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29/6/10

Los Divinos

........................ Oroz – http://www.latiradeoroz.es/


En el encierro de Pamplona, tradicionalmente, siempre se entendió que la participación era de carácter popular y colectiva, de ahí que la referencia a los corredores se hiciese de una forma genérica y que, para ello, se hablase de “los mozos”. Nunca, salvo desgracias, se hacían referencias a los datos particulares de los corredores y, de esa forma, no había lugar a ningún tipo de protagonismo personal.

En cambio, como a los toros se les atribuía el carácter de exclusivos protagonistas del encierro, era normal que en los periódicos y revistas apareciesen los datos concretos de sus nombres, sus números, sus ganaderías y sus procedencias, así como que las crónicas se centrasen en relatar el comportamiento de las reses en la carrera y que sólo vagamente citasen el de los mozos.

Mozos, sin indicaciones específicas de nombres, edades, naturaleza o profesión de cada corredor. Mozos, siendo irrelevante que esa masa la conformasen participantes habituales en el encierro, que no era lo más común, o participantes ocasionales, ya fuesen madrugadores empedernidos, trasnochadores impenitentes, comerciantes del mercado con su mandarra recogida a la cintura o domingueros con traje y sombrero en su día de asueto. Mozos, al fin y al cabo.

Y siempre fue así, tanto para el espectador en general como para los medios de comunicación. La locución tradicional que se empleaba por todos era la de “mozos y toros”. A modo de anécdota podría decir que tengo una revista de los años sesenta del pasado siglo XX (de la que desconozco su periodicidad, pero de la que guardo un número como oro en paño) que su cabecera es “Mozos y Toros” y que en ella no hay ni una sola alusión específica sobre la identidad de los corredores que aparecen en las numerosas fotografías que se muestran.

Pero en los años setenta surgió en España una nueva corriente periodística, más populista y en gran medida enfocada al logro de alcanzar un puesto alto en el ranking de ventas, que en lo referente a la información sobre el encierro de Pamplona comenzó a personalizar con nombres y apellidos a las figuras de los corredores, buscando satisfacer la innata curiosidad del ser humano, del lector, por conocer a aquellas personas que destacan en las distintas parcelas de la vida; en este caso, en el encierro.

Como abanderado de esa nueva corriente periodística y esa nueva manera de ofrecer información referente al encierro de Pamplona se puede señalar al periódico de tirada nacional “Diario 16”, cuyo primer número apareció en octubre de 1976. Posteriormente, y de forma paulatina, los periódicos de la capital navarra se fueron sumando a esa mueva tendencia y a esos nuevos modos periodísticos en relación al trato de los corredores del encierro en sus crónicas.

La lejanía en el tiempo hace que resulte difícil precisar las fechas, pero se puede decir que fue contemporáneamente cuando empezó a aumentar el número de fotografías del encierro que se publicaban en la prensa diaria, y también por entonces los fotógrafos profesionales descubrieron el filón de comercializar en sus estudios las imágenes del encierro que captaban con sus cámaras. Por otro lado, en el año 1982 comenzaron las retransmisiones televisivas en directo del encierro de Pamplona. Todo ello contribuyó a popularizar, además de sus nombres y apellidos, los rostros de una serie de corredores que destacaban en el encierro por sus carreras, especialmente de los que a diario aparecían corriendo delante de las astas en el tramo de “la Telefónica”, que era el que siempre tuvo una mayor cobertura mediática.

Con estos antecedentes, un año de la década de los ochenta se personó en Pamplona una periodista catalana y estuvo entrevistando a todos esos mozos que habían ido adquiriendo fama de ser excelentes corredores del último tramo del encierro. Y, en ese concepto de excelencia que ofrece el diccionario de nuestra lengua, la periodista calificó a todos esos corredores, en conjunto, como “los divinos”.

La expresión caló en la población y se comenzó a llamar “divinos” a aquel grupo de corredores que cada mañana destacaba por sus carreras en el tramo de “Telefónica” (años después, el grupo se iría disgregando y algunos de ellos pasaron a correr en distintos tramos de Estafeta). Eran, aproximadamente, una docena de mozos, generalmente vinculados con el deporte en su vida diaria, con una muy buena forma física, por tanto, y que abogaban por una concepción atlética del encierro, entre otras ideas.

A partir de entonces, y en un claro afán por aumentar el número de ventas, todos los días de encierro los periodistas buscaban obtener de los divinos sus impresiones sobre la carrera. Y, de forma inevitable, sucedió que a ese encono de la prensa se unió el hecho de que a una parte de los integrantes de dicho grupo parecía entusiasmarles la idea de ser entrevistados o, al menos, no ponían reparos en que lo hicieran. Así, en apenas unos diez o quince años, en los medios de comunicación se había pasado de hablar de “mozos”, en genérico, a tratar como figuras mediáticas a una serie de corredores con nombre y apellido, amén de fotografía expresa con su rostro.

Una de las consecuencias de todo ese proceso fue que, en cada “San Fermín”, y todos los días de encierro, aparecían repetidamente en los medios de comunicación las mismas opiniones de los mismos divinos, y que esas opiniones, a fuerza de ser repetidas año tras año, pasaron a convertirse en “doctrina ex cátedra” para la generalidad de los espectadores de televisión y los lectores de prensa, que nunca habían corrido el encierro y sólo tenían como referencia esas opiniones que continuamente escuchaban o leían.

En cambio, entre el colectivo de los corredores locales del encierro, en un principio, se dividieron las opiniones. Los divinos tenían sus defensores y sus detractores. Ahora bien, a medida que la presencia en televisión de algunos de los integrantes del grupo se fue haciendo repetitiva, esos divinos empezaron a ser considerados como tediosos y, hasta, odiosos para la generalidad de los corredores locales del encierro, pues no necesitaban que ningún “experto” les repitiera constantemente a qué hora se tenían que acostar en fiestas, cuándo se tenían que levantar, cómo tenían que calentar, si es que debían hacerlo, ni el modo en que debían correr delante de un toro. Ellos ya sabían muy bien lo que tenían que hacer; eran sus fiestas y era su encierro.

Además, como consecuencia de incidentes que se producían en carrera, entre los aficionados locales al encierro se fue generalizando la opinión de que el divino, con tal de coger toro y poder aparecer diariamente delante de las astas en las imágenes de televisión y en las fotos, era capaz de empujar y de dar codazos al resto de los corredores de su mismo tramo. Esa opinión se fue afianzando cuando se extendió el rumor de que, mediando precio, algunos corrían con camisetas que llevaban publicidad, por lo que forzosamente necesitaban aparecer corriendo ante las astas de los toros, aunque para ello tuvieran que practicar esos malos modos de los que ya les venían acusando.

Consecuentemente, el significado del término "divino" fue mutando y, de ser elogioso, pasó a convertirse en despectivo para la generalidad de los pamploneses y de los corredores locales del encierro, que consideraban que los divinos sólo tenían afán de protagonismo y, en algunos casos, de lucro.

En la actualidad, ya están retirados la mayoría de los corredores que conformaban aquel grupo, pero varios de ellos aún siguen corriendo el encierro a diario. Y, como ocurrió desde un principio, entre los que siguen en activo hay alguno que trata de huir de todo tipo de polémica y popularidad; pero hay otros que, en cambio, con su forma de actuar siguen alimentando la polémica.

El sentimiento que tiene la generalidad de la sociedad pamplonesa sobre estos mediáticos corredores resultó evidente en el año 2006, cuando se opuso frontalmente a que en el Monumento al Encierro, que por entonces estaba ultimando el escultor Rafael Huerta, apareciese la figura de un corredor con el rostro de uno de los divinos, concretamente el divino más famoso y, a la vez, el más aborrecido.

Un sentimiento que se ha ido labrando históricamente por las razones antes mencionadas y que en los últimos años había seguido fomentando con actuaciones como abrir una página web en la que, además de colgar sus fotos, publicitó la oferta de dar cursos para enseñar a correr el encierro; amén de dejar en la página frases para la historia como la de que el corredor es el verdadero protagonista del encierro. ¡Increible! Todo un ejercicio de antropocentrismo que choca frontalmente con la auténtica filosofía del encierro.
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Por ello, no debe extrañar (aunque yo no lo compartí) todo lo que ocurrió en la solanera de la plaza de toros de Pamplona la tarde del día 12 de julio del 2004, el día que dicho corredor resultó cogido por un “jandilla” que le propinó cinco cornadas.

Con todo, lo más preocupante no es que esa generación de buenísimos corredores que conformaron los divinos promoviese unas ideas y unas formas que, desde mi exclusivo punto de vista, son discutibles; sino que, a fuerza de ser repetidas y ensalzadas por los medios, esas ideas y esas formas calaron en una generación de niños de toda España que cada mañana de los sanfermines se sentaba frente al televisor para ver el encierro de Pamplona y que, inevitablemente, crecieron mamándolas, de forma que ahora son el “credo” de una gran parte de la actual generación de corredores de nuestros encierros.
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Lagun
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NOTA: El dibujo publicado es obra de César Oroz (http://www.latiradeoroz.es/), a quien tengo que agradecer públicamente que, sin conocerme de nada, me lo haya remitido desinteresadamente para que lo publique en esta bitácora. El dibujo es de 1992 y apareció publicado en el “Diario de Navarra”. Formaba parte de una serie de tipos sanfermineros titulada “Quién es quién en San Fermín”. Y, lógicamente, no podía faltar “el divino”.
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11/5/09

Tipos de encierros

Foto: “Jandillas al amanecer”, de José María Risquete. Segundo Premio del III Concurso de Fotografía de los encierros de San Sebastián de los Reyes 2003.
Fuente: “Asociación Cultural El Encierro



Sólo era cuestión de tiempo que publicara una entrada con una clasificación básica de los distintos tipos de festejos taurinos populares y, dentro de ellos, de los encierros que se celebran a lo largo y ancho de nuestra geografía. La singladura de esta bitácora ha querido que sea hoy, y para mí resulta un placer poder presentaros a un amigo que, desde hace unos seis años, ya tiene publicado en la red un sensacional artículo que versa sobre esa materia.

Damián Revuelta Viota, de Ampuero (Cantabria), es un gran aficionado al mundo del toro, en general; pero le atrae especialmente la vertiente taurina de índole popular. Su afición por los festejos taurinos populares le ha llevado a muchos rincones de nuestro país e, incluso, más allá de nuestras fronteras; pero donde se le manifiesta esa afición con más intensidad es en Ampuero, su pueblo. Por ello, sin duda, Damián Revuelta es miembro de la Asociación Cultural “La Encerrona” de Ampuero; en la que, además, ocupa el puesto de Secretario. Y, por si fuera poco, también dedica parte de su tiempo libre a mantener la web de dicha asociación: “laencerrona.net”.

Una página que, por cierto, recomiendo que sea visitada por todos aquellos corredores que no hayan participado aún en el encierro de Ampuero, con su peculiar carrera de ida y vuelta. Seguro que contemplando sus galerías de fotos no dudaréis en haceros un hueco en torno al día 8 de septiembre para visitar esa bonita ciudad cántabra, disfrutar de sus animadísimas fiestas y, por supuesto, correr en uno de los mejores encierros de nuestro país.

Y es, precisamente, en la sección “Artículos y Colaboraciones” de dicha web donde aparece publicado el artículo que hoy os presento.

Con el título TAUROMAQUIA POPULAR Y ENCIERROS DE TOROS. TIPOLOGÍA, Damián Revuelta Viota nos ofrece una documentada visión sobre el origen de la Tauromaquia Popular, enumera las distintas clases de festejos taurinos populares y, tras centrase en los encierros de toros, nos proporciona una clasificación de los encierros basada en algunas de sus posibles variantes.

Debo advertir que, respetando la práctica totalidad del texto original, se ha variado levemente la configuración del artículo para insertar en el texto las notas bibliográficas y de pie de página, de forma que os podamos ofrecer una lectura continuada de todo el contenido, apuntes incluidos.

Y así, sin más particulares previos que indicaros, os dejo ya con el artículo de Damián Revuelta Viota.


Tauromaquia Popular y Encierros de Toros – Tipología

Foto: “Grada improvisada”, de Rubén Albarrán (“Rudy”), tomada en Valfermoso de Tajuña. Primer Premio del III Concurso de Fotografía Taurina de ToroAlcarria.
Fuente: “FotosRudy



Toda la amplia gama de rituales taurinos a través de los cuales se ha expresado y se expresa la ancestral costumbre que el hombre peninsular tiene de jugar con el toro (de correr toros) desafiando la fuerza de éste y asumiendo un riesgo a cuerpo limpio, constituye indudablemente toda una Tauromaquia de carácter eminentemente popular, que nada tiene que ver en su origen con las funciones de toros medievales en las que los miembros de la nobleza, a modo de ejercicio caballeresco o de entrenamiento militar, corrían toros a caballo, y que posteriormente fueron evolucionando a medida que el hombre del pueblo fue ganando protagonismo en detrimento de la nobleza, dando lugar al nacimiento de la tauromaquia moderna cuya máxima expresión son las corridas de toros regladas o institucionalizadas.

Según explica Francisco J. Flores Arroyuelo en su libro Correr los toros en España - Del monte a la plaza, esa Tauromaquia Popular tiene su origen “en la caza que de este animal (el toro) se hacia en los montes aledaños a los pueblos y, como tal, nos lo supo mostrar en imagen el pintor Francisco de Goya en las láminas núms. 1, 2 y 3 de su Tauromaquia en la que vemos a hombres del pueblo y moros armados de lanzas y palos puntiagudos derribar a un toro asestándole golpes en sus flancos, o bien, si lo que se quería era cogerlos vivos, reduciéndolos con perros alanos que los aprehendían tras hacer presa en sus orejas con mordiscos, tendiéndoles trampas con redes, atrapándolos por los cuernos con lazos, para, a continuación, poder conducirlos hasta los lugares en que debían ser muertos para la alimentación o acondicionados, tras ser castrados, para el trabajo y, también, para que participasen en algún ritual festivo, lo que dio motivo a desplantes y requiebros, y hasta que se llegase a tocarlos con la mano por los lugareños que presenciaban su paso en medio de riesgos y sustos propiciados por los derrotes y testarazos dados por el animal...”


Tipos de festejos populares

Son múltiples y variadas las formas de exteriorización de esa costumbre popular de correr toros, las cuales nos vienen dadas en la mayoría de los casos de forma consuetudinaria, por los usos y costumbres locales, de tal forma que cada festejo y cada pueblo tiene sus propias raíces y sus propias peculiaridades que, en definitiva, constituyen sus señas de identidad que lo diferencian de otros y le otorgan su propia personalidad.

Así, por ejemplo, si bien la modalidad del “toro ensogado” tiene su origen, como hemos visto, en la ancestral caza de dicho animal con diversos fines, posteriormente esta práctica se cristianizó adquiriendo un carácter netamente religioso, como el Toro de San Marcos, que hoy en día todavía se celebra en algunas localidades como la de Beas de Segura, en la provincia de Jaén. En otras ocasiones mantuvo su origen pagano, como el rito del toro nupcial, costumbre muy extendida en Extremadura con motivo de esponsales; o incluso es posible que otras veces se entremezclaran elementos o motivos religiosos con otros relacionados con viejas creencias míticas sobre el toro, como puede ser el ritual de las caridades medievales. Otros festejos taurinos populares tienen su origen en las celebraciones de carnaval, como el Carnaval del Toro en Ciudad Rodrigo, con sus encierros, desencierros y capeas; o en privilegios reales otorgados por hechos de armas en los que una villa o pueblo había intervenido de forma destacada, como parece ser el origen del Toro de San Juan en Coria; o en rivalidades caballerescas o locales entre pueblos cercanos, que al parecer dieron lugar a los espantes que se celebran en muchos pueblos de Castilla y León, sobre todo los de la provincia de Zamora, como los de Fuentesaúco, Fuentelapeña o Guarrete.

Constituiría arduo trabajo, casi imposible, citar todas las variedades existentes y, más aún, intentar analizar cada una de ellas. Ahora bien, existen notas comunes que nos permiten establecer diferentes tipologías o clases de festejos populares de las que, a título meramente ilustrativo y no exhaustivo, citaremos las siguientes: encierros de toros, desencierros, sueltas de toros, sueltas de vaquillas, capeas, espantes, toro ensogado, toro del aguardiente, toro del alba, toro embolado o toro de fuego, recortadores, roscaderos, etc. Y también podemos citar fuera de nuestras fronteras la lidia de forcados portugueses o las corridas vasco-landesa y camarguesa en Francia.


Los encierros de toros

Pero, sin duda alguna, de todas esas formas de correr toros, el acto más importante, el más emblemático, el más popular, es el Encierro de Toros, que ha llegado a nuestros días evolucionando y pasando por diferentes etapas históricas, salvando siempre todas las vicisitudes que fueron surgiendo en contra de las fiestas de toros, dado el gran arraigo popular de esta antiquísima costumbre de correr toros por las calles de pueblos y ciudades, o “del monte a la plaza”, característica que, como nota común a todas ellas, ya destacan las primeras referencias o crónicas que sobre tales acontecimientos empiezan a aparecer a partir del bajo medioevo.


Según explica el profesor Flores Arroyuelo en su libro antes citado, “los toros corridos por las calles de los pueblos en los llamados encierros (...) tuvieron su origen, como el toro ensogado, en la traída de los toros de los montes y dehesas a los pueblos, aunque aquí, la presencia del toro libre nos está diciendo en buena parte que estamos ante un ritual de fiesta propia de una urbe y que viene a recordar cuando llegaban a ella los toros que habían sido conducidos por los vaqueros y pastores a través de campos y numerosas jornadas (...) Esta era la forma común de conducir las toradas, lo que obligaba a que en muchos pueblos existiesen corrales acondicionados en sus afueras para servir de guarda y amparo hasta que proseguían camino o, por último, eran conducidos a los mataderos, o a los toriles de la plaza para ser corridos en los días de fiesta en que quedaban enchiquerados en espera del momento de salir al coso”.

Foto del encierro de Portillo: “TradicionesTaurinas


Para el tratadista Sánchez de Neira el encierro es “el acto de traer los toros desde el campo a las plazas para encerrarlos en los corrales y no en los chiqueros”. En su origen acudía mucha gente a presenciarlos, especialmente a caballo, que venia formando un séquito hasta las mismas puertas de los corrales. Cerca de éstos, o en el camino, aprovechando la ventaja de una pequeña altura, se colocaban muchos aficionados deseosos de presenciar el rápido paso del ganado, al que siempre guiaba un mayoral muy práctico y a caballo, sin temor a ser atropellado, por la eficaz labor de los cabestros, lo que daba ocasión para que muchos jóvenes y no tan jóvenes “se acercaran a los toros con ánimo de tocarlos y hasta burlarlos”, o se sintiesen empujados por una fuerza atávica misteriosa “a correr junto a los toros en el último tramo del largo camino que los llevaba de la dehesa a la plaza”; tal y como nos vuelve a recrear Francisco J. Flores Arroyuelo.

Con la aparición de los medios de transporte modernos el encierro fue perdiendo ese carácter funcional o práctico para dejar paso a un festejo taurino popular convertido en todo un acontecimiento nacional que, hoy en día, tiene lugar en cientos de pueblos y ciudades a lo largo y ancho de esta vieja piel de toro que llamamos España.


Tipos de Encierros

Sin perjuicio de las muchas y varias peculiaridades locales existentes, tal y como hemos dicho antes al hablar de los diferentes tipos de festejos taurinos populares, los Encierros de Toros también se pueden clasificar, a su vez, de diversas formas en función de diferentes y múltiples variables, de las que nosotros aquí sólo vamos a considerar algunas de ellas:

A) En función del espacio en que se desarrolla, el encierro puede ser urbano, campero o mixto.

Los encierros de tipo urbano son los que se desarrollan únicamente por las calles de pueblos y ciudades. El encierro urbano más conocido en todo el mundo es el de Pamplona, que sirve un poco como de modelo a este tipo de encierros. Otros encierros de estas características muy conocidos son, por ejemplo, los de San Sebastián de los Reyes y Arganda del Rey, en la provincia de Madrid; los de Tafalla, (Navarra), Calasparra (Murcia), Rincón de Soto (La Rioja) o Ampuero (Cantabria), este ultimo con la rara peculiaridad de que es un encierro de ida y vuelta, que también se da en algún otro lugar, como Matapozuelos (Valladolid) o Benavente (Zamora).

Los de tipo campero, como su propia palabra indica, se desarrollan en campo abierto, aunque muchos de estos encierros finalizan en un tramo urbano; y en ellos, como regla general, tiene una importancia destacada el hombre a caballo. Por dichas características, son los que más se aproximan en su concepción a los orígenes del encierro, cuyo objeto último es encerrar la manada dentro del casco urbano. Encierros famosos que transcurren por el campo son, por ejemplo, los de Fuentesaúco (Zamora) o los de Ledesma (Salamanca). Una de las varias excepciones a la regla general sería el encierro de El Pilón, en Falces (Navarra), que podemos considerar campero, ya que la manada de vacas bravas desciende por una senda desde los corrales situados en pleno monte hasta el casco urbano del pueblo, pero en él sólo intervienen corredores a pie y no hombres a caballo.

Foto del encierro de Cuéllar: “TradicionesTaurinas


En aquellos casos en que el tramo urbano tiene tanta relevancia o más que el campero y en los que el jinete cede todo el protagonismo al hombre a pie podemos considerar dichos encierros como mixtos. Claro ejemplo de este tipo de encierros son los de Cuellar (Segovia), que pasan por ser los más antiguos de los que se tiene constancia documental en cuanto a su celebración. También se pueden citar los de Ciudad Rodrigo y Fuenteguinaldo, en la provincia de Salamanca, Medina del Campo y Olmedo, en la de Valladolid, Castrillo de Guareña (Zamora), Brihuega (Guadalajara), etc.

B) Según el número de toros que se sueltan, pueden ser encierros de un único toro, sólo o acompañado de cabestros (a veces también varios toros soltados individualmente uno tras otro), o encierros de una manada acompañada de punta de mansos o cabestros.

Teófilo Sanz Martínez, periodista taurino y directivo de la “Asociación Cultural El Encierro” de San Sebastián de los Reyes (Madrid), al hablar de “otros tipos de encierros” en su trabajo Manual del Corredor de Encierros, hace algunas consideraciones de orden técnico a tener en cuenta en relación al número de reses en los encierros que transcribimos a continuación:

“Encierros con toro a toro: éste es un encierro donde el corredor domina más la carrera, pues las precauciones son menos a tener en cuenta. Por lo general es un encierro lento, pues el toro al ir sólo se distrae continuamente y se para cuando tiene terreno blando, lo que aprovecha el corredor para tratar de frenarle y recortarle, métodos que jamás deberían producirse. Este tipo de encierro llega a ser pesado, pues si el toro se queda bastante tiempo en el recorrido el aburrimiento puede predominar entre los aficionados que no practican las carreras o el recorte y no digamos de los que están en la Plaza, amén de lo peligroso que resulta luego el toro para lidiarlo por un torero. El encierro con 2 ó 3 toros: estos encierros suelen partirse, pues nunca se podrá conseguir una manada compacta, ya que al saltar los toros de los cajones nunca coinciden en la salida y por lo tanto siempre habrá un toro por delante y otro por detrás. En el encierro completo con 4 ó 6 toros con los bueyes y en el mismo corral, con los pastores azuzándoles en la salida y apretándolos continuamente, las carreras suelen ser de tirón, pero intensas y emocionantes, y, sin la menor duda, mucho más peligrosas.”

C) Según el recorrido (itinerario) a seguir por el toro o manada, pueden ser lo que podríamos llamar encierros lineales, que se desarrollan por unas calles previamente establecidas en sentido lineal, sin alternativa posible a las mismas, hasta desembocar en la plaza de toros; y/o encierros libres o de circuito, que son aquellos en los que se acota el espacio urbano para la suelta, formando el mismo varias calles en torno a un eje constituido normalmente por una plaza principal, pudiendo el toro o manada desenvolverse libremente por todas las calles de dicho contorno.

Normalmente, en el primero de los casos, el encierro viene protagonizado por una manada, siendo la distancia más habitual del itinerario de entre 800 y 1000 metros; y en el segundo por un único toro, o varios, a los que se da suelta de forma individual. Forma ésta típica de la zona levantina, en lo que podríamos considerar como una tipología propia de la misma conocida como bous al carrer, de gran arraigo en esa región española.

Foto: Toro de la ganadería de Partido de Resina en la Pascua Taurina de Onda 2006. Autora: María José Navarro. Fuente: “FestesValencianes


D) Según el tiempo de duración del encierro, este puede ser de corta duración, o de larga (o ilimitada) duración. Son de corta duración aquellos en que la misma viene determinada por el tiempo en que tarda la manada (normalmente suele tratarse de una manada en estos encierros) en encerrarse en los corrales de la plaza de toros. Y llamamos de duración larga o ilimitada, a aquellos que no tienen una duración preestablecida de antemano, o si la tienen, esta es muy larga.

E) Según el tipo de ganado que se utilice, puede tratarse de encierros de lidia o de capea. Esta clasificación en función del tipo de ganado a utilizar, es fundamental en cuanto afecta a la esencia del encierro, ya que el utilizar ganado de lidia conlleva que éste está virgen en lo que a encierros se refiere, su comportamiento resulta más impredecible y, por lo tanto, resulta más difícil evaluar de antemano cual será el nivel de riesgo a que se enfrentará el corredor. Utilizar ganado de lidia, en lugar del de capea, más previsible, es para nosotros factor clave de autenticidad del encierro.

Foto: “Zubieta y Retegui”. Una de las imágenes más difundidas de todo el fondo documental de esta estirpe de fotógrafos que (hay que dejar constancia por el gesto) ha sido donado recientemente al Ayto. de Pamplona por la familia del fallecido Javier Retegui Zubieta.


Sobre la base de esta somera clasificación, podemos decir que hoy en día, un ENCIERRO DE TOROS moderno (dada la influencia mediática universal que en tal concepto ejercen los encierros de San Fermín en Pamplona) es un encierro urbano protagonizado por una manada compuesta de toros de lidia y cabestros, que discurre por un recorrido lineal de calles ni muy anchas ni muy estrechas, con una longitud de entre 800 y 1000 metros, y por tanto de corta duración.

En aquellos casos en los que el encierro urbano así definido, viene precedido en su desarrollo de una previa conducción de las reses a través del campo desde las afueras del pueblo o ciudad (encierro mixto) estaríamos sin duda alguna ante un encierro en estado puro.


........................................................................ Damián Revuelta Viota


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NOTAS: El ARTÍCULO con el texto original está publicado en la web “laencerrona.net
Respecto a las FOTOGRAFÍAS publicadas en esta entrada debo decir que la “Asociación Cultural El Encierro”, “FotosRudy”, “TradicionesTaurinas” y “FestesValencianes” han tenido la gentileza de aportar sus fotos sin insertar sus respectivos logos, detalle que les agradezco públicamente y que me lleva a la obligación de recordar y advertir que su publicación en otros espacios precisará de la previa autorización de los respectivos propietarios de los derechos de autor.

28/11/08

Pastores y Dobladores


El protagonista de un encierro es el TORO, pues su presencia es la única esencial en el desarrollo de dicho acto. No obstante, junto al toro se han ido incorporando a lo largo de la historia varios conjuntos de participantes dentro del recorrido urbano del encierro: un conjunto de participantes ajeno a la organización del encierro, que es el de los corredores; y otros dos conjuntos de participantes que han ido disponiendo los propios organizadores del encierro: los pastores y los dobladores.

Pastores

La figura del pastor es la primera que, históricamente, aparece participando en el encierro.

Antes de la invención del ferrocarril y del automóvil eran los pastores los que, a pie y con la ayuda de cabestros, realizaban la conducción de las reses desde el campo hasta la localidad donde iban a ser lidiadas y, ya a las puertas, los que arreaban a la manada para que fuera lo más rápido y limpio posible el trayecto de los toros por las calles de la población hasta culminar en el corral en el que finalmente debían ser encerrados.

Así, hasta que no aparecieron los corredores en la carrera, el pastor fue el único participante en el recorrido del encierro.

Su labor de trasladar las reses desde el campo o la dehesa cayó en desuso con la expansión del ferrocarril y la generalización del transporte por carretera, pero su figura en el encierro no terminó de desaparecer.

Aunque en la mayoría de los pueblos eran los propios mozos los que en circunstancias normales se encargaban de azuzar a las reses, cuando algún toro rehuía del camino hacia los corrales, no era extraño ver aparecer a algún empleado del ganadero en el recorrido para dirigir la situación. Es más, hubo localidades que por su cuenta dispusieron de personas específicas para actuar como pastor en el encierro; tal y como ocurrió en Pamplona, por ejemplo.

(Germiniano Moncayola, pastor del encierro de Pamplona / Feriadeltoro.net)

Germiniano Moncayola, natural de Arguedas, es el pastor más famoso de cuantos han ejercido esa labor en el encierro de Pamplona. Vestido con camisa y chaleco, con una blusa en una mano y la vara en la otra, realizó la labor de pastor en Pamplona durante los años 30, 40 y 50. Su fama es debida a la maestría con la que él sólo conducía los toros rezagados en unos años en los que apenas había mozos dispuestos a tirar de los astados sueltos.

La mayor cantidad de corredores que participan en la actualidad en los encierros y las disposiciones de los distintos reglamentos de las comunidades autónomas han relanzado la figura del pastor (independientemente del nombre que legalmente pueda recibir en cada normativa).

Su labor fundamental consiste en conducir las reses hacia el recinto donde serán encerradas, arreándolas para que no detengan su carrera o, en el caso de que se distraigan o se paren, tratando de que no se vuelvan hacia atrás y de situarlas en el sentido adecuado del recorrido para que la carrera se pueda reanudar correctamente. Esa labor del pastor implica, lógicamente, que también debe tratar de impedir que algún irresponsable distraiga a las reses o las cite en el sentido contrario de la marcha.

Dobladores

La figura del doblador (que yo sepa) apareció por primera vez en el encierro de Pamplona hacia 1930.

El día 8 de julio de 1927 era corneado mortalmente Santiago Martínez Zufía junto a uno de los burladeros de la plaza de toros de Pamplona. Debido a ese hecho, y como ya se venía percibiendo desde años antes que el ruedo se empezaba a poblar de gente justo al final del encierro, los organizadores trataron de aportar mayor seguridad en la plaza incorporando a banderilleros para que, capote en mano, trataran de controlar a los toros y los condujeran lo más rápidamente posible hacia los corrales.

Finalmente, en 1930 se encomendó ese cometido a Pedro Chaverri, “Chico de Olite”, quien lo estuvo desempeñando durante decenios, convirtiéndose por ello en una emblemática figura sanferminera; hasta el punto que en 1969 se le hizo entrega del Pañuelo de Honor de Pamplona.

(El “Chico de Olite” de banderillero / Foto Gómez / Feriadeltoro.net)

A esa nueva figura en el encierro se la denominó “doblador”, puesto que debía cumplir una función muy parecida a la que por entonces ejercía en las corridas de toros un profesional que recibía esa misma denominación.

Hasta el primer tercio del s. XX se lidiaban en las corridas unos toros con un comportamiento muy distinto al de hoy: muy agresivos con el caballo, pero que solían terminar desarrollando sentido y se aquerenciaban con frecuencia en tablas. Por ello, y para auxiliar al torero y a su cuadrilla en la lidia del toro que les correspondía en suerte, la empresa de la plaza disponía en el ruedo a unos profesionales que, sin participar en la lidia, en caso de peligro o necesidad intervenían con el capote a una mano para cambiar la embestida de los toros.

Posiblemente sólo las empresas de las plazas de mayor categoría disponían de dichos dobladores; como ocurría en Bilbao en 1922, que ejercían esa labor Gregorio Lladó, “Lladito”, y Gregorio Yanguas, “Zapata” (podéis contrastar la información leyendo la publicación que os enlazo aquí). Y no es de extrañar que en plazas menores fueran los peones de otras cuadrillas los que se fueran turnando para realizar esa función, tal y como nos ha llegado hasta nuestros días en el tercio de banderillas.

No soy un investigador, pero sí un internauta al que le gusta naufragar por internet. Así es como llegué hasta la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional, que tiene ejemplares de la revista taurina “La Reclam”, de Valencia, donde se puede leer en la publicación del día 3 de septiembre de 1922 la siguiente frase:

“...Cuando los banderilleros y dobladores andaban negros sin poder con la bestia, Rosario Olmos intervino tan bravo, tan eficaz, llegando de tal modo al hocico del buey y castigándole y haciéndose con él y sacándole al centro...”

En la misma revista, pero del día 29 de abril de 1923:

“...Pero ahora lo grande será que las empresas no respetarán ya lo de los dobladores ni nada, y como los banderilleros pretenderán cargarles el mochuelo a los matadores, se avecina otro lío, pues éstos no creo que pasen por ello...”

Y en la del día 30 de noviembre de 1929:

“...En mi juventud, cuando un matador estaba convaleciente de alguna enfermedad o cogida se ponía un burladero para que no tuviera la necesidad de saltar la valla; hoy..., cuatro burladeros en casi todas las plazas de importancia y los dobladores a recortar la res en sus primeros viajes de empuje, y... a guarecerse en el burladero...”

O, como último ejemplo de citas a la figura del doblador en la lidia de las corridas de toros, se puede leer en el “El Imparcial” del día 9 de marzo de 1926 lo que sigue:

“...Al final, en el sexto, se cambiaron los papeles y oyó los tres recados de la presidencia, sin intentar hacer nada para apoderarse del bronco animalucho. Sirva de atenuación para el diestro, nunca de justificante, el que se quedó solo en el ruedo, sin peones, sin dobladores y sin nadie que acudiera al quite...”

Siento no poder poner los enlaces, pero creo que tanta puntualización de datos me da el margen de credibilidad suficiente respecto a la veracidad de esas citas, que prueban la existencia de dobladores en las corridas de toros con anterioridad al nombramiento de “Chico de Olite” como doblador del encierro, y que aquellos ejercían la misma función que este otro, aunque el ámbito fuera distinto; y de ahí que se le aplicase la misma denominación.

Así también lo corrobora la definición que de “doblador” da el Diccionario Espasa de Términos Taurinos: “Se dice del profesional que no interviene en la lidia. Su labor, encuadrada hoy en día en los encierros, dentro de la plaza de toros se limita a cambiar la embestida de los toros utilizando el capote a una mano, bien para evitar una cogida o para hacerles entrar en los toriles.

Creo que no es necesario insistir en explicar su labor en el encierro. Sólo quedaría añadir que, al igual que los pastores, los dobladores son dignos de admiración. Asumen un riesgo evidente para velar por la seguridad de los corredores que llegan hasta el ruedo y, además, deben realizar su función de tirar de los toros procurando por todos los medios no dar un solo capotazo a los astados, pues eso les descartaría para la posterior corrida.

(NOTA: La primera fotografía de esta entrada apareció en el 2003 en la web “fiestasdesanfermín.com”, mientras que las dos siguientes aparecen en “feriadeltoro.net”, estando firmada la última por el fotógrafo Gómez. Con esta bitácora no tengo fines lucrativos, por lo que ruego a los propietarios de los derechos de autor que me permitan mantener dichas reproducciones)

27/10/08

Los corredores de encierros

En un encierro hay un protagonista principal, que es el TORO, y junto a él varios conjuntos de participantes. El más importante de todos ellos es el de los corredores.

....................................(Foto: Hireen)
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Antiguamente, y hasta un límite temporal que podríamos fijar en la década de los años sesenta del pasado s. XX, en las fiestas de cualquier pueblo participaba la práctica totalidad de la población local, además de pequeños grupos de la comarca, fundiéndose todos en un conjunto muy homogéneo. Así, en el encierro era muy generalizada la participación de los hombres; de tal forma que, aunque hubiese un reducido número de mozos que actuase con más arrojo, la mayor parte de la población masculina se situaba en el interior del recorrido, junto a puertas, ventanas o al pie de los carros, e intervenía en el festejo con mayor o menor atrevimiento. El resultado de esa concepción de la participación en los encierros era que quedaba muy difuminada la línea divisoria entre corredores y espectadores.

El progreso industrial y el mayor nivel de renta de la sociedad facilitó a partir de los años setenta la posibilidad de desplazamiento entre las poblaciones. Ese logro, junto a la expansión demográfica que se vivió entonces, originó que la participación en las fiestas de los pueblos se fuera haciendo cada vez más numerosa y heterogénea.

Hablando de encierros, fue aumentando paulatinamente la presencia en el recorrido de mozos, tanto por el mayor número de los locales como por la asistencia de otros foráneos, incluso de pueblos lejanos. Por otro lado, poco a poco, y especialmente en la década de los noventa, la organización de los festejos populares se fue reglamentando y, entre otras materias, se fueron estableciendo mayores medidas de seguridad, como el cerramiento de puertas y ventanas, vallados especiales e, incluso, el doble vallado. Con todo ello, además de conseguir una mayor seguridad para la población respecto de los animales, se están produciendo otros efectos: que los espectadores queden más nítidamente separados del recorrido y que los mozos con menor pericia o atrevimiento tengan más reparos para permanecer en el interior de la manga.

El resultado de todo ello ha sido una rápida evolución durante el último cuarto del siglo XX en lo que respecta al concepto de participación en el encierro, que ahora se caracteriza porque es más masificada y porque se diferencian más claramente las figuras de quienes asisten con el ánimo de observar el festejo y quienes acuden con la intención de correr en el encierro.


Retrato del corredor de encierros

En primer lugar, y que nadie me interprete mal, hay que decir que la inmensa mayoría de los corredores son varones. Aunque afortunadamente se eliminaron las prohibiciones al respecto, aún son contadas las mujeres que participan activamente en los festejos taurinos populares; todas honrosas, algunas de calidad, pero excepciones a una realidad muy marcada.

Respecto a la edad de los mozos que, a mayor o menor distancia, corren en encierros (y con la dificultad que entraña este tipo de cálculo), estimo que un 15 % cuenta con menos de 20 años; más de la mitad, un 55 %, viene a tener entre 20 y 30 años; y un 20 % se sitúa en la estrecha franja que va de los 30 a los 35 años. El resto, un 10 %, se movería en la banda de 35 a 45 años, aunque siempre se dejan ver corredores aislados que superan esa edad. Así, la edad media del corredor sería del entorno de los 27 años.

No obstante, hay muchos corredores que a partir de los 30 años, aproximadamente, según van adquiriendo mayores responsabilidades en la vida, van reduciendo su asistencia a encierros y, más aún, su participación; no es que se retiren radicalmente, simplemente van seleccionando aquellos encierros en los que sienten una motivación especial para participar, como suele ocurrir con las grandes citas del calendario, en las que es evidente que la media de edad de los corredores es más alta de lo habitual. Algo que también viene motivado por el hecho de que el corredor menor de 20 años no se suele desplazar más allá de su comarca.

La gran mayoría de los corredores, dada la media de edad y la creciente afición a las actividades deportivas, encaran los encierros con una buena preparación física. A este respecto, y bajo mi modesto criterio de observador (pues soy lego en medicina), la antropometría que presenta el corredor medio se correspondería con la de un atleta de carreras populares de medias o largas distancias. Hay que reseñar, además, que son excepcionales los casos de “supuestos corredores” con cuadros de intoxicación etílica.

Por último, indicar que la inmensa mayoría son de nacionalidad española. Los corredores extranjeros que participan en encierros son pocos, por cultura y por distancia, pero generalmente son buenos, y algunos excepcionales. Respecto a su procedencia, en Pamplona parecen destacar los anglosajones y en determinados encierros se adivina la presencia de portugueses, pero últimamente hay varias cuadrillas de franceses que acuden a todas nuestras grandes citas y que son fantásticos corredores.


Y... ¿por qué corren en los encierros?

Nunca podremos saber la razón que movió al primer hombre que se puso a correr voluntariamente delante de un toro; después...

Tradicionalmente, la mayoría de los corredores cruzaban por primera vez el vallado para “participar de forma activa” en un encierro a una edad aproximada a los catorce años, y la razón más generalizada para que se produjera ese impulso solía ser la imitación de conductas: querer parecerse a los mayores que corrían delante de los toros.

El hecho de que correr encierros sea una costumbre generalizada en la mayor parte de la Península Ibérica facilita que en los niños se produzca ese fenómeno de imitación sin presión alguna; y, con ello, una continuada cantera de corredores. Pero, hablando sobre todo de localidades en las que participar en un determinado festejo taurino popular pareciera más un rito que una simple costumbre, también se dan casos en los que se puede llegar a crear en la mentalidad de algunos chavales la necesidad de tener que dar el paso adelante y participar, aunque sólo sea una vez, para cumplir con una especie de requisito en su autorrealización personal o bien para sacudirse una cierta presión social construida en torno a ese rito.

Y hablando sobre la edad de inicio, que venía siendo sobre los catorce años, en los reglamentos ahora vigentes en las comunidades autónomas se establece la prohibición de participar en todo tipo de festejos taurinos populares a los menores de dieciséis años, edad que en ocasiones se eleva hasta los dieciocho. Ello ha provocado, al menos, cuatro consecuencias:
...................................(Foto: Joseba Carnicer)

1) Que, en todo caso, ahora los chicos empiezan a participar en encierros con una edad más alta y, mientras tanto, sólo pueden jugar a ser corredor y soñar con llegar a serlo.

2) Que hay chavales que, antes de cumplir los dieciséis o los dieciocho, adquieren otras aficiones (unas sanas y otras que lo son menos) y que llegado el momento ya no se sienten atraídos por la costumbre de correr encierros; ni tan siquiera una primera vez.

3) Que, por el contrario, también hay chavales que desde niños desearon fervientemente ser corredores y, al verse impedidos a intentarlo hasta los dieciséis años, llegan con mayor deseo a su primer encierro y con una afición más cuajada que los de generaciones anteriores.

4) Que el legislador crea una situación de riesgo con esa limitación de edad acompañada de la prohibición de encierros infantiles con becerras, pues los adolescentes con dieciséis años o los hombres con dieciocho, como ya no son unos críos, se pueden creer en condiciones de hacerlo en cualquier encierro y recorrido sin haber pasado por la necesaria fase de aprendizaje previo y acortamiento de distancias.


Una vez superado esa especie de rito iniciático, siempre hay chavales que deciden no continuar. Otros, en cambio, siguen adelante. Y cada uno tiene su propia motivación para hacerlo, aunque es lógico pensar que en esta etapa adquiere gran importancia el afán de superación personal: el querer correr mejor y a menor distancia de los toros.

Hay que decir también que en los últimos años se puede ver a muchos jóvenes que, desligados de todo apego por las tradiciones, contemplan los festejos taurinos populares como una simple forma de participar en una actividad de riesgo, lo que resulta altamente pernicioso para el futuro de la concepción de los encierros, ya que se los desvincula de la ancestral costumbre que motiva a cada festejo y, además, se altera totalmente la escala de valores, dando primacía al corredor sobre el toro.


Y, finalmente, después de que un joven alcanza la madurez como corredor, ¿qué razones pueden motivar a aquellos pocos que, tras contraer matrimonio, tener hijos y adquirir responsabilidades laborales o profesionales, deciden no retirarse y, por contra, siguen calzándose las zapatillas y corriendo encierros hasta edades avanzadas?

¿Afición, pasión, fidelidad al rito, promesas íntimas, homenajes...?

Cada corredor de encierros es un mundo y lleva tras de sí su propia historia.
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Lagun
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NOTAS:

1) La primera fotografía que aparece en esta entrada lleva la firma de “Hireen”, quien tiene una galería abierta en “
flickr.com”; la segunda es obra de “Joseba Carnicer”, un aficionado al mundo del toro y de la fotografía que, tras varias incursiones por la BlogEsfera, nos muestra sus trabajos en una web propia: “everyoneweb.es/toriviciao”. A ambos les ruego que permitan mantener sus respectivas fotografías, pues con esta bitácora no tengo fines lucrativos. Y a todos los que entráis en este blog os aconsejo que visitéis sus galerías.

2) Por otro lado, como es habitual con cada texto, hoy os he colgado una nueva encuesta. Creo que sería interesante que la comentarais entre vuestros amigos para que obtuviésemos el mayor número de votos posibles y, así, tratar de que el resultado sea lo más cercano posible a la realidad.

21/7/08

El toro de lidia: origen

En un encierro sólo hay un protagonista principal: el TORO.
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(Foto: Costillares)
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Y es así porque, aunque parezca imposible concebirlo sin corredores, un encierro no los precisa; es más, son una dificultad añadida para el buen fin del acto de conducir unas reses hasta encerrarlas en un corral, que es el significado de la palabra encierro. Cierto es que sin corredores faltaría el elemento “peligro” que tantos espectadores atrae, pero el paso de una manada de toros en solitario, sin corredores, debe inspirar belleza y emoción por sí solo.
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Sobre el origen del toro de lidia existen muchas teorías científicas y analizarlas todas desbordaría la pretensión de este texto. Por ello, sólo trataré de plasmar una serie de ideas que aporten un conocimiento básico sobre el tema.
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Del uro al toro
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Según la mayoría de los tratadistas, el toro de lidia (junto con la mayoría del ganado vacuno actual) proviene del uro. Un animal primitivo y salvaje con una antigüedad superior a los 500.000 años.
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En lo que difieren dichos tratadistas es en si hubo un único tipo de uro (como asegura la teoría monofilética), o si hubo varios (como defiende la teoría polifilética); y en este caso si los tipos de uros fueron dos, tres o más.
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A la vista de la imagen del uro que aparece en el grabado anónimo que he insertado más arriba, encontrado a principios del siglo XIX por un zoólogo inglés en la tienda de un anticuario de Augsburgo, diríamos que es evidente el parecido con un toro de lidia. Pero hay que aclarar que la alzada media del uro macho era de 1,80 m., la longitud de 3,00 metros y el peso de unos 1.000 kilos. Es decir: el uro tenía el doble de corpulencia de la que tiene el toro de lidia medio actual. La capa solía ser negra y uniforme, pero con una franja blanquecina a lo largo del lomo (listón) y con pelo también blanquecino y rizado en la frente (carifosco); además, su cuerna era muy desarrollada y curvada hacia arriba. Habitaba en zonas de temperatura templada, con abundante agua y vegetación arbustiva, pero también ocupaba áreas de monte poco densas; y se agrupaba en manadas conformadas por machos, hembras y sus crías; aunque los machos viejos tendían a abandonarlas.
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El uro halló su hábitat ideal en todo el área mediterránea, puesto que una serie de glaciaciones, con sus avances y retrocesos, cubrieron de hielo el norte y el centro del continente euroasiático hasta hace unos 35.000 años, aproximadamente, lo que le llevó a descender hasta la latitud en la que estaba su límite de habitabilidad: los 30º N, que es precisamente donde están las riberas sureñas del Mediterráneo. Luego, una vez que acabó la última glaciación, la especie se expandiría por toda la placa continental.
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Siendo esa la descripción del uro, ¿cómo se puede entender que en la evolución al toro de lidia actual se pudiera producir una disminución de tamaño tan grande entre el antecesor y su descendiente?
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.....................(Dibujo: Pablo Moreno Alcolado)
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Hay teorías que aseguran que un proceso natural de reducción de tamaño afectó a algunos uros salvajes. Parte de la cabaña de uros no emigró al sur en las glaciaciones y permaneció en centroeuropa. Estos uros evolucionaron para soportar tan rigurosas condiciones en los 70.000 años que de media duraron las dos últimas glaciaciones, lo que se concreta, principalmente, en una reducción corporal. Estos uros aún salvajes, pero ya degenerados en el tamaño, habrían entrado a la Península Ibérica posteriormente por el norte en sus migraciones naturales.
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Por otro lado, hace unos 8.000 años ocurrió un hecho que fue determinante: el comienzo de la domesticación del uro salvaje. Con ese proceso inducido, el hombre provocó en el uro una variación de su genotipo que derivó en la aparición de toda una serie de razas diferenciadas y nuevas: la mayoría de las razas del ganado vacuno actual y, entre ellas, el toro de lidia. Cada una de esas razas tendría sus propias características, pero en la mayoría de los casos se dio la particularidad de la reducción del tamaño, ya que el hombre buscó con ello un mejor manejo de la especie.
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A este respecto, habría que aclarar que, mientras la práctica totalidad de las razas de ganado vacuno habrían sufrido una domesticación completa y total, el toro de lidia sólo habría sido sometido a una domesticación incompleta, pues no se le eliminó el elemento genético de la bravura.
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El hombre del Paleolítico era un cazador que cobraba animales ocasionalmente; en cambio, el del Neolítico se hizo ganadero: ideó formulas para conducir manadas de uros salvajes a grandes cercados para asegurarse su necesidades alimenticias.
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Fue hacia el 4.000 a.C. cuando en las culturas mediterráneas se eligió al toro como emblema de fuerza y fertilidad, por lo que fue elevado a figura sacra, objeto de culto y ritos religiosos con múltiples caracterizaciones; y, además, por su especial agresividad, se le comenzó a incluir en celebraciones festivas.
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Por ello, siempre hubo ejemplares a los que no se les cerró el proceso de domesticación; permanecían cercados en amplias heredades, pero respetándoles su agresividad y su bravura para emplearlos en juegos taurinos; y está contrastado que, por el mero hecho de vivir en un espacio acotado, aunque no se pierda agresividad, sí se produce con el devenir de las generaciones unos cambios hormonales y unas modificaciones en la estructura ósea que provocan, entre otras consecuencias, una disminución corporal de la especie. De ahí esta teoría para dar una explicación de la reducción de tamaño en la evolución del uro al toro.
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Estos animales, bravos, pero más o menos degenerados, habrían entrado a la Península Ibérica por el norte y muy especialmente por el sur, acompañando al hombre en sus viajes migratorios, colonizadores y comerciales.
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Finalmente, además de esas dos teorías, existe otra que defiende que el toro de lidia proviene de una rama de uros autóctonos de la Península, especialmente de la zona central, a la que se denominaría Tronco Ibérico del ganado vacuno, y que habrían subsistido hasta la Edad Media en la franja de terreno yermo que separó a moros y cristianos.
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Como es lógico, hay que admitir cruces, ya sean naturales o provocados, entre los uros salvajes que nunca abandonaron la Península Ibérica, los uros salvajes pero ya degenerados que volvieron de centroeuropa, así como los domesticados que entraron por el norte junto con poblaciones celtas y los que las culturas mediterráneas introdujeron por el sur de la Península.
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Ya sea por una u otra vía, y posiblemente por el cúmulo de todas ellas, aquel colosal uro primitivo y salvaje pasó por un proceso evolutivo del que surgió el actual toro de lidia, que el hombre mantuvo en sus fincas sin domesticar por completo y, por otro lado, sin realizar sobre él específicos controles de selección respecto a su agresividad o bravura.
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No será hasta el s. XVIII de nuestra era cuando surgirán las primeras ganaderías dedicadas específicamente a la cría y selección de toros por su bravura. Ganaderías que tuvieron su asiento, curiosamente, en Navarra (norte), en el valle del Guadalquivir (sur) y en ambas mesetas del centro de la Península; y, además, esas ganaderías se formaron con toros que mostraban unas claras diferencias morfológicas entre sí, lo que lleva a pensar que, en efecto, pudo ser toda una conjunción de factores lo que influyó en el proceso evolutivo entre el uro y el toro.
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La extinción del uro
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El hombre fue aumentando su presión sobre los uros salvajes que permanecían aún libres, pues siguió cazándolos por su carne y, además, fue ocupando progresivamente su hábitat natural para destinarlo a la agricultura y a la ganadería. Antes de la época romana ya se había extinguido el uro en las zonas más urbanizadas del Mediterráneo, en Mesopotamia y en la India. En la baja Edad Media sólo abundaba en el centro de Europa y en el s. XVI sólo se tiene constancia de la presencia de uros en dos bosques de Polonia. El último ejemplar de uro salvaje del que se tiene registro fue una hembra, que murió en 1627 en el bosque polaco de Jaktorow, donde se ha levantado un monumento.
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Lagun
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(NOTA: El autor del dibujo publicado es Pablo Moreno Alcolado y queda autorizada su reproducción con la condición de citar su autoría. Por otro lado, el autor de la primera fotografía publicada es "Costillares" y ha sido tomada del blog "toro, torero y afición"; las dos fotografías restantes han sido tomadas de la enciclopedia libre "wikipedia" y no consta su autoría. Con esta bitácora no tengo fines lucrativos y ruego se me permita mantener todas las reproducciones; no obstante, serán eliminadas si así me lo solicitan quienes posean los derechos de autor.)

2/6/08

El encierro: origen


Según la mayoría de los tratadistas especializados, el toro de lidia proviene del uro primitivo, una especie ya extinguida de toro salvaje cuya corpulencia venía a ser, por termino medio, el doble de la de su actual descendiente.

El uro, debido a las durísimas condiciones climatológicas que se tuvieron que soportar en el continente euroasiático durante las últimas glaciaciones, halló en el área mediterránea un hábitat ideal; habiéndose encontrado en la Península Ibérica restos paleontológicos de más de 500.000 años de antigüedad.

El hombre domesticó los primeros ejemplares de uro hace unos 9.000 años y dicen los tratadistas que de su completa domesticación surgieron la mayoría de las razas de ganado vacuno actual; y entre ellas, pero con una técnica que podríamos catalogar de domesticación incompleta, el toro de lidia.
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Fue por entonces, hacia el 7.000 a.C, cuando las culturas mediterráneas elevaron al toro a figura sacra, le rindieron culto y pasó a protagonizar ritos religiosos y celebraciones festivas. En la Península Ibérica, por ejemplo, hay muestras de culto al toro en la provincia portuguesa de Tras Os Montes y en las españolas de Almería y Soria.

Es decir, el toro está ligado desde la más remota antigüedad a las raíces más profundas de la cultura hispánica. Es nuestro animal más emblemático y su figura fecunda todas las artes: desde las primitivas pinturas rupestres, pasando por los toscos verracos ibéricos, hasta las tendencias más modernas de nuestra cultura en pintura, escultura y literatura; y, además, es protagonista en todo tipo de fiestas y conmemoraciones.

Siendo indiscutible todo eso, debemos preguntarnos, no obstante, por el origen de los festejos taurinos y, más concretamente, del encierro.

Además de teorías que apuntan que el origen de los festejos taurinos procede de la forma de combatir los toros a caballo que se practicaba en la cultura árabe, o de las que afirman que derivan de los espectáculos circenses con fieras de la Roma Imperial, la tesis más razonable asegura que se trata de un fenómeno de raíces autóctonas.

Su origen se remontaría a la caza del toro a campo abierto, lanceándolo a caballo hasta la muerte, de donde derivaron distintas suertes del toreo a caballo, o reduciéndolo con perros, trampas o redes para conducirlo enmaromado hasta la población donde sería sacrificado para servir de alimento, domesticado o empleado en distintos tipos de rituales religiosos, festivos o nupciales. Y es ahí, aprovechando el paso del toro por los pueblos, cuando el hombre a pie comenzó a practicar toda una serie de acciones más o menos arriesgadas, de las que derivaron primitivas suertes del toreo a cuerpo limpio.

De esos rituales indicados surgieron festejos como el Toro de San Marcos (como rito religioso), el Toro Júbilo (como rito festivo), o el Toro Nupcial (como rito de fertilidad previo a las bodas). Estos festejos taurinos populares, más relacionados con el pueblo llano que con la nobleza, tuvieron un gran predicamento en la parte final de la Edad Media y en la Edad Moderna, y se celebraban en muchos pueblos de la Península Ibérica, con unas denominaciones y unas singularidades distintas en cada lugar. A estos toros, tanto encordados como sueltos, se acercaban los hombres a cuerpo limpio, o con sus capas, para “capearlos”, suerte que daría nombre a las capeas, que eran esos festejos que se celebraban sin una razón tan específica y que serían el germen de lo que, siglos después, llegarían a ser las corridas de toros tal y como hoy las conocemos.

No obstante estos festejos taurinos de índole más popular, el que logró mayor esplendor entre los s. XIII y XVIII fue la corrida caballeresca, que era protagonizada por nobles a caballo. Comenzó como una especie de deporte o entrenamiento en períodos de entreguerras, que consistía en acosar y lancear toros en el campo y que, posteriormente, dado el auge que alcanzó, pasó a ser un espectáculo que se celebraba en recintos públicos de pueblos y ciudades, generalmente en las plazas mayores, para conmemorar sucesos de gran relevancia social, como eran los compromisos matrimoniales, las bodas de reyes y nobles (lo que no dejaba de tener cierto significado de ritual nupcial) y el nacimiento de herederos, o para honrar a monarcas extranjeros de visita en nuestra Corte.

Para poder celebrarse estos festejos, como un preliminar necesario, los toros debían conducirse desde el campo a los extramuros de la ciudad y, desde allí, hasta los corrales del recinto donde serían lidiados después. Este último tramo de la conducción transcurría inevitablemente por las calles de la localidad y se solía hacer de madrugada y con la torada a la carrera para minimizar el peligro que conllevaba para los vecinos.

No obstante, en esos últimos metros solían apostarse lugareños con la intención de ver los toros y los más osados se lanzaban a la carrera con la manada. Fue así como nació lo que se llamó entrada o encierro. Un acto que carecía de identidad propia, pues iba unido intrínsecamente al festejo taurino que se iba a celebrar; algo, simplemente, necesario.

Además de los rituales taurinos, las capeas y los encierros, en genérico, había otras modalidades de festejos taurinos para el pueblo: el Espante, que lograría identidad propia en algunas localidades, pero cuyo origen se debe al intento de los lugareños de casi todos los pueblos de espantar a los toros antes de su definitivo encierro para que ese acto durase más tiempo o por rivalidades; el Toro del Aguardiente, cuya denominación no precisa de explicación y que era aquél que, en los instantes previos a la entrada de los toros de la corrida, se soltaba en la plaza para que lo corriese allí la gente y tratar, así, de que no acudiese al recorrido del encierro; y, como un último ejemplo, el Toro de Prueba, que era el que, con anterioridad al festejo caballeresco y en el mismo recinto, se corría por los vecinos con la finalidad de prever la bravura del resto de la torada que se iba a lidiar.

Así, los festejos taurinos populares se convirtieron en costumbre generalizada, arraigada y rica en variantes; y no sólo en poblaciones importantes, sino también e incluso con mayor vigor en pueblos y aldeas. Hasta el punto que se convirtió en toda una fiesta, y voy a usar las palabras que ya Felipe II empleó en una Memoria remitida al Vaticano en el siglo XVI: “la más grande y principal de cuantas manifestaciones se hacen en estos reinos, de suerte que suprimirlas viene a ser suprimir casi en su totalidad el goce y la alegría de la población”.

Pese a varias bulas papales contra los festejos taurinos, como la de Pío V (“De salutis gregis dominici”), y pese a las prohibiciones de varios reyes, muchas de las variantes de esos festejos continuaron celebrándose por toda España, prácticamente.

Hacia 1725 la nobleza se alejó del mundo de los toros y decayó la corrida caballeresca, pero la gente del pueblo la reemplazó en el protagonismo, lidiando las reses con un primitivo toreo a pie, el propio de las capeas. Los que resultaron ser los mejores lidiadores entre esos pioneros alcanzaron muy pronto gran renombre popular y, deseando verlos, por todo nuestro territorio aumentó el número de corridas de toros, con lo que también aumentó el número de entradas o encierros durante el siglo XVIII.

Entre la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX, con la invención y expansión del ferrocarril, que posibilitaba que los toros fueran trasladados en cambretas directamente a los corrales de la plaza, los encierros sufrieron una convulsión: dejaron de ser algo necesario para el posterior festejo y, de hecho, dejaron de celebrarse en muchas localidades, especialmente en las ciudades, pero allí donde pervivieron lo hicieron con más vigor aún. Al no ser ya necesario, se podría decir que el encierro se independiza del posterior festejo taurino, comienza a anunciarse como un acto distinto y, definitivamente, adquiere personalidad propia.
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Lagun


NOTA: Para algunas de las ideas y conceptos de este texto he utilizado como fuente el libro de Francisco J. Flores Arroyuelo “Correr los toros en España”. Por otro lado, la fotografía está tomada de “xerezproducciones.com”. Con esta bitácora no tengo fines lucrativos y ruego se me permita mantener dicha fotografía; no obstante, será eliminada si el propietario de los derechos de autor así me lo solicita.