1/6/09

Benavente


Municipio de la provincia de Zamora, en la Comunidad Autónoma de Castilla y León (España). Está situado a unos 65 kilómetros en dirección norte de la capital de su provincia.

Torre del Caracol. Fuente: “descubrebenavente.com


El “toro enmaromado” es, posiblemente, el rito taurino más antiguo de cuantos conocemos en la Península Ibérica y la localidad de Benavente es una de las que aún conservan esa tradicional forma de correr toros por la ciudad.

Las fiestas del Toro Enmaromado de Benavente están declaradas de Interés Turístico Regional, pero para los benevantanos representan mucho más que una simple declaración: el Toro Enmaromado forma parte de su cultura, de su esencia.

HISTORIA

La situación estratégica de la zona debió atraer a pobladores desde tiempos remotos, pues es en ella confluyen dos ríos, el Esla y el Órbigo, y es un punto de cruce de caminos. Así, ya antes de los inicios de nuestra Era estuvo habitada por la tribu astur de los brigecienses y posteriormente fue ocupada por el Imperio de Roma.

Durante el dominio de la región por los Suevos se la conoció como Ventosa y posteriormente, hasta mediados del s. XII, como Malgrat. Sería Fernando II de León quien la concedió Carta Foral en 1164 y la puso por nombre Benavente.

En el año 1230 fue escenario de un hecho que marcaría el devenir de la Península: el llamado “Convenio de Benavente”, que propició la unión de los reinos de León y de Castilla en la persona de Fernando III.

Enrique III de Castilla fundó en 1398 el Condado de Benavente y se lo entregó al caballero portugués don Juan Alfonso Pimentel, quien sería tronco de una gran dinastía nobiliaria que se mantendría vinculada a la ciudad hasta finales del siglo XIX. Posteriormente, en 1473, Rodrigo Alfonso Pimentel, IV Conde de Benavente, sería nombrado Duque de Benavente por Enrique IV de Castilla, quedando ambos títulos unidos a la misma casa.

Rindiendo honor a su pasado histórico, Felipe I (el Hermoso) y Doña Juana (la Loca) acudieron a Benavente en 1506; y en 1554 el entonces Príncipe Felipe (Felipe II) junto al infante don Carlos.

Benavente sufrió en el siglo XVII una fuerte crisis económica y una disminución en la población por causa del hambre y las epidemias; pero la situación de la localidad se palió en el siglo XVIII tras la llegada de los Borbones.

La Guerra de la Independencia dejó una profunda huella en Benavente, ya que quedó prácticamente arrasada, desapareciendo una gran parte de sus tesoros artísticos y el palacio de los Pimentel, del que sólo se salvaría la conocida como Torre del Caracol. Años después, la Desamortización también provocó la desaparición de numerosos conventos de la ciudad.

Benavente quedaría incorporada en 1833a la provincia de Zamora, y en 1929 recibió el título de ciudad por el rey Alfonso XIII.

Tras el periodo de la Guerra Civil, Benavente se vio afectada de forma muy negativa por el fenómeno de la emigración.

Ha sido en las tres últimas décadas del s. XX cuando Benavente ha logrado crecer y desarrollarse de forma constante y trascendente, debido al intenso desarrollo de la agricultura, la industria, el comercio y las comunicaciones, siendo en la actualidad uno de los motores del desarrollo de su provincia.

MONUMENTOS Y ARTE

La iglesia de Santa María del Azogue, de estilo tardorrománico, está en el corazón de Benavente y es su principal monumento artístico.

Su construcción comenzó hacia 1180, pero las obras quedaron interrumpidas para continuarla y terminarla en siglos posteriores. El edificio es de planta de cruz latina, con tres naves y un largo crucero que permite que en el testero se dispongan cinco ábsides de tamaño decreciente, rítmicamente escalonados. Por su parte, la torre es de planta cuadrada.

En el interior hay retablos y obras escultóricas de gran valor, destacando el conjunto policromado de la Anunciación. También se conserva en su interior la talla de la patrona de Benavente: la Virgen de La Vega.

Estamos, sin duda, ante una de las iglesias tardorrománicas castellanas de más bello porte y, además de recomendable, resulta muy agradable su visita.


Para una mayor información sobre esta materia, como la iglesia de San Juan del Mercado, el castillo de la Mota o el Hospital de la Piedad, pulsad el siguiente enlace.

EXCURSIONES

Turismo.- Por Benavente transcurre una de las rutas de mayor calado de todo nuestro territorio: la “Vía de la Plata”, que une Mérida (Emerita Augusta) con Astorga (Asturica Augusta).

La/s etapa/s entre Benavente y Astorga es una gran oportunidad para disfrutar de la historia, del arte, del paisaje, del mundo rural y, como no, de sus gentes.

Naturaleza.- Cuando estuve por estas tierras, yo me fui directamente al Parque Natural Lago de Sanabria. ¡Fantástico! No obstante, para aquellos que prefieran algo más próximo, también se puede entrar en contacto con la naturaleza conociendo los Valles de Benavente.

FIESTAS: EL TORO ENMAROMADO

Cartel del Toro Enmaromado 2009 y Programa de las Fiestas


Desde los siglos XV y XVI se conocen juegos de toros en Benavente, que se celebraban con motivo de las fiestas de San Juan, en Junio, y Nuestra Señora, en agosto, al margen de otras fechas relacionadas con visitas de la realeza o circunstancias personales de miembros de la nobleza.

Y cuenta la leyenda, en una de sus muchas versiones, que un día que se corría un toro en Benavente paseaba la entonces condesa con su hijo por las afueras de la muralla y que el morlaco se vino hacia ellos matando al joven en su embestida, por lo que se obligó a que, a partir de entonces, en Benavente se corriesen los toros enmaromados para que no volviesen a ocurrir incidentes parecidos. Pero eso es sólo la leyenda.

Lo cierto es que en el s. XVII aparecen las primeras referencias de festejos con un toro enmaromado vinculados a la fecha del Corpus Christi. Desde dicho siglo se viene celebrando en Benavente este antiguo rito, aunque hubo avatares históricos que afectaron temporalmente la continuidad del festejo

Su suelta tiene lugar en la tarde de la víspera del Corpus y el momento más espectacular del festejo es en el que el toro elegido cada año sale del toril. Luego, la carrera discurre por un recorrido urbano fijo, con corredores asidos por delante a una larga maroma sujeta a las astas del toro, además de la masa de mozos que arropan por detrás a la res una vez que se han visto superados en la carrera.

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25/5/09

Filosofía de las corridas de toros


Francis Wolff es catedrático de Filosofía de la Universidad de París y autor de un libro: “Filosofía de las corridas de toros”, que es lectura obligada para todo aficionado a los toros, pues analiza las corridas desde un punto de vista filosófico.

Sin ningún tipo de tradición taurina familiar, pues sus padres eran una pareja de judíos que logró escapar del exterminio nazi, Wolff se hizo aficionado a los toros sin ningún tipo de prejuicios ni juicios morales externos tras ver por primera vez una corrida de toros a la edad de 18 años, durante un viaje a la región francesa de la Provenza.

Francis Wolff mantiene en su libro que el toro no es un animal doméstico ni salvaje, es un animal combativo, bravo; y, por ello, la ética de las corridas de toros reside en mostrar su bravura, su fuerza, en dejar que el toro se exprese. Y, efectivamente, según el autor de este libro, en las corridas se muestra al toro como un ser al que se honra combatiéndolo, no como a un animal al que el hombre envilece abatiéndolo.

Resulta muy clarificador oírle decir: “El mundo moderno ha perdido el verdadero contacto con la naturaleza en beneficio de una relación edulcorada. Vemos a los animales como criaturas de Disney. La relación con el toro no es de ternura, ni de compasión, sino de admiración y respeto. Y eso cuesta entenderlo a ciertas mentalidades urbanas, alejadas del campo”.

Y sentenciar: “Si un día llegaran a prohibirse las corridas de toros allí donde están autorizadas, sería no sólo una perdida cultural o estética sino también moral… prohibirlas sería no solo condenar a la extinción inmediata la especie animal que es su protagonista, sino también privar a los hombres de una relación insustituible con los animales, la que han tenido en todas las civilizaciones con los toros bravos”.

En el texto “Operación retorno desde Saint Sever” ya elogié la actitud de los políticos franceses por su apoyo expreso a la cultura taurina. Ahora, tras la lectura de “Filosofía de las corridas de toros”, debo hacer lo mismo con este catedrático francés de filosofía, ya que con su libro incita a que los aficionados no nos lastremos con complejos de culpabilidad y a que llevemos la cabeza alta.

Título: Filosofía de las corridas de toros
Autor: Francis Wolff
Edita: Bellaterra
Precio: 20,00 € (aprox.)


18/5/09

Casta Castellana o Morucha


Toro de casta Castellana o Morucha. Óleo sobre papel. Autor: Pablo Moreno Alcolado


Orígenes

En la Meseta Central de la Península Ibérica se fue asentando desde tiempos prehistóricos una gran agrupación de ganado bovino que, dadas las barreras geográficas que la separaban y, en cierta forma, la aislaban del ganado de otras regiones, tuvo que adquirir con el paso de los milenios una morfología singular, adaptada a las condiciones climáticas y geofísicas del territorio que ocupaba.

La evolución de la configuración natural de las reses salvajes del centro de la Península se debió alterar con la sucesiva domesticación de ejemplares por el hombre desde el neolítico y, por otro lado, al producirse inevitables cruces entre ese ganado domesticado que el hombre pastoreó en régimen extensivo y el que aún permanecía asilvestrado y libre en zonas aledañas.

Así, desde su origen primigenio y hasta que en el siglo XVIII comenzaron a fundarse las primeras ganaderías dedicadas a la selección y cría de ganado bravo, los toros de la Meseta Central reunieron una serie de características particulares tanto en su anatomía como en su carácter o comportamiento, lo que lleva a los tratadistas a hablar de una “raíz castellana” de toros de lidia.

Con reses de dicha raíz castellana se surtieron básicamente las primeras ganaderías que se crearon en el centro de la Península. No obstante, a la hora de enumerar y nominar las distintas castas fundacionales del toro de lidia se diferenció a las vacadas que surgieron en la submeseta sur de las que se fundaron en la submeseta norte, pues los ganaderos de bravo de cada una de esas dos regiones siguieron desde un inicio criterios de selección distintos; de tal forma que sólo en el caso de las ganaderías que se fundaron en la cuenca fluvial del Duero se dice que están formadas por toros de “casta Castellana”.

Mapa del asiento de las tres raíces del toro de lidia (trazo continuo) y de la posterior ubicación de las ganaderías de casta Castellana (trazo discontinuo de la submeseta norte)


Los tratadistas no se ponen de acuerdo a la hora de describir todas las características morfológicas de los toros de raíz castellana inmediatamente anteriores a la fundación de las primeras ganaderías en el valle del Duero; en lo que sí hay unanimidad es en achacarles unas hechuras bastas, así como una generalizada tendencia a la mansedumbre. De ahí que también se hable de “casta Morucha o Castellana”.

Esa tendencia a la mansedumbre del ganado de raíz castellana alimenta, a su vez, otra duda: si las ganaderías fundacionales de esta casta se nutrieron únicamente de reses de raíz castellana o si, por el contrario, se forjaron con vacas moruchas de raíz castellana cruzadas con toros bravos de origen navarro que se iban llevando a la Corte para ser corridos en las fiestas de la realeza por los caballeros; de tal forma que fue surgiendo un prototipo racial híbrido que se tuvo por autóctono con el devenir de los tiempos.


Casta fundacional Castellana o Morucha

En el término de La Pedraja de Portillo fue habitual la cría de ganado vacuno por su cercanía a Valladolid, que siempre fue importante plaza castellana y en tiempos sede de la Corte, y también porque dicho término poseía zonas pantanosas y salitrosas que favorecían el desarrollo del ganado.

Ese ganado se solía explotar en régimen de comunidad de bienes entre los distintos propietarios, y siempre con la finalidad fundamental de su cría para la venta de carne, aunque ocasionalmente se proporcionasen toros para ser corridos por reyes y nobles en los juegos caballerescos.

Dichos toros se conocían, o se anunciaban, como toros castellanos o de “El Raso de Portillo”, por ser ése el principal predio de cría y pasto, tenían el privilegio de abrir plaza en todos los festejos porque eran los más antiguos del reino de Castilla y se lidiaban con divisa blanca.

No fue hasta mediados del s. XVIII, una vez que surge el toreo a pie, cuando algunos ganaderos vieron la oportunidad de criar toros para destinarlos específicamente a la lidia y, por lo tanto, no fue hasta entonces cuando surgieron las primeras ganaderías de toros de lidia propiamente dichas.

Así, a nivel individual, el primer ganadero de toros de lidia de casta Castellana del que se tienen noticias es don Alonso Sanz, nacido en La Pedraja de Portillo en 1715, que continuó con la tradición de lidiar sus toros con divisa blanca. Tras ser transmitida por vía de herencia, de esta ganadería se irían abriendo diversas líneas por vía de compraventas, como las efectuadas con Trifinio Gamazo, Julián Presencio o Joaquín Mazpule.

Además de en La Pedraja de Portillo, también se venían criando reses en otros pueblos vecinos, como Boecillo, Aldeamayor de San Martín, Montemayor de Pelilla o Arrabal de Portillo. Y, del mismo modo, también se sabe de otros ganaderos de bravo, como los señores Prado, Manzano, Peña o Muñoz.

Al margen, también se criaron toros castellanos en otras comarcas de la submeseta norte. Así, don Agustín Díaz Castro formó una ganadería de toros de lidia en Pajares de los Oteros, provincia de León, partiendo de reses de raíz castellana criadas en la zona más septentrional de la submeseta norte. Continuadores de esta línea ganadera fueron el Marqués de Castrojanillos y don Francisco Roperuelos.

Y, aunque la falta de documentación limita las noticias al respecto, es lógico pensar en la existencia de otros muchos ganaderos de toros castellanos. Ganaderos de comarcas distintas y con unos toros que, aún siendo del mismo tronco de la “parte más vieja” de Castilla, seguro que tenían unas ramas diferentes como origen. Por ejemplo: en Peñaranda de Bracamonte, provincia de Salamanca, también hubo, cuando menos, una ganadería de toros castellanos, pues allí criaba sus reses D. José Gabriel Rodríguez (José Joaquín o Joaquín Rodríguez, según otros referencias); dato sobradamente conocido por todos los aficionados al ser de dicho ganadero el tristemente célebre Barbudo, el toro castellano que el 11 de mayo de 1801 mató en Madrid al diestro José Delgado, Pepe-Hillo.


Extinción

En su lidia, los toros castellanos solían saltar al ruedo con muchos pies y se mostraban duros y poderosos, por lo que fueron muy apreciados en las corridas caballerescas y en la primera época del toreo a pie, en la que era fundamental la suerte de varas; pero, según iba transcurriendo ese primer tercio, estos toros tendían normalmente a desarrollar mansedumbre y se solían aquerenciar en tablas, por lo que los toreros nunca fueron gustosos de anunciarse con ellos.

Un claro ejemplo de ese hecho lo protagonizaron dos de las máximas figuras del toreo de finales del siglo XVIII: Joaquín Rodríguez, Costillares, y José Delgado, Pepe-Hillo, que solicitaron la exclusión de los toros castellanos en los festejos anunciados en 1789 para celebrar la coronación del rey Carlos IV.

Fatídicamente, Pepe-Hillo resultaría corneado mortalmente en Madrid el 11 de mayo de 1801 por un toro castellano de nombre Barbudo que, tal y como dejábamos antes reflejado, pertenecía a la ganadería de D. José Gabriel Rodríguez, de Peñaranda de Bracamonte.

Goya: Cogida mortal de Pepe-Hillo en la Plaza de Madrid. Grabado que no apareció en la primera edición de La Tauromaquia, pero que sí fue incluido en otras posteriores, y en el que se representa la escena inmediatamente posterior a la del número 33 de aquélla.


Esa tendencia generalizada a la mansedumbre, la mala fama que, a base cornadas, atesoraron en el ánimo de los toreros y su “inadaptación” a la evolución que fue siguiendo el arte del toreo fueron las causas del progresivo desprestigio de los toros castellanos y de que en el último tercio del siglo XIX empezaran a desaparecer de los carteles.

A partir de entonces, todas las ganaderías de casta Castellana comenzaron a cruzar sus ejemplares con reses de otras castas, en busca de obtener una mayor bravura y un comportamiento más noble; o bien, directamente, se decidieron por eliminar todo lo que tenían y retomar su andadura con toros de otra procedencia.

Fue así como los toros castellanos fueron desapareciendo de nuestro campo bravo y que su sangre, su genética, después de más de un siglo de cruces, se tenga hoy por definitivamente absorbida y extinguida.


Prototipo racial

La pronta extinción de los toros castellanos conlleva que contemos con escasas fuentes de información para tratar de conocer su prototipo racial básico; además, esas pocas referencias sólo nos dan cuenta de descripciones particulares, por lo que, en modo alguno, pueden ser tenidas como válidas para obtener la información genérica que precisa este apartado.

Del mismo modo, pocas reproducciones artísticas han tenido como modelo al toro castellano. Goya fue el pintor contemporáneo más insigne, pero los toros que aparecen en sus obras no suelen ofrecernos los detalles descriptivos y definitorios de sus posibles procedencias.

Entre las obras que se le atribuyen al genio de Fuendetodos, sí que se cuenta con una en la que aparece retratada la cabeza de un toro castellano; pero sólo la cabeza, no así el cuerpo. Se trata, precisamente, de la “Cabeza del toro que mató a Pepe-Hillo”. El tan nombrado Barbudo.

Cabeza del toro que mató a Pepe-Hillo, obra atribuida a Francisco de Goya.
Colección privada del Marqués de Casa-Torres. Fuente: “
elpais.com


Es ésta una obra que, quizás por pertenecer a una colección privada, es poco conocida. Lo que sí se puede asegurar es que pertenece a la colección privada del Marqués de Casa-Torres o, al menos, que perteneció, pues un documento periodístico así lo acredita: el diario “El Imparcial” del lunes 15 de mayo de 1911, al que he podido tener acceso. En él aparece una noticia “De Sociedad” con la crónica de una fiesta dada en la casa del Marqués de Casa-Torres y en la que, antes de ofrecer la relación de los representantes de la alta sociedad que acudieron al evento, el cronista nos da cuenta de la famosa colección de cuadros que adornaba las paredes de los salones del Marqués, pudiéndose leer sobre uno de ellos que “... en la misma sala aparece la cabeza del toro que mató a Pepe-Hillo, pintada por el autor predilecto de Carlos IV...”, que era, precisamente, don Francisco de Goya.

Evidentemente, tampoco esta obra nos puede servir de base para hablar del prototipo racial básico del toro de casta Castellana, pues sólo estaríamos ante otra descripción particular más, por muy ilustre que sea ésta.

Así, lo que se puede decir a este respecto es que, en cuanto al tamaño, los investigadores no se ponen de acuerdo: el toro castellano era para unos de gran tamaño y para otros de volumen terciado. En lo que sí parece haber coincidencia es en que era, generalmente, de capa negra o castaña oscura y que sus proporciones eran poco armónicas, dando como resultado un toro feo y basto, con una de desarrollada encornadura, predominando los cornipasos y cornivueltos.


(NOTA: Sobre la primera FOTOGRAFÍA publicada, la que se ha tomado de un óleo sobre papel de Pablo Moreno Alcolado, aclaro que puede compartirse, pero citando su autoría y añadiendo un enlace a este blog.)

11/5/09

Tipos de encierros

Foto: “Jandillas al amanecer”, de José María Risquete. Segundo Premio del III Concurso de Fotografía de los encierros de San Sebastián de los Reyes 2003.
Fuente: “Asociación Cultural El Encierro



Sólo era cuestión de tiempo que publicara una entrada con una clasificación básica de los distintos tipos de festejos taurinos populares y, dentro de ellos, de los encierros que se celebran a lo largo y ancho de nuestra geografía. La singladura de esta bitácora ha querido que sea hoy, y para mí resulta un placer poder presentaros a un amigo que, desde hace unos seis años, ya tiene publicado en la red un sensacional artículo que versa sobre esa materia.

Damián Revuelta Viota, de Ampuero (Cantabria), es un gran aficionado al mundo del toro, en general; pero le atrae especialmente la vertiente taurina de índole popular. Su afición por los festejos taurinos populares le ha llevado a muchos rincones de nuestro país e, incluso, más allá de nuestras fronteras; pero donde se le manifiesta esa afición con más intensidad es en Ampuero, su pueblo. Por ello, sin duda, Damián Revuelta es miembro de la Asociación Cultural “La Encerrona” de Ampuero; en la que, además, ocupa el puesto de Secretario. Y, por si fuera poco, también dedica parte de su tiempo libre a mantener la web de dicha asociación: “laencerrona.net”.

Una página que, por cierto, recomiendo que sea visitada por todos aquellos corredores que no hayan participado aún en el encierro de Ampuero, con su peculiar carrera de ida y vuelta. Seguro que contemplando sus galerías de fotos no dudaréis en haceros un hueco en torno al día 8 de septiembre para visitar esa bonita ciudad cántabra, disfrutar de sus animadísimas fiestas y, por supuesto, correr en uno de los mejores encierros de nuestro país.

Y es, precisamente, en la sección “Artículos y Colaboraciones” de dicha web donde aparece publicado el artículo que hoy os presento.

Con el título TAUROMAQUIA POPULAR Y ENCIERROS DE TOROS. TIPOLOGÍA, Damián Revuelta Viota nos ofrece una documentada visión sobre el origen de la Tauromaquia Popular, enumera las distintas clases de festejos taurinos populares y, tras centrase en los encierros de toros, nos proporciona una clasificación de los encierros basada en algunas de sus posibles variantes.

Debo advertir que, respetando la práctica totalidad del texto original, se ha variado levemente la configuración del artículo para insertar en el texto las notas bibliográficas y de pie de página, de forma que os podamos ofrecer una lectura continuada de todo el contenido, apuntes incluidos.

Y así, sin más particulares previos que indicaros, os dejo ya con el artículo de Damián Revuelta Viota.


Tauromaquia Popular y Encierros de Toros – Tipología

Foto: “Grada improvisada”, de Rubén Albarrán (“Rudy”), tomada en Valfermoso de Tajuña. Primer Premio del III Concurso de Fotografía Taurina de ToroAlcarria.
Fuente: “FotosRudy



Toda la amplia gama de rituales taurinos a través de los cuales se ha expresado y se expresa la ancestral costumbre que el hombre peninsular tiene de jugar con el toro (de correr toros) desafiando la fuerza de éste y asumiendo un riesgo a cuerpo limpio, constituye indudablemente toda una Tauromaquia de carácter eminentemente popular, que nada tiene que ver en su origen con las funciones de toros medievales en las que los miembros de la nobleza, a modo de ejercicio caballeresco o de entrenamiento militar, corrían toros a caballo, y que posteriormente fueron evolucionando a medida que el hombre del pueblo fue ganando protagonismo en detrimento de la nobleza, dando lugar al nacimiento de la tauromaquia moderna cuya máxima expresión son las corridas de toros regladas o institucionalizadas.

Según explica Francisco J. Flores Arroyuelo en su libro Correr los toros en España - Del monte a la plaza, esa Tauromaquia Popular tiene su origen “en la caza que de este animal (el toro) se hacia en los montes aledaños a los pueblos y, como tal, nos lo supo mostrar en imagen el pintor Francisco de Goya en las láminas núms. 1, 2 y 3 de su Tauromaquia en la que vemos a hombres del pueblo y moros armados de lanzas y palos puntiagudos derribar a un toro asestándole golpes en sus flancos, o bien, si lo que se quería era cogerlos vivos, reduciéndolos con perros alanos que los aprehendían tras hacer presa en sus orejas con mordiscos, tendiéndoles trampas con redes, atrapándolos por los cuernos con lazos, para, a continuación, poder conducirlos hasta los lugares en que debían ser muertos para la alimentación o acondicionados, tras ser castrados, para el trabajo y, también, para que participasen en algún ritual festivo, lo que dio motivo a desplantes y requiebros, y hasta que se llegase a tocarlos con la mano por los lugareños que presenciaban su paso en medio de riesgos y sustos propiciados por los derrotes y testarazos dados por el animal...”


Tipos de festejos populares

Son múltiples y variadas las formas de exteriorización de esa costumbre popular de correr toros, las cuales nos vienen dadas en la mayoría de los casos de forma consuetudinaria, por los usos y costumbres locales, de tal forma que cada festejo y cada pueblo tiene sus propias raíces y sus propias peculiaridades que, en definitiva, constituyen sus señas de identidad que lo diferencian de otros y le otorgan su propia personalidad.

Así, por ejemplo, si bien la modalidad del “toro ensogado” tiene su origen, como hemos visto, en la ancestral caza de dicho animal con diversos fines, posteriormente esta práctica se cristianizó adquiriendo un carácter netamente religioso, como el Toro de San Marcos, que hoy en día todavía se celebra en algunas localidades como la de Beas de Segura, en la provincia de Jaén. En otras ocasiones mantuvo su origen pagano, como el rito del toro nupcial, costumbre muy extendida en Extremadura con motivo de esponsales; o incluso es posible que otras veces se entremezclaran elementos o motivos religiosos con otros relacionados con viejas creencias míticas sobre el toro, como puede ser el ritual de las caridades medievales. Otros festejos taurinos populares tienen su origen en las celebraciones de carnaval, como el Carnaval del Toro en Ciudad Rodrigo, con sus encierros, desencierros y capeas; o en privilegios reales otorgados por hechos de armas en los que una villa o pueblo había intervenido de forma destacada, como parece ser el origen del Toro de San Juan en Coria; o en rivalidades caballerescas o locales entre pueblos cercanos, que al parecer dieron lugar a los espantes que se celebran en muchos pueblos de Castilla y León, sobre todo los de la provincia de Zamora, como los de Fuentesaúco, Fuentelapeña o Guarrete.

Constituiría arduo trabajo, casi imposible, citar todas las variedades existentes y, más aún, intentar analizar cada una de ellas. Ahora bien, existen notas comunes que nos permiten establecer diferentes tipologías o clases de festejos populares de las que, a título meramente ilustrativo y no exhaustivo, citaremos las siguientes: encierros de toros, desencierros, sueltas de toros, sueltas de vaquillas, capeas, espantes, toro ensogado, toro del aguardiente, toro del alba, toro embolado o toro de fuego, recortadores, roscaderos, etc. Y también podemos citar fuera de nuestras fronteras la lidia de forcados portugueses o las corridas vasco-landesa y camarguesa en Francia.


Los encierros de toros

Pero, sin duda alguna, de todas esas formas de correr toros, el acto más importante, el más emblemático, el más popular, es el Encierro de Toros, que ha llegado a nuestros días evolucionando y pasando por diferentes etapas históricas, salvando siempre todas las vicisitudes que fueron surgiendo en contra de las fiestas de toros, dado el gran arraigo popular de esta antiquísima costumbre de correr toros por las calles de pueblos y ciudades, o “del monte a la plaza”, característica que, como nota común a todas ellas, ya destacan las primeras referencias o crónicas que sobre tales acontecimientos empiezan a aparecer a partir del bajo medioevo.


Según explica el profesor Flores Arroyuelo en su libro antes citado, “los toros corridos por las calles de los pueblos en los llamados encierros (...) tuvieron su origen, como el toro ensogado, en la traída de los toros de los montes y dehesas a los pueblos, aunque aquí, la presencia del toro libre nos está diciendo en buena parte que estamos ante un ritual de fiesta propia de una urbe y que viene a recordar cuando llegaban a ella los toros que habían sido conducidos por los vaqueros y pastores a través de campos y numerosas jornadas (...) Esta era la forma común de conducir las toradas, lo que obligaba a que en muchos pueblos existiesen corrales acondicionados en sus afueras para servir de guarda y amparo hasta que proseguían camino o, por último, eran conducidos a los mataderos, o a los toriles de la plaza para ser corridos en los días de fiesta en que quedaban enchiquerados en espera del momento de salir al coso”.

Foto del encierro de Portillo: “TradicionesTaurinas


Para el tratadista Sánchez de Neira el encierro es “el acto de traer los toros desde el campo a las plazas para encerrarlos en los corrales y no en los chiqueros”. En su origen acudía mucha gente a presenciarlos, especialmente a caballo, que venia formando un séquito hasta las mismas puertas de los corrales. Cerca de éstos, o en el camino, aprovechando la ventaja de una pequeña altura, se colocaban muchos aficionados deseosos de presenciar el rápido paso del ganado, al que siempre guiaba un mayoral muy práctico y a caballo, sin temor a ser atropellado, por la eficaz labor de los cabestros, lo que daba ocasión para que muchos jóvenes y no tan jóvenes “se acercaran a los toros con ánimo de tocarlos y hasta burlarlos”, o se sintiesen empujados por una fuerza atávica misteriosa “a correr junto a los toros en el último tramo del largo camino que los llevaba de la dehesa a la plaza”; tal y como nos vuelve a recrear Francisco J. Flores Arroyuelo.

Con la aparición de los medios de transporte modernos el encierro fue perdiendo ese carácter funcional o práctico para dejar paso a un festejo taurino popular convertido en todo un acontecimiento nacional que, hoy en día, tiene lugar en cientos de pueblos y ciudades a lo largo y ancho de esta vieja piel de toro que llamamos España.


Tipos de Encierros

Sin perjuicio de las muchas y varias peculiaridades locales existentes, tal y como hemos dicho antes al hablar de los diferentes tipos de festejos taurinos populares, los Encierros de Toros también se pueden clasificar, a su vez, de diversas formas en función de diferentes y múltiples variables, de las que nosotros aquí sólo vamos a considerar algunas de ellas:

A) En función del espacio en que se desarrolla, el encierro puede ser urbano, campero o mixto.

Los encierros de tipo urbano son los que se desarrollan únicamente por las calles de pueblos y ciudades. El encierro urbano más conocido en todo el mundo es el de Pamplona, que sirve un poco como de modelo a este tipo de encierros. Otros encierros de estas características muy conocidos son, por ejemplo, los de San Sebastián de los Reyes y Arganda del Rey, en la provincia de Madrid; los de Tafalla, (Navarra), Calasparra (Murcia), Rincón de Soto (La Rioja) o Ampuero (Cantabria), este ultimo con la rara peculiaridad de que es un encierro de ida y vuelta, que también se da en algún otro lugar, como Matapozuelos (Valladolid) o Benavente (Zamora).

Los de tipo campero, como su propia palabra indica, se desarrollan en campo abierto, aunque muchos de estos encierros finalizan en un tramo urbano; y en ellos, como regla general, tiene una importancia destacada el hombre a caballo. Por dichas características, son los que más se aproximan en su concepción a los orígenes del encierro, cuyo objeto último es encerrar la manada dentro del casco urbano. Encierros famosos que transcurren por el campo son, por ejemplo, los de Fuentesaúco (Zamora) o los de Ledesma (Salamanca). Una de las varias excepciones a la regla general sería el encierro de El Pilón, en Falces (Navarra), que podemos considerar campero, ya que la manada de vacas bravas desciende por una senda desde los corrales situados en pleno monte hasta el casco urbano del pueblo, pero en él sólo intervienen corredores a pie y no hombres a caballo.

Foto del encierro de Cuéllar: “TradicionesTaurinas


En aquellos casos en que el tramo urbano tiene tanta relevancia o más que el campero y en los que el jinete cede todo el protagonismo al hombre a pie podemos considerar dichos encierros como mixtos. Claro ejemplo de este tipo de encierros son los de Cuellar (Segovia), que pasan por ser los más antiguos de los que se tiene constancia documental en cuanto a su celebración. También se pueden citar los de Ciudad Rodrigo y Fuenteguinaldo, en la provincia de Salamanca, Medina del Campo y Olmedo, en la de Valladolid, Castrillo de Guareña (Zamora), Brihuega (Guadalajara), etc.

B) Según el número de toros que se sueltan, pueden ser encierros de un único toro, sólo o acompañado de cabestros (a veces también varios toros soltados individualmente uno tras otro), o encierros de una manada acompañada de punta de mansos o cabestros.

Teófilo Sanz Martínez, periodista taurino y directivo de la “Asociación Cultural El Encierro” de San Sebastián de los Reyes (Madrid), al hablar de “otros tipos de encierros” en su trabajo Manual del Corredor de Encierros, hace algunas consideraciones de orden técnico a tener en cuenta en relación al número de reses en los encierros que transcribimos a continuación:

“Encierros con toro a toro: éste es un encierro donde el corredor domina más la carrera, pues las precauciones son menos a tener en cuenta. Por lo general es un encierro lento, pues el toro al ir sólo se distrae continuamente y se para cuando tiene terreno blando, lo que aprovecha el corredor para tratar de frenarle y recortarle, métodos que jamás deberían producirse. Este tipo de encierro llega a ser pesado, pues si el toro se queda bastante tiempo en el recorrido el aburrimiento puede predominar entre los aficionados que no practican las carreras o el recorte y no digamos de los que están en la Plaza, amén de lo peligroso que resulta luego el toro para lidiarlo por un torero. El encierro con 2 ó 3 toros: estos encierros suelen partirse, pues nunca se podrá conseguir una manada compacta, ya que al saltar los toros de los cajones nunca coinciden en la salida y por lo tanto siempre habrá un toro por delante y otro por detrás. En el encierro completo con 4 ó 6 toros con los bueyes y en el mismo corral, con los pastores azuzándoles en la salida y apretándolos continuamente, las carreras suelen ser de tirón, pero intensas y emocionantes, y, sin la menor duda, mucho más peligrosas.”

C) Según el recorrido (itinerario) a seguir por el toro o manada, pueden ser lo que podríamos llamar encierros lineales, que se desarrollan por unas calles previamente establecidas en sentido lineal, sin alternativa posible a las mismas, hasta desembocar en la plaza de toros; y/o encierros libres o de circuito, que son aquellos en los que se acota el espacio urbano para la suelta, formando el mismo varias calles en torno a un eje constituido normalmente por una plaza principal, pudiendo el toro o manada desenvolverse libremente por todas las calles de dicho contorno.

Normalmente, en el primero de los casos, el encierro viene protagonizado por una manada, siendo la distancia más habitual del itinerario de entre 800 y 1000 metros; y en el segundo por un único toro, o varios, a los que se da suelta de forma individual. Forma ésta típica de la zona levantina, en lo que podríamos considerar como una tipología propia de la misma conocida como bous al carrer, de gran arraigo en esa región española.

Foto: Toro de la ganadería de Partido de Resina en la Pascua Taurina de Onda 2006. Autora: María José Navarro. Fuente: “FestesValencianes


D) Según el tiempo de duración del encierro, este puede ser de corta duración, o de larga (o ilimitada) duración. Son de corta duración aquellos en que la misma viene determinada por el tiempo en que tarda la manada (normalmente suele tratarse de una manada en estos encierros) en encerrarse en los corrales de la plaza de toros. Y llamamos de duración larga o ilimitada, a aquellos que no tienen una duración preestablecida de antemano, o si la tienen, esta es muy larga.

E) Según el tipo de ganado que se utilice, puede tratarse de encierros de lidia o de capea. Esta clasificación en función del tipo de ganado a utilizar, es fundamental en cuanto afecta a la esencia del encierro, ya que el utilizar ganado de lidia conlleva que éste está virgen en lo que a encierros se refiere, su comportamiento resulta más impredecible y, por lo tanto, resulta más difícil evaluar de antemano cual será el nivel de riesgo a que se enfrentará el corredor. Utilizar ganado de lidia, en lugar del de capea, más previsible, es para nosotros factor clave de autenticidad del encierro.

Foto: “Zubieta y Retegui”. Una de las imágenes más difundidas de todo el fondo documental de esta estirpe de fotógrafos que (hay que dejar constancia por el gesto) ha sido donado recientemente al Ayto. de Pamplona por la familia del fallecido Javier Retegui Zubieta.


Sobre la base de esta somera clasificación, podemos decir que hoy en día, un ENCIERRO DE TOROS moderno (dada la influencia mediática universal que en tal concepto ejercen los encierros de San Fermín en Pamplona) es un encierro urbano protagonizado por una manada compuesta de toros de lidia y cabestros, que discurre por un recorrido lineal de calles ni muy anchas ni muy estrechas, con una longitud de entre 800 y 1000 metros, y por tanto de corta duración.

En aquellos casos en los que el encierro urbano así definido, viene precedido en su desarrollo de una previa conducción de las reses a través del campo desde las afueras del pueblo o ciudad (encierro mixto) estaríamos sin duda alguna ante un encierro en estado puro.


........................................................................ Damián Revuelta Viota


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NOTAS: El ARTÍCULO con el texto original está publicado en la web “laencerrona.net
Respecto a las FOTOGRAFÍAS publicadas en esta entrada debo decir que la “Asociación Cultural El Encierro”, “FotosRudy”, “TradicionesTaurinas” y “FestesValencianes” han tenido la gentileza de aportar sus fotos sin insertar sus respectivos logos, detalle que les agradezco públicamente y que me lleva a la obligación de recordar y advertir que su publicación en otros espacios precisará de la previa autorización de los respectivos propietarios de los derechos de autor.

3/5/09

El culto al toro en Egipto


Cuando el Norte de África empezó a convertirse en una zona desértica sus habitantes tuvieron que emigrar en busca de agua. Uno de los destinos de ese éxodo fue el río Nilo, que en su curso alto y medio formaba un valle largo, pero estrecho, y en la parte final un delta, un extenso oasis en forma de abanico al dividirse en muchos brazos para desembocar en el Mediterráneo.

Hacia el 6000 AC comenzaron a surgir asentamientos que, primeramente, se fueron agrupando en feudos y con posterioridad quedaron estructurados en dos grandes reinos: el Bajo Egipto, que comprendía la fértil región del delta, y el Alto Egipto, que abarcaba el resto del valle, desde el delta hasta la primera catarata. Estos dos reinos fueron unificados hacia el 3050 AC por Menes, convirtiéndose en el primer faraón de Egipto.

La civilización egipcia progresó espectacularmente a partir de ese hito y, a lo largo de tres mil años, alcanzó tres épocas de esplendor (los llamados Imperio Antiguo, Imperio Medio e Imperio Nuevo), quedando extinta con la invasión romana en el año 30 AC.


La religión tuvo una importancia trascendental en la civilización egipcia. La prosperidad de Egipto dependía básicamente de la crecida anual del Nilo y de la reaparición diaria del Sol, por lo que éstas y otras fuerzas de la naturaleza propiciatorias de la fertilidad del valle fueron sacralizadas en los primitivos poblados que se formaron a lo largo del curso del río; de tal forma que cada ciudad y cada región (nomo) tenía sus dioses. Según se fueron formando unidades políticas de mayor rango, la relevancia que adquirió cada ciudad conllevó a su vez una mayor importancia de sus dioses.

Los primeros pobladores del valle del río Nilo también veneraron a aquellos animales que, para ellos, se distinguían por alguna cualidad concreta, como ocurrió con el halcón, el carnero, el ibis... y por encima de todos el toro, que fue exaltado por su poder fecundante, por ser una fuente creadora de vida.

Que en el valle del Nilo se adorara al toro desde épocas protohistóricas trae causa, sin duda, de un hecho anterior: que en el neolítico, cuando menos, ya se le veneraba en todo el Norte de África (ver el texto “El origen del culto al toro”). La duda que puede surgir es si este rasgo de la religión egipcia fue un fenómeno local desde tiempos prehistóricos, si fue un fenómeno importado de otras regiones del Norte de África al concentrarse en el Nilo la población o si se produjo una conjunción de ambos factores. Lo cierto es que del 4500 AC hay restos que ya acreditan una veneración al Toro en la cultura badariense, que tuvo su asiento en zonas del curso alto del Nilo.

Figura: El Rey adorando al Toro Apis, del British Museum

Conforme la civilización egipcia se fue desarrollando y haciendo más compleja también siguió la misma evolución su religión y, como parte de ella, la forma de venerar a los animales en general y al toro en particular. Cada animal sagrado fue asociado a un dios y se le adoró por ser una manifestación viviente del espíritu de su deidad. La importancia del culto al Toro en Egipto se acredita al saber que, mientras la veneración a otros animales fue en genérico, a la especie, en el caso del toro se fijó en ejemplares concretos de la especie y a que a estos, además, se les otorgó un nombre propio.


El toro “Apis”

Estatua de tamaño natural: Apis, del Museo Grecorromano de Alejandría

El Apis no era un dios-toro, sino un toro sagrado, pues era un toro vivo, pero sólo uno elegido entre todos los de Egipto. Un toro que habría nacido, según la mitología egipcia, como fruto de un rayo solar que fecundó a la diosa Isis en forma de vaca. Su centro de culto fue Menfis, la primera capital de Egipto.

Como toro que era y, por tanto, como símbolo de fertilidad, al toro Apis se le veneró por ser una manifestación viviente de un dios creador y modelador del mundo: de Ptah, la mayor divinidad de todo Egipto desde el 3050 al 2040 AC, aproximadamente; mientras Menfis fue capital del reino. No obstante, cuando fue sustituida por Tebas, el dios Ptah siguió siendo un dios revelantes y se mantuvo la devoción al Apis. Detalles que demuestran la importancia que tuvo su culto. Y más aún queda de manifiesto si tenemos en cuenta que, una vez que fallecía el animal terrenal, a la figura del Apis se la asociaba con el dios Osiris, venerado en todo Egipto por ser el dios de la resurrección y, por tanto, también de un poder creador de vida, en este caso tras la muerte.

Para seleccionar al Apis se buscaba por todo Egipto un toro que reuniera una serie de características en su anatomía. Hasta 29 se llegan a enumerar. Entre las más reseñadas están que fuese un toro de capa negra con accidentales de pelo blanco: uno en la frente en forma de triángulo o diamante y, al menos, dos en el cuerpo que dibujasen las figuras de la luna en cuarto creciente y un buitre con las alas extendidas. Además, también debía tener bajo la lengua una protuberancia en forma de escarabajo.

Ya elegido, y tras unas ceremonias regladas, el Apis era trasladado junto a su madre al templo de Ptah, en Menfis, donde permanecería toda su vida en unas lujosas dependencias, recibiendo todo tipo de atenciones y con un harén de vacas a su disposición. Su misión era ejercer de puente de comunicación entre los fieles y el dios Ptah, realizando predicciones a modo de oráculo.

Si no fallecía prematuramente, el Apis era sacrificado a los veinticinco años, ahogándolo en una fuente sagrada ceremoniosamente. Ese límite de edad se fijaba, probablemente, para evitar la aparente contradicción de tener que venerar a un toro con su vigor sexual reducido por la edad cuando, en teoría, a quien se debía rendir culto era a un Toro como símbolo de fecundidad.

Una vez fallecido, se seguía un complejo ritual para garantizar la resurrección del Apis, que quedase asociado eternamente al dios Osiris y, ya reconvertido en toro Osor-Apis, que cumpliese las funciones funerarias que dictaba la religión egipcia: llevar sobre su lomo a los difuntos momificados en busca de la vida después de la muerte, de la resurrección. Todo ese ritual que se seguía con el cuerpo del toro finalizaba, tras su momificación, con un entierro en medio del duelo nacional.

Sólo entonces comenzaba por los sacerdotes de Ptah la búsqueda del nuevo toro Apis.


El culto al toro Apis sufrió una transformación en el último período de la civilización egipcia. Alejandro Magno conquistó Egipto en el 332 AC, pero fue aclamado por los egipcios y nombrado faraón porque les liberó de la opresión del Imperio Persa, que previamente había dominado el valle del Nilo. Es entonces cuando comienza el Período Helenístico, que abarca el gobierno de Alejandro Magno y sus sucesores, todos ellos bajo el nombre de Ptolomeo.

En un afán por no imponer sus costumbres y su religión, estos gobernantes llevaron a cabo una política de sincretismo y, con ella, reunieron en un único ideal religioso las doctrinas de ambas creencias y crearon un nuevo dios común que combinaba el culto al dios Osiris y al toro Apis tras su muerte, al Osor-Apis. Así fue como Ptolomeo I introdujo el culto a Serapis, que fue declarado patrón de la ciudad de Alejandría, así como dios oficial de Egipto, y su culto se extendió por todo el mundo helenístico y alcanzó a Roma, incluso, adquiriendo notoriedad por todo Occidente.


El “Serapeum”

La necrópolis de la ciudad de Menfis se encontraba Saqqara, a muy pocos kilómetros. Y fue allí donde Ramses II (1279 al 1213 AC) ordenó realizar otra necrópolis específica para el toro Apis. Como quiera que esta figura sagrada, ya transformada en Osor-Apis, recibió posteriormente el nombre de Serapis, el historiador griego Estrabón llamó a esa necrópolis Serapeum.

En su día, el Serapeum de Saqqara debió constar de varios templos, unidos por una avenida (dromo), y bajo uno de ellos, a varios metros de profundidad, se extendían las catacumbas utilizadas para depositar los sarcófagos de los toros sagrados.

La Gran Galería del Serapeum. Autor: Faucher-Gudin, a partir de un grabado de Devèria. Aparece publicado en la web “gutemberg.org

La galería principal es de unos 5 metros de anchura por 8 de altura, y todo el conjunto tiene unos 200 metros de longitud. Los sarcófagos, que estaban depositados en salas abovedadas que se abrían a ambos lados de las galerías, son bloques tallados de una sola piedra que superan, ya huecos, las 70 toneladas de peso y vienen a medir 4 metros de largo por 2 de ancho y otros 2 de alto; todos ellos con una tapa del mismo material.

La inmensa mayoría de los sarcófagos hallados tenían corrida la tapa cuando Auguste Mariette descubrió el Serapeum en el año 1851, y en ninguno había restos de los toros sagrados, por lo que todo apuntaba a una profanación. La única esperanza era un sarcófago que permanecía cerrado y sellado, pero tras ser volada la tapa tampoco aparecieron en su interior restos del Apis que, supuestamente, allí debía estar embalsamado.

Aún hoy sigue siendo un misterio todo lo que rodea a la colosal obra del Serapeum de Saqqara, la necrópolis del toro sagrado Apis.


Otros toros sagrados

El Apis no fue el único toro sagrado en Egipto; hubo, al menos, otros tres más, aunque no tuvieron tanta relevancia.


Mnevis fue el toro sagrado de la ciudad de Heliópolis y representaba al dios Ra-Atum; es decir, al Sol, que cada día daba vida al valle. Se le llamaba “La Renovación de la Vida”, y quizás por ello mismo, en tanto en cuanto puede implicar un resurgir tras la muerte, también se relacionó al toro Mnevis con el dios Osiris.

La mayoría de los tratadistas mantienen que la capa del Mnevis debía ser negra, pero también hay quien afirma que era blanca con manchas negras.


Bujis fue el toro sagrado de la ciudad de Hermontis, al sur de Tebas. Se le llamó “Toro de las Montañas” y se caracterizó por su fuerza, violencia y belicosidad. Se le asoció al dios Montu, el dios de la guerra en Tebas.

Respecto al color de la capa del Bujis también hay disparidad de opiniones, pues unos investigadores aseguran que debía ser negra, mientras que otros dicen que era blanca en todo el cuerpo y negra en su cabeza.


Además de estos tres toros sagrados, y al margen de otros posibles supuestos no aclarados, hubo un toro sagrado más: el toro del dios Min.

Min era el dios de la lluvia y de la fertilidad, y le llamaban “Gran Toro” o “Toro de su Madre”, pues con la lluvia fecundaba a la “Tierra Madre”. Se le representaba con la figura de un dios itifálico (con el pene erecto) y se manifestaba terrenalmente en un toro: el toro de Min. De este toro sagrado no contamos con datos sobre su nombre, su vida o la dependencia concreta donde residía; sólo se sabe que debía ser un toro de capa blanca y que fue adorado en las ciudades de Coptos y Jemnis.


Por otro lado, la diosa Hathor también se manifestaba en una vaca sagrada, y cuando se le representaba artísticamente aparecía con forma de vaca o como mujer con orejas de vaca y unos cuernos entre los que lucía un disco solar. Su lugar de culto fue el templo de Dendera.

Dos obras expuestas en el Museo de Luxor: a la izquierda, Cabeza de Vaca Sagrada, que representaría a la diosa Hathor y fue hallada en el tumba de Tutankamon; a la derecha, un detalle correspondiente al rostro de la estatua de la diosa Hathor.

El atributo del disco solar entre los cuernos era generalizado en las representaciones de los toros sagrados egipcios, pues representaban a fuerzas creadoras de vida y la más significativa de todas ellas era el Sol, el astro que cada día daba la vida al valle.


Paralelismos con Mesopotamia

Hay muchos paralelismos entre la religión egipcia y la mesopotámica en general y en el culto al Toro en particular (ver el texto “El culto al toro en Mesopotamia”).

Como en Mesopotamia, en Egipto tuvieron una religión con unos principios básicos que provenían del Neolítico, era una religión agraria, principalmente. La fertilidad era la preocupación fundamental en el valle del Nilo, por lo que rindieron culto al Sol y eligieron al toro como su símbolo terrenal. También hay paralelismos en el ideal de recuperar la vida tras la muerte, pero si en Mesopotamia aparecía la resurrección sólo como un deseo, en Egipto era ya un logro alcanzable.

El dios Osiris, a quien se le cita como “Toro del Occidente” en el Libro de los Muertos, representa a la vida (el Sol) que se pierde al morir (atardecer por el Poniente) y, tras recorrer las regiones de ultratumba (la noche), reaparece cada día para dar vida al valle. Osiris es el dios que traspasa la muerte, y está muy próximo al dios-toro mesopotámico Tammuz.

Cambiando de ámbito, los reyes de Mesopotamia y los faraones de Egipto se nombraron hijos o, incluso, encarnaciones terrenales de los dioses. Y también simbolizaban su poder confiriéndose el atributo de la fortaleza del toro, lo que les encumbraba a la divinidad. El rey mesopotámico Naram-Sin se hizo representar en un Estela con un casco dotado de cuernos, símbolo de divinidad, al tiempo que pisaba a los soldados enemigos vencidos. En Egipto, en la ciudad de Hieraconópolis, se halló una Paleta en la que el faraón Menes aparece como un poderoso toro luchando contra sus enemigos.

Además, entre sus títulos, los faraones se otorgaron los de “Toro Victorioso” o “Toro Potente”. Unos títulos a los que, no obstante, renunció la reina-faraón Hatshepsut (1479-1457 AC).


Fiestas, rituales y festejos taurinos

Se tiene conocimiento de varias festividades egipcias en las que los toros sagrados tenían una participación estelar.

Ilustración: Procesión del toro sagrado Apis. El autor es Frederick Arthur Bridgman y aparece publicada en “frederickarthurbridgman.org

El toro Apis salía de sus dependencias en el templo de Ptah para participar en actos solemnes de días festivos, y en torno a su figura se constituía una ceremoniosa procesión de sacerdotes y coros de jóvenes que cantaban himnos en honor de su gloria. Una de esas participaciones tenía lugar con ocasión de la celebración del Heb-Sed, una fiesta en la que el faraón renovaba su poder real y que tenía lugar cada treinta años, o cuando el faraón tuviera a bien.

Además de multitud de rituales, en el Heb-Sed se realizaban dos actos que tenían carácter ceremonioso y, a la vez, atlético. Uno era el levantamiento del Pilar Djed por parte del faraón, para demostrar su fortaleza, y otro acto estaba constituido por unas carreras que el faraón debía darse junto al toro Apis, para demostrar su forma física y, alegóricamente, que ambos, el Apis y el faraón, transmitieran su poder fecundador sobre la tierra que pisaban para garantizar la fertilidad en todo el territorio egipcio.

Bajorrelieve: Carrera del toro Apis y el faraón en la fiesta del Heb-Sed

Otro acto con intervención de un toro sagrado se producía en la fiesta de Min. Era ésta una fiesta propiciatoria de la cosecha y en ella se hacía una solemne procesión, dirigida por el faraón, en la que participaba el toro sagrado del dios Min. En un lugar elegido, el faraón cortaba una gavilla de trigo y se la ofrecía al toro blanco para que aportase su poder fecundador y garantizase una cosecha fértil. El ritual terminaba con el rey y la reina situados frente al toro y diciendo: “Salud a ti, ¡oh Min!, que has fecundado a tu madre. ¡Cuán misterioso es el rito que has realizado en la oscuridad!”

Al margen de las grandes festividades, era costumbre en Egipto sacrificar toros en las ceremonias funerarias.

Por otro lado, resulta llamativo un bajorrelieve del templo de Seti I en Abidos, en el que dicho faraón (1294 a 1279 AC) es representado tratando de cazar o sujetar a un toro con una cuerda, al tiempo que colea al animal su hijo y sucesor, Ramses II.

Dibujo: El sacrificio del toro. El autor es Boudier, a partir de una fotografía realizada por Daniel M. Heron. Está publicado en la web “gutemberg.org

Quizás sólo sea una escena de la caza de un toro, pero no cabe duda que evoca una lance de la tauromaquia más popular. Deducción que tampoco debe tomarse por descabellada, pues en algunas tumbas egipcias aparecen representadas escenas de un festejo taurino: las peleas de toros.

Los toros empleados en estas peleas eran criados especialmente para ese fin. Eran llamados “ka”, ideograma que representa la virilidad, el poder de procreación y “el que merece aparearse”.

A modo de anécdota sobre peleas de toros, cuenta Eliano que el faraón Bakenrenef quiso acabar con el toro sagrado Mnevis, para lo cual organizó una pelea con un toro salvaje que, finalmente, no vencería, pues sus cuernos se atoraron en la rama de un árbol y el toro sagrado Mnevis lo corneó y lo mató.


NOTA: la fuente principal, aunque no la única, de la que me he servido para la elaboración de esta entrada ha sido un trabajo que es un extracto de la Tesis realizada por doña Adriana Manrique Madrid para obtener la Licenciatura en Historia Universal por la Universidad Nacional Autónoma de México, habiendo recibido por diva tesis una Mención Honorífica.

Aunque dejo aviso de que esta semana no he logrado acceder a la web en la que está ubicado dicho trabajo, quiero dejar constancia de que lo localicé hace meses en "La Tierra de los Faraones - Egiptología.org", y que se accedía al estudio mencionado a través del siguiente enlace.

26/4/09

Feria de San Isidro 2009

.......................................Foto: Julián Jaén


Correr encierros es sólo una de las expresiones de mi afición por el Toro. Quizás sea la que más me llene al poder tener una participación directa, pero no es la única. Ver al toro en el campo, asistir a una corrida de toros o hablar de toros son otras de las manifestaciones de esa afición y también disfruto con ellas. Por ello no me he resistido a la tentación de dedicar una entrada para unirme al coro de voces de la BlogEsfera Taurina que, como habrá visto quien haya naufragado por internet en las últimas semanas, viene criticando el ciclo taurino madrileño que se anuncia entre el 30 de abril y el 7 de junio.

La Feria de San Isidro viene siendo el acontecimiento taurino más importante del mundo desde que la creara don Livinio Stuyck. Aún hoy sigue recibiendo esa calificación, pero si antaño se debía a la CALIDAD de sus carteles, desde hace años sólo viene motivada por la CANTIDAD de festejos que la componen. A la Feria de San Isidro la quitan lustre, importancia, trascendencia... y, con todo mi respeto a los toreros que se anuncian y en especial a los más modestos, la han convertido en la “Gran Feria de las Oportunidades”.

Esa tendencia se viene agudizando desde el 2006, que fue cuando se creó la Feria del Aniversario. Un miniciclo en el que, tras cuatro años, no sabemos ya que es lo que vamos a festejar, pero que se sigue usando para anunciar en él a toreros de la parte alta del escalafón, con hierros de su conveniencia y a costa de reducir su inclusión en el evento capital: la Feria de San Isidro. Así, en el “acontecimiento taurino más importante del mundo” sólo aparecen las figuras en alguna fecha contada y los huecos se rellenan con toreros que, por calidad o simple momento artístico, nunca habrían entrado.

Este año, por ejemplo, con la Feria de San Isidro, sus dos “satélites” (Fiestas de la Comunidad de Madrid y Feria del Aniversario), su otrora “guinda” y hoy simple “cartel añadido” a una feria satélite (Corrida de la Beneficencia), su “lapa” (Corrida de la Prensa) y su “parásito” (cartel del día 31 de mayo), se nos anuncia un ciclo taurino de 35 festejos 35 a celebrar en 39 días, los que van del 30 de abril al 7 de junio, ambos inclusive. Pues bien, en el paquete que componen el Aniversario y la Beneficencia entran 15 puestos “robados” a la Feria de San Isidro y con los que se habrían rematado muchos de sus carteles.

Este robo lo viene sufriendo la “Isidrada” tres años seguidos, y en éste, en el cuarto, no sólo la han robado, la han expoliado. A la desbandada habitual desde la Feria de San Isidro a la del Aniversario, se ha unido el hecho de que no se anuncien ni en la una ni en la otra los toreros que hoy despiertan mayor interés, ya sea artístico o mediático, lo que provoca que esta Feria de San Isidro 2009 sea la peor en calidad desde hace muchos lustros.

La Feria de San Isidro ha tocado fondo. Ya tenemos encima los nubarrones que surgieron en el horizonte hace unos años y lo que auguran, más que una tormenta, es el Apocalipsis. Esa amenaza que, magistralmente, captó Julián Jaén en la foto que encabeza esta entrada.

No voy a entrar a analizar las causas que, dicen, han motivado la ausencia en todo este ciclo madrileño de algunas de las figuras de más relumbre. Entre otras cosas porque no he estado presente en las negociaciones y desconozco quien está diciendo la verdad; si es que alguna de las partes lo hace. Además, personalmente, no suspiro por ver a un maestro que se dedica a engañar al público de una forma tan inteligente como artística; tampoco lloro porque no comparezca quien puede que se dedique a torear o, si no le salen las cosas, a no evitar una cogida y dar la vuelta al ruedo con la cara manchada de sangre, sin lavarse, para agrandar más su leyenda; ni menos aún sufro por la incomparecencia de quien dedica más tiempo a los anuncios y las pasarelas que al toreo de salón. Y así...

Claro que una cosa es lo que a mi, subjetivamente, me pueda gustar y otra lo que objetivamente debiera ocurrir. Es imperdonable que no se anuncien en el “acontecimiento taurino más importante del mundo” quienes aparecen como figurones del toreo, quienes se comportan como tales y quienes exigen retribuciones en base a ese caché. Que un matador de toros comparezca en el “acontecimiento taurino más importante del mundo” es, simplemente, una cuestión de vergüenza torera (¡esa expresión me suena!) y si alguno no lo hace voluntariamente está claro que desprecia tanto a ese acontecimiento como al público que se da cita en él.


Respecto al ganado, al Toro, mejor no hablar. El arranque de la feria es indignante, el anuncio de ganaderías con primeras y segundas “marcas” raya la tomadura de pelo y el que se sigan anunciando idénticos hierros sin tener en cuenta sus precedentes es, simplemente, de juzgado de guardia.

Así pues, este año más que nunca quiero hacer mío este slogan:


Y de todo este desaguisado, por supuesto, hay unos culpables. Al margen de la falta de vergüenza torera demostrada por quienes voluntariamente no se han querido anunciar (y realizar exigencias extraordinarias es lo mismo que no querer venir), hay otros dos claros culpables de que la Feria de San Isidro haya llegado a este punto de mediocridad.

A la empresa adjudicataria de la gestión de la Plaza de Toros de Las Ventas, Taurodelta, hay que atribuirla la culpabilidad del diseño de todo este ciclo taurino que se organiza con ocasión de la festividad de San Isidro, tanto la feria que lleva su específico nombre como las satélites que giran alrededor de su órbita; y, por tanto, es culpable de presentar una Feria de San Isidro mediocre, basada en la cantidad en vez de en la calidad.

¿Cuándo aparecerá una empresa que, de una vez por todas, reconozca que no hay toros ni toreros para confeccionar una Feria de San Isidro, sin satélites, que no supere los quince días? ¿Cuándo aparecerá una empresa que gestione la Plaza de Toros de Madrid tomando como referente máximo la calidad de sus carteles? ¿Cuándo aparecerá una empresa que, además de una Feria de San Isidro con calidad, diseñe el año taurino madrileño teniendo en cuenta la totalidad de la temporada? ¿Cuándo?

Hace falta tener mucha cara para esgrimir la crisis a la hora de negociar las retribuciones de toreros y ganaderos, escudarse en ella para justificar ausencias y, en cambio, seguir subiendo los precios de los abonos y las entradas.

¡Para abonados y espectadores no hay crisis que valga!

El “abono cautivo” ha convertido la gestión de la Plaza de Toros de Las Ventas en un negocio redondo y esa seguridad en la percepción de los ingresos, y en la obtención de beneficios, se anuncie lo que se anuncie, es la lacra que hay que erradicar para que la Feria de San Isidro retome la calificación del “acontecimiento taurino más importante del mundo” en base a la calidad de sus carteles.

Pero, si la empresa adjudicataria de la gestión de la Plaza de Toros de Las Ventas es la culpable del diseño de la Feria de San Isidro, hay otra entidad que es responsable de haber aprobado ese diseño y esos carteles. Esa entidad es la Comunidad de Madrid, que es la propietaria del coso venteño.

La Comunidad de Madrid es la responsable última del anuncio de una Feria de San Isidro tan mediocre, tanto en toreros como en ganaderías, y si fuera cierto que Taurodelta ha incumplido con los carteles presentados el pliego de posiciones de la cesión, tal y como se puede leer naufragando por la BlogEsfera, la aprobación de los mismos por quien tendría que supervisarlos debería provocar el cese inmediato del Director Gerente del Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid.
(NOTA: Como queda reflejado a su pie, la foto que encabeza esta entrada es de JULIÁN JAÉN; la fuente de donde la he obtenido es el blog de Manon)

19/4/09

El Toro de San Marcos

Dibujo de Pablo Moreno Alcolado. Representa uno de los actos del rito del Toro de San Marcos, para lo cual ha recreado el que aparece en “Los Toros”, de José María de Cossío, obra de Vereda.


El Toro ha sido una fuente incesante de ritos ceremoniosos y de tradiciones populares.

Como ocurre en otros ámbitos, algunas de las celebraciones más antiguas se fueron perdido a lo largo de nuestra historia y sólo contamos con noticias de su existencia. Otros rituales, en cambio, han llegado hasta nuestros días, ya sea respetando las fórmulas tradicionales o bajo otras distintas que se conformaron por vía de una lenta evolución o de cambios traumáticos que fueron precisos para mantenerlos.

El más famoso de todos los ritos taurinos es el Toro de San Marcos, cuya celebración está unida a la festividad de dicho Evangelista: el 25 de abril.

Hasta hace dos siglos y medio estuvo muy extendido por la geografía peninsular, tanto en España como en alguna zona de Portugal, pero su celebración fue prohibida y en muchos lugares se perdió definitivamente. No obstante, en alguna localidad aún se conserva este antiguo rito, pero con un formato modificado para salvar las prohibiciones. En otros pueblos se celebra la fecha del 25 de abril con tradiciones taurinas que, de alguna forma, nos recuerdan al antiguo ritual, pero que no se sabe a ciencia cierta si traen causa de él o si su origen vino determinado por otras razones históricas. Por último, hay sitios donde el arraigo de la celebración del santo ha conllevado que se mantenga la fecha como fiesta local y que se programen en honor de San Marcos festejos más genéricos: corridas y encierros.

En todo caso, el día 25 de abril es una fecha de festejos taurinos populares, y ello es debido, sin duda, a la importancia que en su momento tuvieron tanto la festividad de San Marcos como el rito del Toro de San Marcos.


Don José María de Cossío se remite en su magna obra “Los Toros” a una serie de fuentes que llevarían a la afirmación de que el rito taurino más antiguo del que se tiene noticia en el día de San Marcos podría ser el que se originó en Baeza (Jaen), cuando la ciudad hizo en 1449 un voto particular de celebrar la fiesta de este santo con procesión, misa solemne y sermón, tomándole por su especial protector y ofreciéndole un toro cada año, para que librase aquella tierra de una terrible plaga de langosta que padecía y de las repetidas hostilidades de los moros.

Pero, como dice el propio Cossío, quizás sea esa la noticia más antigua que se tenga sobre un voto de toros al santo, pero él sólo no explica el ritual con el que en muchos lugares se celebraba el Toro de San Marcos.


Existen varias fuentes escritas de los siglos XVI y XVII que nos cuentan la original ceremonia del rito; lógicamente con variantes, pero también con denominadores comunes:

La víspera de la festividad salía al campo la cofradía de San Marcos, elegía un toro y el que fuese el mayordomo, utilizando una vara bendecida y diciendo una frase a modo de conjuro, llamaba al animal por el nombre de “Marcos” y le requería para que les acompañase a celebrar la fiesta del santo. En ese momento, el toro se tornaba manso, se dejaba guiar hasta el pueblo y permitía que las mujeres le adornasen el lomo con guirnaldas de flores y la cabeza con roscas de pan, así como que los niños le acariciasen. Al día siguiente, el de la fiesta, el toro seguía dócilmente la procesión detrás de la imagen del santo, entraba al templo, asistía al oficio religioso delante del altar mayor y, una vez que finalizaba la liturgia, salía de la iglesia y se volvía al campo, donde volvía a recuperar su fiereza habitual.

Algunas de las variantes del ritual consisten en la concreta literalidad de la frase del conjuro con el que el toro quedaba amansado en la víspera o en los actos que con él se llevaban a cabo en el día de la fiesta, como puede ser el hecho de que en algunos pueblos llevasen al toro de casa en casa para pedir limosna. Pero no dejan de ser precisiones locales, ya que cada una de las fuentes escritas viene a narrar la peculiaridad del rito en un pueblo determinado (aconsejo leer el artículo “La fiesta del Toro de San Marcos en el oeste peninsular”, de José María Domínguez Moreno, para profundizar en estas nociones del ceremonial y en todo lo relacionado con el rito).

En todo caso, lo que resulta evidente es que en la celebración del Toro de San Marcos se evocaba la milagrosa actuación del santo frente a un animal fuerte y fiero convirtiéndolo en manso y dócil, por lo que todo el ritual no deja de ser una forma de lenguaje simbólico.


En cuanto al área geográfica en el que se celebró el Toro de San Marcos, hay coincidencia general en señalar a la región de Extremadura como la zona de la Península en la que se concentraba el mayor número de localidades donde se oficiaba el rito.

Javier Marcos Arévalo (en su estudio “Roles, funciones y significados de los animales en los rituales festivos –La experiencia extremeña–”) señala que las poblaciones principales que lo celebraban pertenecían a las Diócesis de Coria, Plasencia, Cáceres y, en menor grado, a la de Badajoz.

La localidad cacereña que cuenta con mayor número de citas en las fuentes escritas es Brozas, pero parece ser que también se celebraba este ritual en Casas de don Gómez, Casas del Monte, Guijo de Coria, Pozuelo de Zarzón, Mirabel o Talayuela, entre otras. Respecto a esta última localidad, hay una copla recogida de la tradición oral por Antonio Rodríguez Moñino que nos evoca el rito:

Ven conmigo a Talayuela
a la feria de San Marcos;
allí verás un torito,
arrodillado ante el santo.


Y, si bien la provincia de Cáceres pudiera ser denominada como el foco central de la celebración del Toro de San Marcos, las distintas fuentes hacen referencia a otras provincias con pueblos donde también se festejaba, como pueden ser, al menos, Zamora, Salamanca, Ávila, Badajoz, Huelva, Sevilla, Córdoba, Jaén, Granada y Almería. Igualmente, en la vecina Portugal hubo localidades donde se seguía el ceremonial, como Marvao.


Resulta imposible determinar el origen del rito del Toro de San Marcos.

Juan Carlos Olivares Pedreño, en su estudio titulado “El dios indígena Bandua y el rito del Toro de San Marcos”, plantea la hipótesis de que el origen de la celebración del Toro de San Marcos podría estar en antiguos rituales que se debieron realizar en honor del dios Bandua, una deidad peninsular anterior a la época de la dominación romana.

Por su parte, Julio Caro Baroja en su libro “Ritos y mitos equívocos” defiende que hay una gran similitud entre las celebraciones del mundo helénico en honor al dios Dionisos y las nuestras del Toro de San Marcos, por lo que apunta que podría derivarse de un antiguo ritual relacionado con dicho dios griego. Y respecto a su fecha de celebración, el 25 de abril, afirma que se corresponde exactamente con las fiestas romanas llamadas Rubigalia o Robigalia, que estaban destinadas a preservar a los trigos de la roña.

Son dos posibles teorías. Pero, al fin y al cabo, no existen pruebas fidedignas sobre el origen del rito del Toro de San Marcos.

Lo que sí parece razonable es pensar (y, que conste, sólo voy a plasmar una reflexión propia) que este rito podría traer causa de otro anterior mucho más antiguo. Sabemos que desde el Neolítico el hombre otorgó al Toro la máxima representación del poderío fecundador en aras de obtener fertilidad, tanto en las personas, como en la agricultura y la ganadería. También es sabido que, tras la llegada del cristianismo, en nuestras sociedades rurales se asociaba a San Marcos con la agricultura y la ganadería, como un garante de la fertilidad de las cosechas y del ganado. Por ello, me aventuro a pensar (y, repito, sólo es una reflexión mía) en la posibilidad de que se pudiera haber cristianizado un antiguo rito propiciatorio de la fertilidad del campo y del ganado. Un antiguo rito en el que el protagonismo lo tuvo el Toro habría derivado con el cristianismo en uno nuevo con San Marcos como protagonista. Y que con ese nuevo rito, además de seguir implorándose por la fertilidad del campo y del ganado, también se venía a representar la victoria del cristianismo sobre el paganismo con la representación simbólica del amansamiento del Toro, dios, ante la presencia de una santidad cristiana, en este caso de San Marcos.

Sea como fuere, a la vista de las fuentes que lo narran, lo único que se puede asegurar es que en el siglo XV ya se celebraba el rito del Toro de San Marcos.


En torno a su ceremonial se creó una enconada controversia: milagro, magia, idolatría, superchería... Si en el cumplimiento más común del rito ya había actos que las altas jerarquías eclesiásticas difícilmente podían tolerar (como “bautizar” al toro con el nombre del Evangelista, llevarlo en procesión junto al santo e introducirlo en el templo durante los oficios religiosos), en algunos pueblos hasta se llegaban a crear ideas supersticiosas sobre la virtud de curas y mayordomos cuando el toro no se comportaba mansamente o no “seguía a rajatabla su teórico papel”; y lo mismo podía ocurrir con algún vecino si el toro se negaba a entrar en su casa al ir la cofradía pidiendo limosna.

Por otro lado, mientras unos autores veían el amansamiento del toro como un milagro, hubo tratadistas que denunciaban que todo aquello era producto de una “mano diabólica”. También hubo articulistas que aseguraron que al toro se le emborrachaba con vino para que se comportara con docilidad.

A este respecto es muy interesante la lectura de uno de los discursos de Benito Jerónimo Feijoo en su obra “Teatro crítico universal”, pues en él trata de desmontar el carácter sagrado, mágico o religioso de la costumbre.

El Papa Clemente VIII ya condenó a finales del s. XVI la celebración del ritual por “supersticiosa, gentílica e idolátrica”. Eso, unido a sucesos provocados por los toros en diversos pueblos, tanto en el interior de los templos como en las vías públicas, provocando daños materiales, heridos e incluso fallecidos, conllevó a la expresa prohibición del rito del Toro de San Marcos por el rey Fernando VI en el año 1753.


No obstante, esa prohibición se obvió en algunas localidades, ya sea por aislamiento geográfico, arraigo cultural o empecinamiento vecinal. Así, veinte años después de la abolición real seguía celebrándose la tradición en El Castillo de las Guardas, Alosno y otros pueblos de la provincia de Huelva, pues en una Carta Orden del Real Consejo de Castilla de 22 de enero de 1773, dirigida a la Audiencia de Sevilla, se ordenó prohibir que se continuase llevando al toro en procesión en esas localidades. Se cuenta también que la tradición se mantenía en Casas de don Gómez y en Marvao a principios del siglo XX, y que en Talayuela hubo quienes quisieron seguirla hasta, incluso, en los años sesenta del pasado siglo.


Que el rito se siga celebrando en alguna localidad siguiendo el protocolo marcado en el siglo XV está, por supuesto, descartado. Pero lo que sí se puede afirmar es que el espíritu del rito del Toro de San Marcos aún perdura en nuestros días.

Para asegurarlo, basta con citar los ejemplos de dos localidades de Andalucía: Beas de Segura (Jaén) y Ohanes (Almería).

Respecto al origen de las celebraciones para festejar a San Marcos que tienen lugar en la localidad jienense de Beas de Segura no se puede asegurar que traigan causa del rito, dada la falta de documentación en los archivos. Sólo se cuenta con versiones que se han transmitido de forma oral y que, además, harían referencia a causas distintas respecto a su origen.

Una de las versiones se remontaría a 1575 y hace referencia a la supuesta intervención de Santa Teresa de Jesús para controlar, amansar y atar a un toro o buey que andaba suelto por Beas de Segura y sembrando el pánico entre sus vecinos tras soltarse del yugo en que estaba uncido para realizar labores de arrastre en las obras del Convento de Monjas Carmelitas Descalzas de San José del Salvador. Y se dice que aquel extraordinario acontecimiento se empezó a festejar en los años sucesivos corriendo por las calles de Beas una o varias reses ensogadas por los cuernos y engalanadas de forma vistosa.

Otra versión habla de una epidemia de glosopeda que diezmaba el ganado vacuno de la localidad y que misteriosamente cesó un 25 de abril, hecho que la población atribuyó al santo de la fecha; y, en señal de agradecimiento, se estableció un voto colectivo consistente en entregar anualmente dos becerros a la Iglesia para que, después de acompañar a San Marcos en la procesión, fuesen vendidos y con el dinero se atendiese a los pobres de la localidad.
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Sobre este particular, hay que dejar constancia de lo que consta en el capítulo 52 de las respuestas que dio la villa de Beas a las Relaciones Topográficas del rey Felipe II (1575):

"... Ansí mismo hay voto en esta villa, día de Señor San Marcos, que no se matan ningunas carnes ni se pesan, ni abren las carnecerías de esta villa. Lo cual se prometió en voto en años pasados, por grandes infortunios e plagas de la langosta. No se sabe el tiempo que ha que se prometió el voto, mas que de tiempo inmemorial a esta parte se tiene y guarda".
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Ambas versiones nos alejarían del rito del Toro de San Marcos. No obstante, la lejanía no es tanta: en una versión, la de Santa Teresa de Jesús, se relata un hecho que también hace referencia a la intervención de una santa ante un animal fuerte y fiero convirtiéndolo en manso, como en el rito de San Marcos; mientras que en la otra estaríamos ante un voto específico al Evangelista como garante de la ganadería.

Además, en el programa que se sigue actualmente en Beas de Segura hay actos que nos recuerdan a los del viejo rito: la llegada de los toros el día del víspera, su ornato, aunque aquí sea a base de un collar de campanillas y cascabeles así como un aparejo bordado sobre el lomo (acción que se conoce por “cascar” las reses), la procesión con la imagen de San Marcos sobre una carreta de la que tiran dos reses domadas y un hecho que ocurría antes de la entrada en vigor del actual reglamento de festejos taurinos populares, que las reses que intervenían en la celebración eran luego devueltas a sus vacadas.

En todo caso, Beas de Segura es la localidad que, en la actualidad y de forma generalizada, “más asociamos” con el Toro de San Marcos. Algo que está bien, pero...


Hay otro pueblo, también andaluz, que celebra el día de San Marcos, y que lo hace siguiendo un ritual que, en este caso, sí parece estrechamente relacionado con el rito del Toro de San Marcos.

En las últimas estribaciones de la falda sureña de Sierra Nevada, ya en la provincia de Almería, está situado Ohanes. En este pueblo alpujarreño la fiesta por antonomasia es la de San Marcos y se celebra el domingo más próximo al día 25 de abril.


Pues bien, el acto central de la fiesta de Ohanes es la procesión del santo y durante la misma se sigue cumpliendo una antigua tradición popular: que unos toros se postren por ocho veces para reverenciar la imagen de San Marcos.

Según cuentan, es una fiesta que dataría del siglo XV, cuando los árabes fueron expulsados de Andalucía y un grupo de agricultores y ganaderos decidieron recoger dádivas para tallar una imagen de San Marcos. También dice la tradición que por esas fechas fue fundada en honor a este santo una hermandad, que sería la que introdujo la “adoración” del toro a San Marcos. Pero tampoco se cuenta con una prueba acreditativa de todo ello. La primera cita documental es del siglo XVIII y sólo son unas cuentas de gastos para toros. Todo lo anterior, según nos informan en la web oficial del Ayuntamiento y en un blog de la villa de Ohanes.


Como ya hice antes, voy a plasmar una reflexión personal. Sabemos que el foco de celebración del rito del Toro de San Marcos estaba en la provincia de Cáceres y que se extendía, aunque con muchos menos puntos de seguimiento, por el occidente peninsular; y, curiosamente, por algunas provincias de Andalucía. Se desconoce el motivo. Sí sabemos, en cambio, que según avanzaban las huestes cristianas en la Reconquista se fomentaban procesos de repoblación con grupos de personas de regiones ya ganadas a los árabes y, por tanto, cristianizadas. Por ello, me atrevo a pensar que una posible causa de la extensión del rito del Toro de San Marcos por Andalucía podría venir derivada de esos procesos de repoblación, en los que el hombre habría trasladado con él a su familia, sus enseres y sus costumbre o tradiciones.


En Ohanes no cabe hablar de unos toros amansados milagrosamente, pues éstos mantienen su bravura; ni de toros que vayan sueltos en la procesión junto a la imagen de San Marcos, pues van enmaromados; ni de toros que dócilmente reverencien al santo, pues son los propios mozos de Ohanes los que les obligan a arrodillarse...

Pero estamos, sin duda, ante una representación de ese viejo rito que, no se sabe desde cuando, se oficiaba en muchos lugares de España, ese rito en el que el Toro es el protagonista: el rito del Toro de San Marcos. Ese rito que nos evoca una copla que decía:

Ven conmigo a (...)
a la feria de San Marcos;
allí verás un torito,
arrodillado ante el santo.


(...)


NOTA: el dibujo de Pablo Moreno Alcolado puede ser tomado para su inclusión en otros espacios de la red, pero con las condiciones de que se deje constancia de su autoría y se ponga un enlace a esta bitácora. La fotografía del monumento al Toro Ensogado de Beas de Segura está tomada de la web del Ayuntamiento; por otro lado, la foto de la talla de San Marcos es del blog “ohanesconh”. Y ruego que se me permita mantener sus reproducciones, pues no tengo fines lucrativos con esta bitácora.