23/11/08

El origen del culto al toro

(Fotografía de Jason Quinlan para la documentación del proyecto de investigación en Çatal Hüyük)

El culto al toro se remonta, cuando menos, al Neolítico, hacia el 7.000 AC.

Ampliaremos este dato, pero primero deberíamos preguntarnos si el toro pudo tener carácter sacro con anterioridad.

Para fijar dónde y cuándo comenzaron los seres humanos a venerar al toro en la prehistoria nos encontramos con el problema de la falta de pruebas concluyentes que lo certifique con rotundidad. Y es que esa limitación con las pruebas es algo que viene relacionado con la propia definición de prehistoria: “período de tiempo que transcurrió desde la aparición del primer ser humano hasta la invención de la escritura”. Es decir, que para encontrar una respuesta a nuestra pregunta sólo podemos contar con el análisis y la interpretación de objetos con una antigüedad superior a cualquier documento escrito.

Empezaremos por delimitar los límites cronológicos de la prehistoria: ni la aparición del ser humano ni la invención de la escritura tuvieron lugar al mismo tiempo en todas las zonas del planeta, pero se podría decir que la prehistoria comienza hace unos 2.500.000 años, que es cuando se estima que apareció en África el primer ser humano, y termina hacia el 4.000 AC, pues durante ese milenio se inventó la escritura en Mesopotamia. Y ahora vamos a analizar los distintos períodos de tiempo en que se divide:

Paleolítico (desde hace 2.500.000 años al 10.000 AC, en términos generales)

En este período surgen las distintas especies de homos. De los habilis, erectus, ergaster, antecessor, heidelbergensis, neanderthalensis..., de todos nuestros antepasados, sólo contamos al día de hoy con sus propios restos, y algunos pocos objetos –como piedras, maderas, astas, etc.- que usaron para cubrir su necesidad de supervivencia. Respecto a sus posibles creencias religiosas, sabemos que los más evolucionados ya practicaban ciertos ritos funerarios. Y poco más.

El “homo sapiens” –el ser humano actual- surgió en África hace unos 150.000 años y llego a Europa hace unos 40.000 años. Sólo con él obtenemos los primeros hallazgos que nos permiten realizar análisis e interpretaciones sobre un posible culto al toro, ya que fue la única especie capaz de desarrollar una práctica para expresar sus ideas de forma que quedaran “impresas”: el arte.

Una de esas modalidades artísticas fue el arte parietal, también conocido como rupestre, que son las pinturas y grabados realizados en las paredes de cuevas y abrigos rocosos. La mayor concentración de ese tipo de arte se da en Europa Occidental y destaca en dos cuevas: Lascaux (Francia) y Altamira (España), con una antigüedad aproximada de unos 15.000 años. De esta manifestación artística destacan sobre todo los dibujos realistas de grandes herbívoros, siendo uno de ellos el toro primitivo (el uro), que aparece especialmente en la “Sala de los Toros” de la cueva de Lascaux.

(Sala de los Toros, Lascaux - Francia. Fotografía de Sisse Brimberg para National Geographic)

La relación fundamental del hombre del Paleolítico con el uro fue a través de la caza y es imaginable que aquel soberbio animal les produciría temor y, a la vez, admiración. Pero... ¿Esas pinturas rupestres de toros indican algo más? ¿Prueban algún tipo de culto o rito al toro?

Las primeras teorías interpretativas defendieron que el arte rupestre sólo tenía una función estética. Más tarde surgieron otras tesis que, efectivamente, atribuía a ese tipo de arte un carácter mágico o religioso. Por contra, la teoría más generalizada actualmente es que las pinturas rupestres no deben analizarse globalmente, sino de modo individual y que en cada caso, dependiendo de la cueva o del artista, podrían obedecer a causas distintas: estéticas, expresivas, religiosas, etc.

Así, como no se cuenta con pruebas sólidas para defender que alguna pintura o grabado con toros del arte rupestre tenga una interpretación religiosa o ritual, no podemos asegurar que en este período se venerase al toro.

El Mesolítico fue una etapa de transición entre el Paleolítico y el Neolítico, que iría desde el 10.000 AC hasta el 8.000-5.000 AC, según las regiones. Un período en el que las mejores condiciones climáticas por el final de la última glaciación favorecieron que el hombre evolucionase y pasase de una vida basada en la caza y la recolección hacia otra que se basó en la producción de alimentos con la agricultura y la ganadería. Un período de evolución que también se dejó notar en la religión.

Neolítico (del 8.000 AC al 4.000 AC, aproximadamente)

Se piensa que en los períodos anteriores el hombre mitificó a las fuerzas de la naturaleza; especialmente al Sol, con el que todos los días parecía resurgir la vida. Y, como la fecundación debía resultarle un misterio, también se cree que cualquier creencia sobre la fecundación la debió centrar en la Mujer, que era la que aportaba vidas al clan. Pues bien, en el Neolítico continuaron los ritos al Sol, pero fue la Mujer la que cobró un mayor protagonismo religioso; y ligado a ella surge una nueva figura sagrada: el Toro.

La religión en el Neolítico se identificó con el ciclo agrario y se estableció un vínculo entre la fertilidad de la tierra y la fecundidad de la mujer, pues de ambas surgía la vida. Cosechas e hijos eran considerados dones sobrenaturales producto de un poder mágico, y fue en la Mujer donde se centralizó la veneración a ese poder. Así surgió el culto a la “Diosa Madre”.

Entre los asentamientos de este período nos interesa especialmente el de Çatal Hüyük (también transcrito como Çatal Höyük), situado en Anatolia, en la actual Turquía, que fue una de las primeras ciudades del Neolítico (del 7.500 AC). Dicen los investigadores que posiblemente fue en Çatal Hüyük donde la Mujer pasó de estar considerada como un ser mágico a ser elevada a la categoría de diosa. Y es que en los santuarios excavados allí se ve que tiene un papel central en figuras, pinturas murales y relieves.

Pero, mientras en otros asentamientos la figura de la Diosa Madre está sola, en Çatal Hüyük no es así: junto a ella, pero en una dimensión jerárquica inferior, aparece por primera vez en la prehistoria una divinidad masculina, un dios símbolo de fertilidad que es representado por un toro, por una cabeza o unos cuernos de toro. Estaríamos por tanto, según coinciden todos los investigadores, ante la primera prueba concluyente de un culto al Toro.

(Reconstrucción de una casa-santuario de la ciudad de Çatal Hüyük expuesta en el Museo de las Civilizaciones de Anatolia, en Ankara – Turquía. )

Aunque en otros asentamientos más antiguos (del 9.000 AC), como Göbekli Tepe, Jadet al-Magara y Mureybet (el primero en Turquía y los otros dos en Siria), hay hallazgos recientes que indicarían un posible culto al Toro con una antigüedad mayor, ninguno de ellos parece ser tan determinante. Así, es en Çatal Hüyük (en Anatolia - Turquía), hacia el 7.000 AC, donde al día de hoy habría que fijar la primera sacralización del Toro.

Un culto que se extendió por todo el área oriental del Mediterráneo, prosiguió hacia occidente y se asentó en otras culturas que trataremos en posteriores textos. Pero no concluiré éste sin hablar de otra región donde, también en la prehistoria, surgió de forma autóctona el culto al Toro: el Norte de África.

Hace unos 12.000 mil años el Sahara era tan árido como ahora, pero poco tiempo después comenzó un amplio período de lluvias monzónicas en toda la región y el desierto se llegó a convertir en una sabana. Este hecho posibilitó su habitabilidad. Pero las lluvias cesaron hace unos 6.000 años, volvieron las condiciones desérticas y el hombre tuvo que emigrar hacia las costas y el valle del Nilo.

No obstante, quienes habitaron aquella región durante esos miles de años nos dejaron una crónica de su historia, ya que entre el Nilo y el Atlántico se cuentan por miles las rocas y cuevas que conservan arte rupestre: Fezzan (Libia), Tibesti (Chad) y Tassili n’Ajjer (Argelia) son sólo una muestra de algunos de los lugares más significativos.

Entre los distintos motivos en que se inspiraron los creadores del arte rupestre sahariano está el toro; y en algunas de sus representaciones se advierte un claro componente mágico o religioso. Podemos dividirlas en tres categorías:

Toros en solitario con una esfera a modo de disco solar entre los cuernos; como aparece, por ejemplo, en Maia Dib y Wadi Djerat (Fezzan - Libia). Toros representados en escenas con alusiones sexuales de humanos, asociando al toro con la idea de fecundidad; como se puede apreciar, por ejemplo, en Tiut (Atlas sahariano). Y toros con figuras humanas que tienen los brazos alzados en actitud orante; como se ve, por ejemplo, en Ido I (Tassili n’Ajjer - Argelia) y muy especialmente en Wadi Sora (Gilf kebir - Libia).

(Pintura rupestre en Wadi Sora, Gilf Kebir – Libia)

Los investigadores no nos dan una datación individualizada de las muestras indicadas, pero afirman, sin duda, que se corresponden con el Neolítico sahariano. Y hay que resaltar además que todas estas figuraciones de toros con connotaciones religiosas aparecen en áreas geográficas muy distantes entre sí, lo que indica que el culto al Toro estaba muy extendido por todo el Norte de África y que no obedecería a una influencia del área oriental del Mediterráneo, sino que tendría una base autóctona o panafricana.

Lagun


(NOTAS:
1.- Además de recomendaros que visitéis los diversos enlaces que he insertado, os indico que en el de Lascaux, durante el tiempo de carga de la página, aparece primero una recreación de la visión de la Sala de los Toros bajo el efecto de una linterna, pero la página se abre después con todos sus contenidos.
2.- Respecto a las fotografías insertadas, la primera es de Jason Quinlan y está tomada de la web “catalhoyuk”. La segunda es una obra de Sisse Brimberg para “nationalgeographic”. La tercera no tiene firma, pero está publicada en el blog “ancient-anatolia”. La cuarta y última, aunque tampoco aparece firmada, se encuentra editada en la web “fjexpeditions”. A los propietarios de los derechos de autor de todas estas fotografías les ruego que me permitan mantenerlas, pues con esta bitácora no tengo fines lucrativos y sólo las he insertado por su valor científico.)

17/11/08

In Memoriam

............................(Foto: Carlos Briones)

Ahora que -para quien os escribe- ha terminado la temporada del año dos mil ocho, quiero dedicar esta entrada a recordar y homenajear a todos los corredores de encierros que nos han dejado para siempre.

Un día, por un motivo u otro, estos compañeros debieron embarcar con rumbo a “un mar desconocido”. Les deseo que, allá donde estén, permanezcan en paz.

(NOTA: Quiero agradecer a Carlos Briones que me haya dado autorización para ilustrar este homenaje con su magnífica fotografía)

14/11/08

Encuesta (4)

¿Qué edad tenías cuando participaste por primera vez en un encierro?
.
65 ...................... Total de votos
.
07 ... 10,77 % ... 12 años o menos
11 ... 16,92 % ... 13 años
14 ... 21,54 % ... 14 años
08 ... 12,31 % ... 15 años
13 ... 20,00 % ... 16 años
07 ... 10,77 % ... 17 años
05 ... 07,69 % ... 18 años o más

Tomando sin distinción de épocas los datos globales ofrecidos por los corredores votantes, se aprecia que la mayoría de ellos, un 53.85 %, comenzó a participar en encierros a una edad comprendida entre los 14 y los 16 años. En concreto, hemos obtenido una media de 14 años y 9 meses.

Los 14 años (con un 21.54 %) y los 16 años (con un 20.00 %) han resultado ser las edades concretas en la que más corredores se iniciaron, la edad de 15 años aparece como un momento valle de iniciación y tanto por debajo de los 14 como por encima de los 16 se aprecia un escala gradual de incorporaciones.

Pero, como decía antes, estos datos son los resultantes globalizando los votos, ya que pedíamos a los corredores que distinguiesen si se iniciaron cuando ya existía un reglamento que limitase la edad de participación en encierros o si, por el contrario, no había reglamento cuando corrieron su primer encierro. Los resultados en uno y en otro caso son muy diferentes.


Los resultados obtenidos de corredores que se iniciaron en los encierros estando vigentes los reglamentos con limitaciones de edad son los siguientes:

39 ...................... Parcial de votos
.
01 ... 02,56 % ... 12 años o menos
07 ... 17,95 % ... 13 años
10 ... 25,64 % ... 14 años
04 ... 10,26 % ... 15 años
10 ... 25,64 % ... 16 años
03 ... 07,69 % ... 17 años
04 ... 10,26 % ... 18 años o más

La composición de este cuadro de resultados es parecida a la del global, si bien se aprecia que la media de edad de iniciación asciende a los 15 años justos y que se produce una mayor concentración de votos en las edades concretas de los 14 y los 16 años, en ambos casos con un 25.64 %.

Resulta también llamativo que apenas se producen incorporaciones en el tramo de edad más joven, el de los 12 años, debido sin duda a la vigilancia policial.


Por otro lado, los resultados obtenidos entre los corredores que se iniciaron en los encierros cuando no existían normativas que limitasen la edad para participar son los que siguen:

26 ...................... Parcial de votos
.
06 ... 23,08 % ... 12 años o menos
04 ... 15,38 % ... 13 años
04 ... 15,38 % ... 14 años
04 ... 15,38 % ... 15 años
03 ... 11,54 % ... 16 años
04 ... 15,38 % ... 17 años
01 ... 03,85 % ... 18 años o más

Resulta altamente curioso que se hayan obtenido prácticamente los mismos votos en todos los tramos de edad entre los 13 y los 17 años, debiendo incluirse el de los 12, pues sé a ciencia cierta que al menos uno de sus votos (y no es el mío) se correspondería con la edad de 11 años.

Creo que esa paridad en los votos sólo obedece a una razón: naturalidad y espontaneidad ante la ausencia de prohibiciones

Por último, se confirma que en épocas anteriores la media de edad en la que se comenzaban a participar en encierros era más baja: 14 años y 4 meses.

10/11/08

Operación retorno desde Saint-Sever


Tardé muchas horas para volver de Saint-Sever. Tantas que no pude evitar acordarme de los tiempos de mi infancia. De aquellos viajes en los que familias enteras, abuelos incluidos, se apretujaban en un Seat 600 con todo el equipaje –además de sombrilla, mesa y hamacas– y se chupaban horas y horas de viaje por unas carreteras plagadas de curvas y de baches para volver de las vacaciones.

También entonces se descansaba cada dos horas, pero era porque el coche se calentaba y había que detener la marcha forzosamente para que se refrigerase el motor.

Se paraba en el cruce de un camino, se sacaba del maletero la bolsa con los platos, los cubiertos, la tartera y el termo, se bajaban de la baca la mesa y las hamacas –hasta la sombrilla si hacia falta– y toda la familia almorzaba con la tortilla de patatas y los filetes empanados que había preparado la abuela, al tiempo que comentaban los días de vacaciones.

¡Qué viajes aquellos!

Volviendo de Francia, nosotros también hicimos parada en una ciudad de la costa de Aquitania para comer. Y tuvimos dos temas de conversación: los bonitos ojos azules de la camarera y, como es lógico, el fin de semana de Saint–Sever.


Fue duro salir de casa sabiendo que, físicamente, no compartiríamos viaje con Iván. Yo le conocí precisamente en mi primer viaje a Saint–Sever y, por ello, tuve su imagen y su recuerdo muy presente durante todo el viernes... el viernes, el sábado y el domingo, claro.

El domingo le rendimos un homenaje. Primero, cuando en la Abadía dieron las doce, guardamos un minuto de silencio en la Place du Tour du Sol, con un respeto total de la afición francesa. Luego, en el encierro, todas las carreras se las dedicamos a Él.

Y fueron muchas las carreras que se le dedicaron porque creo que este año hubo más corredores que en ediciones anteriores.


Los que no vienen a Saint–Sever aducen que es un viaje muy largo, que hay que firmar previamente una renuncia a reclamar en caso de percance, que los toros son de corro, etc.

Yo tengo que confesar que este encierro me enganchó desde que lo conocí y sólo puedo hablar bien de él.

Es cierto que a muchos nos pilla “un poco lejos” Saint–Sever. Pero, dadas las fechas en que se celebra, viene a ser el cierre de la temporada para la inmensa mayoría de los corredores que participamos en su encierro y, como hay que hacer noche allí, es una oportunidad única para organizar un viaje de fin de semana y reunirte con un grupo de amigos y compañeros para hacer de ese final de temporada un motivo de celebración. Por ello, al margen de que se pueda quedar ya desde el viernes, me gusta muchísimo la idea de la cena que la Peña Jeune Aficion prepara el sábado en el Convento de los Jacobinos, ya que en ella se suelen reunir corredores que el domingo participarán en el encierro y todos los años se crea un gran ambiente dentro de los viejos muros del Convento.

Y es que asistir a esa cena es “ir de encierro”; los que, aún pudiendo, deciden no participar en esa cena simplemente “van a correr un encierro”.

Respecto a la renuncia a reclamar en caso de percance, es un tema muy personal sobre el que todo corredor debe tener una idea ya formada y, por tanto, mientras que para unos será motivo para no participar en este encierro, para otros sólo será una forma de suscribir algo de lo que ya están íntimamente convencidos. Y ahí no tengo nada que comentar. Ni puedo ni quiero tratar de convencer a ningún corredor para que tome más riesgos de los que él está dispuesto a asumir.

Y sobre que el encierro se suele organizar con toros de corro y que, por tanto, tiene poca emoción, mejor no hablamos después de lo ocurrido el pasado mes de octubre con un puto cabestro.


Por otro lado, a mí, personalmente, me encanta el recorrido del encierro de Saint–Sever; especialmente el tramo de la rue Lafayette y, sobre todo, cuando es en subida, en las carreras de ida. Hay cosas a mejorar, como los bordillos de la entrada a la Place du Tour du Sol, pero el recorrido es muy variado y tiene un gran encanto.


Y qué decir de los corredores que allí se dan cita: los justos, por lo que la carrera se ve y se lee perfectamente; y todos buenos y experimentados, gente que sabe correr. Un placer.


Por todo ello, Saint-Sever es una cita que yo tengo marcada en rojo en mi calendario.

Pero además hay otra razón: la defensa de la ancestral costumbre de correr encierros (tan de moda ahora con la consulta de Paterna sobre los bous al carrer).

De los políticos españoles no me fío nada. Pero nada de nada. Son tan falsos que estoy convencido de que serían capaces de venderle a Europa la tradición de los toros por un plato de lentejas. Los políticos franceses, en cambio, no dudan en dar su apoyo a los toros; y el alcalde de Saint-Sever, por ejemplo, se juega su carrera política cada vez que se celebra un encierro en la “Cap de Gascogne”. Por eso sé que, mientras en Francia se celebren corridas de toros y en Saint-Sever se corran encierros, los políticos españoles no se atreverán a venderse a Europa.

Y si algún día lo hicieran siempre tendríamos un consuelo: aplicando al caso la famosa frase del gran Humphrey Bogart en la película Casablanca, “siempre nos quedará... Saint-Sever”.

¡¡¡Merci beaucoup Peña Jeune Aficion!!! ..... ¡¡¡Merci beaucoup Saint-Sever!!!



(NOTA: la foto que encabeza esta entrada la he tomado de la página "seat600.info" Con esta bitácora no tengo fines lucrativos y por ello ruego a los propietarios de los derechos de autor que me permitan mantenerla)

3/11/08

Saint-Sever

Municipio de Francia perteneciente al departamento de Las Landas en la región de Aquitania. Está situado, por tanto, en la zona suroeste del país y a unos 130 kilómetros de la frontera española en Irún.


Au Nord des Pyrénées il y a de superbes coureurs d’encierros. L´Histoire a résolu qu'ils habitent un autre pays et qu'ils parlent une autre langue, mais ils composent avec tous les coureurs du reste de la planète le village global où tous nous sommes unis: le monde des coureurs d’encierros.

Les coureurs qui habitent le Nord des Pyrénées partent souvent vers le Sud pour courir des encierros. En Novembre ce sera à l'envers: nous, les coureurs qui habitons le Sud des Pyrénées, nous partirons au Nord à la recherche du moment magique de faire une course devant la face d'un taureau.

¡¡¡ Nos vamos a Saint-Sever !!!


HISTORIA

El nombre de Saint-Sever procede de Severus, quien fue enviado a evangelizar Aquitania en el s. V y terminó siendo martirizado y decapitado por los Vándalos.

Las reliquias de San Severus quedaron cobijadas en una iglesia que se edificó, muy posiblemente, en el mismo lugar donde estaba la sepultura: en un cerro que dominaba el valle del río Adour. Allí se instalaron en el s. VII los benedictinos y fundaron una primera abadía que resultaría derruida como consecuencia de las distintas invasiones y luchas que sufrió la región hacia los siglos IX y X.

La abadía actual fue erigida en el 988 por Guillaume Sanche, duc de Gascogne.

Tras un incendio hacia el año 1060, la reconstruyó el Abad Grégoire de Montaner, siguiendo un plano benedictino de siete ábsides escalonados. Fue durante el transcurso de estos siglos, el X y el XI, cuando en el entorno de esta abadía benedictina nació y empezó a crecer un núcleo de población: Saint-Sever.

El abad Suavius fortificó la población en el año 1100 y para organizar la vida municipal la concedió una ordenanza, en la que se otorgaba a la figura del Abad la potestad de mando sobre la villa y se dictaba una carta de derechos y deberes de los ciudadanos.

En 1152, por el segundo matrimonio de Aliénor d’Aquitaine, Saint-Sever pasó a ser de soberanía inglesa y no sería hasta el año 1442 cuando la ciudad fue definitivamente de posesión francesa, tras tres siglos con continuos cambios de dependencia entre Inglaterra y Francia por guerras y disputas dinásticas.

Durante ese período, concretamente en 1280, se fundó el Convento de los Jacobinos a instancias de Leonor de Castilla, esposa de Eduardo I de Inglaterra.

En 1569, las tropas protestantes de Gabriel de Lorges, Conde Montgomery, destruyeron parcialmente la villa, afectando los destrozos tanto a la Abadía como al Convento.

En 1789 estalla en París la Revolución Francesa y la villa de Saint-Sever, bajo el nuevo y efímero nombre de “Mont-Adour”, es designada como capital de un distrito, por lo que se instaura allí un tribunal y la guillotina cumple su función en la Place du Tour du Sol, frente a la Abadía. Las congregaciones de religiosos abandonaron la ciudad, sus bienes fueron expropiados y los templos quedaron desafectados de su función religiosa.

Años después, el templo de la Abadía recuperaría su afectación a los cultos religiosos, pero no así el Convento de los Jacobinos, que fue destinado desde entonces a distintos servicios municipales y culturales.

Saint-Sever es al día de hoy una localidad de unos 5.000 habitantes que mira al futuro, para lo que potencia sus distintos sectores de producción. Pero también sabe vivir el presente, disfrutando con las actividades deportivas, ocupando en animadas charlas las terrazas de sus cafés y divirtiéndose con las distintas manifestaciones festivas y culturales que se programan a lo largo del año. Y, lo que es muy importante, trata de conservar su pasado, sus monumentos, sus tradiciones e, incluso, esa antigua forma de denominar a su tierra: “Cap de Gascogne”.


MONUMENTOS Y ARTE

La Abadía fue el germen de Saint-Sever y aún hoy sigue siendo el corazón de la parte más antigua de la villa.

Situada en la Place du Tour du Sol, en el mismo recorrido del encierro, la abadía está abierta todos los días, de 09:00 a 18:00 hs., y se puede visitar libremente fuera de las horas de los oficios. Los domingos, en cambio, tiene un horario especial, por lo que recomiendo a los corredores interesados en visitarla que el sábado adelanten su llegada. Del interior me permito llamar la atención sobre sus 150 capiteles, de los que 77 son románicos, de finales del s. XI y principios del s. XII.

Fue declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO en 1998. Para una mayor información disponéis de este enlace.

Por otro lado, tanto la capea como la cena programadas por la Peña Jeune Aficion para el sábado tienen como marco el Convento de los Jacobinos. Cuando estéis allí, fijaos en ese edificio erigido en 1280 a instancias de Leonor de Castilla. Para una mayor información disponéis de este enlace.


EXCURSIONES

Se me hace muy difícil hablaros a los corredores españoles de realizar excursiones porque muchos de vosotros, entre la ida y la vuelta, tendréis que hacer más de mil kilómetros de carretera para poder correr en el encierro de Saint-Sever.

No obstante, tenéis sitios muy cercanos: Mont de Marsan (a 16 kms.), como ciudad importante y todo el potencial turístico que ello conlleva; la villa galorromana de Gleyzia, en Augreilh (a 3 kms.), como atracción arqueológica por los mosaicos que allí se han descubierto; o, simplemente, disfrutar del sinuoso valle del Adour realizando una ruta naturista a pie por los caminos más cercanos al río hasta Mugron, por ejemplo.


FIESTAS

¿Cuál es el motivo para que en Saint-Sever se celebre en noviembre este encierro?

La Peña Jeune Aficion de Saint-Sever viene organizando a principios de noviembre una Semana Cultural Taurina –este año será la XXIV edición– y es precisamente en el marco de esa programación donde se encuadra el encierro.


Os facilito un enlace con todo el programa en español.

El encierro se incluyó por primera vez en los actos de la semana cultural en 1999, se corría sólo con vacas y el recorrido terminaba en el Claustro del Convento de los Jacobinos, donde se instalaba una placita portátil. Pero en el año 2004 la Peña Jeune Aficion dio un paso hacia delante y organizó un encierro con toros; el primero que se hacía en Francia.. Aquello fue un hecho histórico. Además, también se cambió el recorrido para que quedara incluido en el mismo la plaza de toros, les arènes de Morlanne, y el encierro se configuró como un carrera desde la plaza hasta un corral situado detrás de la Abadía y después, tras un pequeño descanso, la carrera de vuelta. Al año siguiente, en el 2005, se duplicaron las carreras: dos de ida y dos de vuelta. Y es así como viene celebrándose desde entonces.

Alguno de vosotros se preguntará si en este pueblo de Francia es tradicional la afición por los toros y por los encierros. La respuesta es SÍ. Y lo he escrito con mayúscula porque Saint-Sever puede presumir de tener la tradición taurina más antigua de Francia, ya que se tiene conocimiento por un documento de 1457 que allí ya existía por entonces la costumbre de correr por las calles un toro para San Juan Bautista y hasta hoy ningún otro municipio francés ha presentado un documento de fecha anterior que contenga una información similar.

Por último, me gustaría subrayar que, dadas las fechas en que se corre, este encierro de Saint-Sever tiene un significado especial para la práctica totalidad de los corredores que en él participan, pues viene a ser el cierre de la temporada para ellos. Por ese motivo tan especial y aprovechando la cena de bienvenida que suele ofrecer el sábado la Peña Jeune Aficion en el Convento de Los Jacobinos, todos los aficionados y corredores que se acercan hasta la “Cap de la Gascogne” se suelen fundir en un único grupo para disfrutar de una gran noche de alegría.

(...)

NOTA: La primera fotografía de esta entrada está tomada de la enciclopedia libre Wikipedia, la segunda de la página de la Abadía de Saint-Sever, cuyo enlace está ya incluido en el texto, y el cartel del encierro de la web de la Peña Jeune Aficion. En ninguna consta su autoría. No obstante ruego a los propietarios de los derechos de autor que se me permita mantenerlas en esta bitácora, pues no tengo ningún fin lucrativo con ella.

27/10/08

Los corredores de encierros

En un encierro hay un protagonista principal, que es el TORO, y junto a él varios conjuntos de participantes. El más importante de todos ellos es el de los corredores.

....................................(Foto: Hireen)
.
Antiguamente, y hasta un límite temporal que podríamos fijar en la década de los años sesenta del pasado s. XX, en las fiestas de cualquier pueblo participaba la práctica totalidad de la población local, además de pequeños grupos de la comarca, fundiéndose todos en un conjunto muy homogéneo. Así, en el encierro era muy generalizada la participación de los hombres; de tal forma que, aunque hubiese un reducido número de mozos que actuase con más arrojo, la mayor parte de la población masculina se situaba en el interior del recorrido, junto a puertas, ventanas o al pie de los carros, e intervenía en el festejo con mayor o menor atrevimiento. El resultado de esa concepción de la participación en los encierros era que quedaba muy difuminada la línea divisoria entre corredores y espectadores.

El progreso industrial y el mayor nivel de renta de la sociedad facilitó a partir de los años setenta la posibilidad de desplazamiento entre las poblaciones. Ese logro, junto a la expansión demográfica que se vivió entonces, originó que la participación en las fiestas de los pueblos se fuera haciendo cada vez más numerosa y heterogénea.

Hablando de encierros, fue aumentando paulatinamente la presencia en el recorrido de mozos, tanto por el mayor número de los locales como por la asistencia de otros foráneos, incluso de pueblos lejanos. Por otro lado, poco a poco, y especialmente en la década de los noventa, la organización de los festejos populares se fue reglamentando y, entre otras materias, se fueron estableciendo mayores medidas de seguridad, como el cerramiento de puertas y ventanas, vallados especiales e, incluso, el doble vallado. Con todo ello, además de conseguir una mayor seguridad para la población respecto de los animales, se están produciendo otros efectos: que los espectadores queden más nítidamente separados del recorrido y que los mozos con menor pericia o atrevimiento tengan más reparos para permanecer en el interior de la manga.

El resultado de todo ello ha sido una rápida evolución durante el último cuarto del siglo XX en lo que respecta al concepto de participación en el encierro, que ahora se caracteriza porque es más masificada y porque se diferencian más claramente las figuras de quienes asisten con el ánimo de observar el festejo y quienes acuden con la intención de correr en el encierro.


Retrato del corredor de encierros

En primer lugar, y que nadie me interprete mal, hay que decir que la inmensa mayoría de los corredores son varones. Aunque afortunadamente se eliminaron las prohibiciones al respecto, aún son contadas las mujeres que participan activamente en los festejos taurinos populares; todas honrosas, algunas de calidad, pero excepciones a una realidad muy marcada.

Respecto a la edad de los mozos que, a mayor o menor distancia, corren en encierros (y con la dificultad que entraña este tipo de cálculo), estimo que un 15 % cuenta con menos de 20 años; más de la mitad, un 55 %, viene a tener entre 20 y 30 años; y un 20 % se sitúa en la estrecha franja que va de los 30 a los 35 años. El resto, un 10 %, se movería en la banda de 35 a 45 años, aunque siempre se dejan ver corredores aislados que superan esa edad. Así, la edad media del corredor sería del entorno de los 27 años.

No obstante, hay muchos corredores que a partir de los 30 años, aproximadamente, según van adquiriendo mayores responsabilidades en la vida, van reduciendo su asistencia a encierros y, más aún, su participación; no es que se retiren radicalmente, simplemente van seleccionando aquellos encierros en los que sienten una motivación especial para participar, como suele ocurrir con las grandes citas del calendario, en las que es evidente que la media de edad de los corredores es más alta de lo habitual. Algo que también viene motivado por el hecho de que el corredor menor de 20 años no se suele desplazar más allá de su comarca.

La gran mayoría de los corredores, dada la media de edad y la creciente afición a las actividades deportivas, encaran los encierros con una buena preparación física. A este respecto, y bajo mi modesto criterio de observador (pues soy lego en medicina), la antropometría que presenta el corredor medio se correspondería con la de un atleta de carreras populares de medias o largas distancias. Hay que reseñar, además, que son excepcionales los casos de “supuestos corredores” con cuadros de intoxicación etílica.

Por último, indicar que la inmensa mayoría son de nacionalidad española. Los corredores extranjeros que participan en encierros son pocos, por cultura y por distancia, pero generalmente son buenos, y algunos excepcionales. Respecto a su procedencia, en Pamplona parecen destacar los anglosajones y en determinados encierros se adivina la presencia de portugueses, pero últimamente hay varias cuadrillas de franceses que acuden a todas nuestras grandes citas y que son fantásticos corredores.


Y... ¿por qué corren en los encierros?

Nunca podremos saber la razón que movió al primer hombre que se puso a correr voluntariamente delante de un toro; después...

Tradicionalmente, la mayoría de los corredores cruzaban por primera vez el vallado para “participar de forma activa” en un encierro a una edad aproximada a los catorce años, y la razón más generalizada para que se produjera ese impulso solía ser la imitación de conductas: querer parecerse a los mayores que corrían delante de los toros.

El hecho de que correr encierros sea una costumbre generalizada en la mayor parte de la Península Ibérica facilita que en los niños se produzca ese fenómeno de imitación sin presión alguna; y, con ello, una continuada cantera de corredores. Pero, hablando sobre todo de localidades en las que participar en un determinado festejo taurino popular pareciera más un rito que una simple costumbre, también se dan casos en los que se puede llegar a crear en la mentalidad de algunos chavales la necesidad de tener que dar el paso adelante y participar, aunque sólo sea una vez, para cumplir con una especie de requisito en su autorrealización personal o bien para sacudirse una cierta presión social construida en torno a ese rito.

Y hablando sobre la edad de inicio, que venía siendo sobre los catorce años, en los reglamentos ahora vigentes en las comunidades autónomas se establece la prohibición de participar en todo tipo de festejos taurinos populares a los menores de dieciséis años, edad que en ocasiones se eleva hasta los dieciocho. Ello ha provocado, al menos, cuatro consecuencias:
...................................(Foto: Joseba Carnicer)

1) Que, en todo caso, ahora los chicos empiezan a participar en encierros con una edad más alta y, mientras tanto, sólo pueden jugar a ser corredor y soñar con llegar a serlo.

2) Que hay chavales que, antes de cumplir los dieciséis o los dieciocho, adquieren otras aficiones (unas sanas y otras que lo son menos) y que llegado el momento ya no se sienten atraídos por la costumbre de correr encierros; ni tan siquiera una primera vez.

3) Que, por el contrario, también hay chavales que desde niños desearon fervientemente ser corredores y, al verse impedidos a intentarlo hasta los dieciséis años, llegan con mayor deseo a su primer encierro y con una afición más cuajada que los de generaciones anteriores.

4) Que el legislador crea una situación de riesgo con esa limitación de edad acompañada de la prohibición de encierros infantiles con becerras, pues los adolescentes con dieciséis años o los hombres con dieciocho, como ya no son unos críos, se pueden creer en condiciones de hacerlo en cualquier encierro y recorrido sin haber pasado por la necesaria fase de aprendizaje previo y acortamiento de distancias.


Una vez superado esa especie de rito iniciático, siempre hay chavales que deciden no continuar. Otros, en cambio, siguen adelante. Y cada uno tiene su propia motivación para hacerlo, aunque es lógico pensar que en esta etapa adquiere gran importancia el afán de superación personal: el querer correr mejor y a menor distancia de los toros.

Hay que decir también que en los últimos años se puede ver a muchos jóvenes que, desligados de todo apego por las tradiciones, contemplan los festejos taurinos populares como una simple forma de participar en una actividad de riesgo, lo que resulta altamente pernicioso para el futuro de la concepción de los encierros, ya que se los desvincula de la ancestral costumbre que motiva a cada festejo y, además, se altera totalmente la escala de valores, dando primacía al corredor sobre el toro.


Y, finalmente, después de que un joven alcanza la madurez como corredor, ¿qué razones pueden motivar a aquellos pocos que, tras contraer matrimonio, tener hijos y adquirir responsabilidades laborales o profesionales, deciden no retirarse y, por contra, siguen calzándose las zapatillas y corriendo encierros hasta edades avanzadas?

¿Afición, pasión, fidelidad al rito, promesas íntimas, homenajes...?

Cada corredor de encierros es un mundo y lleva tras de sí su propia historia.
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Lagun
...

NOTAS:

1) La primera fotografía que aparece en esta entrada lleva la firma de “Hireen”, quien tiene una galería abierta en “
flickr.com”; la segunda es obra de “Joseba Carnicer”, un aficionado al mundo del toro y de la fotografía que, tras varias incursiones por la BlogEsfera, nos muestra sus trabajos en una web propia: “everyoneweb.es/toriviciao”. A ambos les ruego que permitan mantener sus respectivas fotografías, pues con esta bitácora no tengo fines lucrativos. Y a todos los que entráis en este blog os aconsejo que visitéis sus galerías.

2) Por otro lado, como es habitual con cada texto, hoy os he colgado una nueva encuesta. Creo que sería interesante que la comentarais entre vuestros amigos para que obtuviésemos el mayor número de votos posibles y, así, tratar de que el resultado sea lo más cercano posible a la realidad.

20/10/08

Desde otro prisma

Tiempo atrás pedí a “Media Verónica” que me escribiera un texto sobre encierros. No recuerdo si, al comentárselo, me referí o no a algún encierro en concreto o si la pedí que se ciñera a algún aspecto determinado. El caso es que hace meses me mandó un texto; y que el texto me gustó. Me gustó especialmente su enfoque: nos narra lo que ella vio y sintió una mañana de sanfermines en la hora y media que transcurre desde que salió del piso camino del encierro hasta pocos minutos después de terminar la carrera.

Yendo camino del recorrido, recién despertada, las sensaciones surgen a golpe de flash, son básicas y, según llegan, se procesan y asimilan; sin más. Luego, ya en el recorrido, mientras espera a subir al balcón desde el que ella vería pasar el encierro, los sentidos se la van agudizando y llega a captar hasta matices en el semblante y el ánimo de los corredores. La carrera... tal y como es. Y, por último, una lección de persona inteligente: no se conforma con ver, quiere aprender, necesita comprender todo lo que ve.

Aclaro que el texto no tiene título. El que veis arriba corresponde a toda la entrada. Espero que os guste. ¡Seguro que sí!


“Son las siete menos diez de la mañana y echamos a andar, calle adelante, casi sin hablar. No sé por donde me llevan, veo portales en una acera muy ancha, paradas de autobuses que no pasan. Gente sola y aprisa con la cara gris y las manos en los bolsillos. Hace fresco para ser verano. Se nota que vuelven. Es muy pronto. Paramos a tomar un café para llevar algo en el cuerpo. El sitio es un bar moderno que parece un pub. Se nota que no ha cerrado en toda la noche. Me voy despertando.

Seguimos caminando, se me está haciendo largo. Llegamos a un parque donde parece que han vaciado sus entrañas todos los camiones de la basura del mundo. Hay bolsas de plástico de todos los colores, botellas y envases vacíos repartidos por toda la extensión de césped. Gente dentro de sacos de dormir tirados en medio. Son cadáveres después de una batalla. Los empleados de la limpieza han llegado y se afanan en cargar la mierda en espuertas hasta los contenedores. Huele a alcohol pasado y orines. Cerca resuena la música de una discoteca de la que salen cuerpos (de élite o bucaneros de la juerga).

Llegamos a la zona de los puestos callejeros donde siguen vendiendo camisetas y objetos de todo tipo. Nos ofrecen el periódico comarcal. Grupos de adolescentes todavía con ganas de beber y cantar. No se han acostado aún.

No nos detenemos. Cruzamos hasta delante de la iglesia donde duerme el Santo. Nos acompañan las botellas vacías y el olor ahora es más intenso. Entramos en el casco antiguo de Pamplona. Nos cruzamos con personas que llevan la actividad opuesta, ellos vuelven, nosotros vamos. Son formas distintas de verlo.

Por fin llegamos al recorrido después de atravesar la talanquera donde un guardia se afana en buscar señales en la gente que le hagan separar a los que tienen que estar al otro lado.

Me gusta pisar el empedrado de la calle limpio y brillante de agua. La luz del amanecer se va haciendo protagonista.

El grupo de corredores, ¡ahí está! Conozco a casi todos, nos saludamos. Hay besos, abrazos y manotazos amistosos entre ellos, como si se despidieran antes de emprender un largo viaje.

Entonces comprendo que estoy en un punto mágico y me siento privilegiada. Es como si estuviera en medio del vestuario donde se concentran los jugadores antes de salir al encuentro deportivo.

Estoy allí, entre todos ellos, esperando a que me abran la puerta del portal de la casa de enfrente donde voy a subir. ¡Me van a dejar ver el encierro desde un balcón! No me lo puedo creer.

Pasan los minutos y mis sentidos se agudizan, van llegando más y más corredores, reconozco a mucha gente. Siento que algo está cambiando en el ambiente. Hay tensión. Pasa una pareja de guiris de la manita, con sus pantalones cortos y su cámara de fotos, están fuera de sitio. Yo también me siento así, como si estuviera profanando un ritual de iniciación que no comprendo.

A lo lejos se oyen los cánticos al Santo, quedan pocos minutos para que salten los toros desde el corral. Lo había visto siempre en la tele pero ahora lo siento de cerca, me doy cuenta de lo estrecha que es la calle y lo empinada que está. Llega hasta mis oídos el runrún de la gente que está esperando desde mucho antes para verlo.

Algo pasa de repente: hay un olor especial. Es producto de unas palabras: miedo y emoción, y se va concentrando a nuestro alrededor. Está creciendo. Es como la densa atmósfera antes de la tormenta. No se ve pero se siente.

Ya no son palabras, han explotado y todo el significado que llevan dentro empapa como una lluvia fina las casas, el empedrado, los balcones, los ojos de la gente. Todo. Mis amigos y los que me rodean están calados hasta los huesos. Acaban de transformarse a mis ojos. Ahora los siento como corredores de encierros y soy consciente de sus movimientos nerviosos, sus besos a la medalla que llevan en el cuello, sus miradas perdidas y sus conversaciones aceleradas. Son tensos los gestos que les delatan. Se van dispersando calle arriba para alcanzar el sitio donde van a iniciar la carrera con los toros. Pienso en el riesgo.

Deseo suerte con mucha fuerza y mucha fe, no sólo para que tengan una oportunidad de hacer una buena carrera y pillen toro (hay mucha gente en el recorrido) sino también para que no les pase nada. La verdad me importa más esto último.

Me importa especialmente la suerte de un corredor.

Tengo demasiada presión a mi alrededor, necesito que me abran el portal ya y ponerme a salvo. Pienso en que yo no voy a correr el encierro y tengo mucha angustia con todo lo que he visto y sentido. Así que ¿cómo no deben de estar pasándolo esta gente?.

Por fin subo al piso, saludo y agradezco el ofrecimiento a las personas que amablemente me han abierto la puerta de su casa. Me asomo a uno de los balcones y la vista es impresionante.

Comparto el balcón. Una de las mujeres que me acompañan rompe a llorar, quedamente. No le pregunto por no importunar el silencio de sus lágrimas.

Dos minutos después suena el chupinazo.

En un instante pasa todo. Casi no te da tiempo a ver como ocurre, los toros suben la cuesta como un vendaval. Me pregunto qué clase de personas son los corredores para poder echar a correr de esa manera, casi sin ver. Yo necesito ver la película de un encierro varias veces para darme cuenta de lo que ha pasado y a ser posible a cámara lenta.

Mi admiración crece.

Ha pasado todo, me despido y bajo las escaleras con el corazón acelerado. ¿Le habrá pasado algo malo? me pregunto. Alcanzo la calle y camino aceleradamente. Hablo con los corredores que me voy encontrando por el recorrido, me siento descortés por no quedarme más tiempo de conversación pero estoy muy nerviosa. Hay mucha gente que no me deja pasar y yo quiero ir más aprisa. Los de la Cruz Roja atienden a alguien en el suelo. Sigo calle arriba. Por fin le veo, de lejos, está entero. Intento relajarme, yo no he corrido el encierro y pienso que no tengo derecho a estar tan nerviosa. Le alcanzo y le pregunto. Con su mirada me responde. Le quiero.

Vamos hasta la esquina donde están llegando los demás corredores. Necesitan beber mucha agua. Están muy excitados. Se suceden los relatos de las pequeñas batallas que han experimentado. Alguno es pródigo en su relato y se me hace incomprensible como pueden ver todo eso que cuentan con tanto detalle en tan poco tiempo, casi en décimas de segundo.

Se suceden las felicitaciones y las explicaciones. Observo como traen la ropa. Cada uno con su camiseta especial y única, con la que corren siempre los encierros. Les distingue y les da suerte Alguno se ha rozado los codos, las rodillas otro. También los hay con algún chichón.

Me siento muy honrada cuando me dejan compartir el significado de todo esto.

Y no dejo de aprender y de agudizar mis sentidos porque necesito comprenderlo. Así es como he ido viviendo los encierros taurinos y como se me han ido metiendo en el cuerpo, poco a poco pero intensamente. Y lo llamo mi enfermedad. Claro que alguno está mucho más grave que yo.

Mi infinita gratitud al “Cruzado” por haberme abierto los ojos a este mundo de los toros. No dejo de aprender todo lo que me enseña.

Gracias a todas las personas que he conocido y me han hecho pasar momentos inolvidablemente intensos.

Gracias por la pasión."

"Media Verónica"

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(NOTA: Respecto a la foto incluida en esta entrada, tengo que reconocer que es una de esas fotos que te bajas un día de internet y luego, por más que la buscas, no vuelves a dar con ella; por lo que pido disculpas al propietario de los derechos de autor. Aún así, le ruego que me permita mantenerla)