo "crucero" tiene sus escalas.
Gracias por seguir ahí. Un abrazo

Para MIGUEL:
Me alegra de que te haya gustado el artículo. Muchas gracias por tus aportaciones y por tu nueva visita a la bitácora. Un abrazo.

SILVIA dijo...

Buen trabajo como siempre Lagun.
No sabia yo que por esos lares y en epocas tan remotas ya existiese el culto al toro.
Me ha gustado esta entrada, ha sido como leer un pequeño libro.
"Nunca te acostaras sin saber una cosa mas", que dicen.
Mil besitos!!!

LAGUN dijo...

Hola SILVIA.

No sé si has leído los cuatro capítulos que llevo publicados del culto al toro. Si no es así, me gustaría que lo hicieses (aparecen en el índice como "04.- Texto... Toro y Religión").

Ahí verás, por ejemplo, que la teoría sobre el carácter religioso de las pinturas rupestres no es respaldada por todos los tratadistas, por lo que las dejamos al margen; pero lo que nadie discute es que en el poblado neolítico de Çatal Hüyük se rendía culto al Toro asociándolo al de la Diosa Madre, con lo que nos vamos al 7.000 AC, aproximadamente, que es donde ahora se puede señalar sin ningún género de dudas el origen del culto al Toro.

Besos.

sáhe dijo...

Aunque me repita más que el gazpacho, impresionante una vez más. Esta semana también hemos recomendado en las novedades del Sur la entrada referida al culto en Mesopotamia.
Otro gran trabajo. Gracias y saludos.

SILVIA dijo...

Prometo leerlo Lagun. Es increíble lo que me has contado... hace tanto tiempo, de verdad?
Increíble.
Gracias por la recomendación.
Mil besitos!!!